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Cobertura informativa

El camino del sexo con amor

por: Ingry González Hernández

“Todas las debilidades del hombre cabe atribuirlas a formas defectuosas de amar". Así le dijo la Muchacha Sencilla (Su Nü) al Emperador Amarillo (Huang Ti), cuando este le comentó que se encontraba "abatido y falto de armonía". Las palabras de esta consejera imperial demuestran la importancia que los antiguos chinos atribuían al tao del amor y el sexo. Lo veían como la armonía de los opuestos, el flujo del universo, lo que cambia y permanece, el contraste y la coincidencia.

Es precisamente en el molde de estas oposiciones complementarias que se fragua a dos manos de signos opuestos El tao del sexo, elegida por unanimidad entre 377 obras que se presentaron a concurso.

Conocer a los autores nos auxiliará para evaluar la eficacia conceptual de esta obra. Ignacio Apolo es un dramaturgo argentino que, a mediados de los años noventa, fundó, junto a otros jóvenes dramaturgos, el grupo Caraja-Ji, considerado un referente de la nueva dramaturgia argentina. Actualmente se dedica a dirigir sus piezas teatrales en Buenos Aires. En el contexto literario nacional ya Apolo había coqueteado con el Premio Casa de las Américas con la obra Un blanco en la memoria que obtuvo una Mención Honorífica en la edición de 2003, “de características muy experimentales, tanto en el tratamiento del lenguaje como en su eje formal”. Laura Gutman no desempeña su vida profesional en las tablas, es terapeuta familiar y ha publicado varios libros sobre maternidad, paternidad, vínculos primarios, desamparo emocional, adicciones, violencia y metodologías para acompañar procesos de indagación personal.

De modo que el texto El tao del sexo nace de la comunión enriquecedora de universos de trabajo disímiles, articula el conocimiento que tiene Gutman  sobre historias íntimas, pertenecientes al mundo emocional de los hombres y las mujeres, con la experiencia teatral de Apolo, que se desempeña en otro espacio de búsqueda y reconocimiento del ser, para lograr dos personajes comunes, profundos, contradictorios y necesitados de amor, como lo somos todos.

A pesar de que amar y ser amado es una de las experiencias más gratificantes de la vida, en numerosas ocasiones no sabemos cómo mantener esa armonía que surge al inicio de una relación. Los personajes de la obra se encuentran en un momento de comunicación incompleta, luego de haber compartido dos décadas de vida y el nacimiento de sus hijos, con los años de convivencia la pareja se ha ido alejando en cuestiones de la vida común, cada uno ha creado una imagen parcial del otro, ella es más espiritual, más abierta al mundo de las emociones, se desenvuelve en una filosofía taoísta incomprensible para él, quien desarrolla más la materialidad, en su búsqueda infructuosa por ser motivo de orgullo para el padre.

Para Eugenio la vida sentimental de Male  es una “cosa mística”, sin embargo, demanda imperiosamente –primero en silencio, después a Male pero partiendo del reproche–  un abrazo de ella, quien, a su vez, no se lo entrega porque piensa que Eugenio no lo necesita, para ella, “él nunca necesita nada, siempre está completo”.

En este contrapunto de emociones encontradas, de rencores alimentados, Eugenio y Male van mostrando gradualmente sentimientos de tristeza, dolor, soledad, fastidio, celos, rabia, frustración y desacuerdo, a ambos les cuesta ver qué es lo que el otro trata de decir con lo que calla más que con lo que habla, lo que ha dado lugar a un desajuste general de la relación que, por supuesto, alcanza todas las áreas de sus vidas, díganse los hijos, el trabajo, las relaciones sexuales, e incluso, la relación con los familiares.

La historia se apoya en una estructura formal bastante experimental, pues las escenas se repiten con sutiles pero significativas variaciones que, desde el punto de vista simbólico, también pueden estar haciendo referencia a la espiral, ese movimiento que permite pasar mil veces por el mismo lugar sin pasar nunca exactamente por el mismo lugar, que es la base de la mutación constante que enseña el tao.

Tendríamos que ser idealistas para pensar que un acto de amor corregirá los problemas que esta pareja ha alimentado durante dos décadas de convivencia, pero este acto de entrega sin lugar para el egoísmo con el que culmina la obra no deja de ser una pequeña luz que anuncia el reencuentro y la posibilidad de trasmutar el odio y el rencor, en amor.

En estos momentos la obra, que obtuvo también el Premio del Instituto Nacional del Teatro en Argentina, se encuentra en proceso de preproducción para su próximo estreno en las tablas, de modo que muy pronto completará el primer ciclo de la espiral, imprescindible para que nos enriquezca en su totalidad, pues en toda comunicación interpersonal los gestos, las miradas, las distancias o cercanías que se propician con los cuerpos dicen más que las palabras.  El teatro, con su poder de elaborar y poetizar experiencias colectivas, devolviéndolas a la platea en una nueva vivencia es, en sí mismo, una celebración de vínculos y en esta ocasión la obra nos ayuda a ser conscientes de una realidad que puede alcanzarnos a todos.