

El Caribe y la cultura que nos unen
Félix Bolaños
Sangre y poesía sintetizan nuestra historia y nuestra identidad...
JESÚS COS CAUSSE
A medio camino entre tierra firme americana y Europa, en un entorno singular labrado por el mar, el clima tropical, la belleza insular y la estructura sociocultural generada por la economía de plantación, ha crecido el Caribe. Este crisol de pueblos con sus gentes de todos los colores —negros, blancos, amarillos, mestizos—, su rica mitología, sus diversas lenguas, dialectos y culturas, le concede un carácter especial a esta parte del mundo.
En esta región se mezclaron, junto a las etnias caribes, amerindias y arahuacas, las europeas, africanas y asiáticas, cada una de las cuales aportó su idioma, creencias, sistemas de pensamientos, productos agrícolas, utensilios, costumbres y hasta enfermedades. A la yuca, el maíz, la papa y el tabaco, se unió el café y la caña de azúcar que, traída por los españoles, cambió por entero la economía de la región. Cada cultura instaurada impuso su modalidad idiomática, como el inglés, el español y el francés, que se combinaron con otros, para dar lugar al patois, creole y papiamento. Puede decirse que en el Caribe, como afirma el doctor Antonio Núñez Jiménez en su libro En canoa por el mar de las Antillas, «la biología, incluyendo su fauna. flora y por supuesto al hombre, ha sido de importación desde tiempos inmemoriales, sin excluir a los mismos amerindios o aborígenes...».
La reconocida escritora cubana, Nancy Morejón (Premio Nacional de Literatura, 2001) en Nación y mestizaje en Nicolás Guillén, revela los que describe como «denominadores comunes a las Antillas», que son, entre otros, la trata y la esclavitud que dieron cuerpo al régimen colonial y al neocolonial; la economía de plantación, fundada sobre la base del latifundio y el monocultivo, así como la entrega absoluta al capital monopolista internacional, predominando el de Estados Unidos:
«Estos tres factores engendraron nuestras semejanzas. Tal vez, su propia coherencia y homogeneidad, hayan hecho olvidar a algunos que, en nuestro contexto o mejor en la definición de lo antillano, es insoslayable el papel que desempeñan los conceptos de nación y mestizaje, tan dependientes, en este caso, uno de otro. Ellos mismos, son centro rector de nuestra historia contemporánea […]».
Los pueblos que han surgido en este ámbito se han forjado a partir de una historia común de despojo, colonización, sumisión, luchas de redención, transculturación y migraciones humanas impulsadas por la mansedumbre o la búsqueda de mejor fortuna. Todos estos avatares dejaron una impronta en su universo humano y cultural.
Si algo caracteriza actualmente al Caribe, al tiempo que es un elemento indispensable para la construcción de su identidad, es su riqueza cultural. Las fiestas, la música, la danza, los cantos, el teatro y la literatura, dan cuenta de una nueva dinámica que se desborda de sus referentes históricos. En el acervo musical de esta zona se distinguen géneros y estilos tan atractivos como el son, la guaracha, la rumba, el mambo, el calypso, el merengue, el bolero, la plena, el reggee, la bachata, el ballenato y hasta el jazz, éste último tiene su génesis entre la comunidad afroamericana asentada en el sur de Estados Unidos. Todos estos géneros musicales y tradiciones expresan el testimonio de la vida cotidiana, las ilusiones y los sentires de los diversos grupos y generaciones.
Un más atento y dedicado estudio merece su literatura, que ha sido menospreciada primero, relegada al plano de lo estrictamente folclórico después y poco conocida aún. Tampoco se puede limitar su dominio exclusivo a las islas, pues significa excluir una parte fundamental. Su origen se encuentra también en las costas caribeñas de América Central, Colombia, Venezuela, Surinam, Guyana, la Guayana francesa y partes de la brasileña. Incluso aquella de ciudades estadounidenses como Miami o Nueva Orleans comparte ciertos aspectos de esta cultura. También se consideran parte de sus letras obras de autores con ascendencia caribeña que viven en el extranjero, sobre todo en Europa y en otros grandes centros urbanos de Estados Unidos.
Generalmente esta literatura se ha acercado a los temas de la esclavitud, la emigración forzosa, el colonialismo y la descolonización, los aspectos culturales y sociales de la tradición o cuestiones tan universales como la identidad, la sexualidad, la familia, el dolor y la alegría.
En el ámbito del Caribe francófono destacan escritores como René Maran, con su novela Batouala (1921), en la que anticipa el término de “negritud” para referirse a un movimiento de los años treinta del pasado siglo que exalta la cultura y los valores africanos, y que tiene entre sus fundadores a Léon-Gontran Damas, de la Guayana francesa; Aimé Césaire, cuyo poema “Regreso a la tierra natal”, de 1939, está considerado uno de los textos clásicos de esta tendencia; Alexis Saint-Léger Léger (1887-1975), poeta y Premio Nobel de Literatura de 1960, nacido en Guadalupe y con una obra que trata principalmente de la soledad y el exilio; Daniel Maximin, también de Guadalupe, explora aspectos de la identidad negra en El sol solo (1981) y Minas de azufre (1987); y los martiniqueños, Édouard Glissant y Patrick Chamoiseau. Glissant, un autor imprescindible del pensamiento y las letras americanas, en su obra buscó desmontar los resortes de la esclavitud y del colonialismo, fomentando la solidaridad entre los pueblos y el respeto a la diversidad. De él recordamos El discurso antillano (ensayo, 1981), la novela El lagarto (1980) y la selección poética Fastos y otros poemas (2002). Chamoiseau publicó, en 1989, Elogio del criollismo, un examen de la identidad cultural criolla.
El mundo hispano-caribeño recoge, de igual modo, temas africanos que presenta de forma exótica, buscando la inspiración en la identidad negra, en autores como Luis Palés Matos, de Puerto Rico y Emilio Ballagas, de Cuba. Son también cubanos Nicolás Guillén y Alejo Carpentier. Una amplia zona de la poesía de Guillén aborda aspectos de la negritud y la lucha contra el colonialismo e incluye títulos como Motivos de son (1930), Sóngoro cosongo (1931), West Indies, Ltd. (1934), Cantos para soldados y sones para turistas (1937) o El son entero (1947), y Carpentier se aproxima a la historia y las fuentes de la cultura caribeña con sus novelas El reino de este mundo (1949) y Los pasos perdidos (1953). El panameño Joaquín Beleño reflejó la humillación que padecían en su propio país los braceros que trabajaban en la Zona del Canal, en textos como Luna verde (1951) o Los forzados de Gamboa (1960). El dominicano Manuel del Cabral trató de desarrollar una poesía afroantillana, a través de la cual se consiguiera una identidad supranacional, en obras como Doce poemas negros (1935) y Trópico negro (1943), y el escritor René Marqués (Puerto Rico) afirma su nacionalismo frente a la hegemonía estadounidense en La víspera del hombre (1962).
Por su parte el Caribe anglófono aporta a los novelistas Tom Redcam y Herbert G. Lisser, y al poeta Claude McKay —los tres de Jamaica—; Cyril Lionel Robert James, de Trinidad y Tobago, autor del ensayo histórico Los jacobinos negros (1938), que describe los conflictos sociales, clasistas y raciales que movieron a la Revolución de Haití, y desmitifica la interpretación que hasta el momento había divulgado la historiografía burguesa sobre el acontecimiento; George Lamming, de Barbados, considerado el mejor conocido de los novelistas políticos del Caribe, quien publicó, en 1953, En el castillo de mi piel, uno de los primeros y más importantes acercamientos de la literatura caribeña al mundo de la infancia y la adolescencia en un contexto colonial, y Derek Walcott (Santa Lucía) Premio Nobel de Literatura en 1992, tal vez el escritor caribeño más internacional, no solo por su obra poética, sino también por obras teatrales, como Sueño en la isla del mono (1970). Entre sus libros de poemas se encuentran: En una noche verde (1962), Otra vida (1973), El reino de la manzana estrellada (1979) y Omeros (1990).
Un hecho que llama poderosamente la atención es la pujanza de la literatura hecha por mujeres, que amén de advertir y hacer visible la presencia femenina, destaca por su calidad, arrojo y experimentación. Además de las escritoras cubanas Dulce María Loynaz (Premio Cervantes, 1992), Fina García-Marruz (Premio Reina Sofía de Poesía, 2011), Carilda Oliver Labra, Graziella Pogolotti y la propia Nancy Morejón —todas premios Nacionales de Literatura—, entre otras; se distinguen las guadalupeñas Maryse Condé, una voz sobresaliente, sobre todo por su novela Ségou (1984), con la que obtuvo varios galardones en Francia, y Simone Schwarz-Bart, quien escribe sobre la búsqueda de una identidad en la novela considerada su obra maestra: Lluvia y viento sobre Télumée Miracle (1972); Clarice Lispector (Recife, Brasil), cuya obra es una constante reflexión sobre el lenguaje y los límites de la palabra, aportando una mirada femenina al mundo de lo cotidiano, de lo sin historia que ha sido durante siglos el universo de la mujer, y Ana Lydia Vega (Puerto Rico), a cuya pluma se debe Encancaranublado y otros cuentos de naufragio, donde es posible encontrar elementos comunes como el empleo del spanglish, la oralidad, el problema de la conciencia sobre la identidad, trabajados siempre con un muy particular estilo humorístico, y que obtuviera el Premio Casa de las Américas de 1982. Otras escritoras que también se han alzado con este prestigioso lauro son las novelistas Velma Pollard (Jamaica), en 1992, y Oonya Kempadoo (Guyana), en 2002, con Mar de fondo, donde logra páginas llenas de lirismo a partir de la relación de su protagonista con el mar, y las poetas Marlene Nourbese Philip (Trinidad y Tobago), en 1988, y Jennifer Rahim (Trinidad y Tobago), en el año 2010, con su poemario Approaching Sabbaths, un libro que, al decir de la propia autora, trata sobre la lucha y la recuperación: «En esencia, es un libro sobre el hogar y el amor, los cuales, a fin de cuentas, son siempre las razones por las que peleamos para reivindicarnos y (re)construir mundos que definan quiénes somos».