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Cobertura informativa

Recibe Leonardo Padura Premio Nacional de Literatura 2012

por: Lilien Trujillo Vitón

La entrega del Premio Nacional de Literatura constituye siempre uno de los manjares de la Feria Internacional del Libro de la Habana. Mas, en esta ocasión adquirió un carácter mucho más significativo. Se trató de un escritor que ha degustado de ambos: el elogio de la crítica y la fervorosa sed de los lectores. Un autor de gran versatilidad e inagotable fuente de recursos para la creación.

Aun cuando apenas sobrepasa el medio siglo de vida, Leonardo Padura ha cultivado una obra impresionante tanto por su extensión como por su calidad y atractivo. Pudiera decirse que si ha vivido, lo ha hecho para escribir. Quizás por eso este premio no viene sino a reconocer, oficialmente, el exclusivo lugar que habita, desde hace unos años, en el contexto de las letras cubanas.

Presidido por Reynaldo González, Premio Nacional de Literatura 2003, e integrado además por Denia García Ronda, Jorge Fornet, Víctor Fowler, Cira Romero, Astrid Santana y Marylin Bobes; el jurado respaldó su decisión en criterios como la capacidad del autor para moverse con solidez entre literatura, ensayo y periodismo a través de una extensa obra que se enriquece estilísticamente en su devenir.

En una ceremonia marcada por los elogios, el investigador Enrique Saínz fue responsable oficial de la loa más amplia y detallada. El mismo destacó que el creador de obras como La novela de mi vida y El hombre que amaba los perros, entre otras, tiene el mérito rotundo de haber sabido construir «una obra sólida, fuerte, con personajes que han pasado incluso al imaginario popular».

Precisamente, la natural suspicacia y vasta cultura de Leonardo Padura salieron a la luz en las palabras que leyó después de recibir la distinción. No podía ser de otro modo pues él es, sin lugar a dudas, un escritor poseído por el don de la palabra. En consecuencia, su discurso vino a ser un inclusivo periplo por los diferentes momentos y personas que han marcado, hasta de la manera más aparentemente trivial, no solo su obra, sino también su vida; si es que pueden ser ambos términos separados.

Con su innata sencillez y naturalidad manifestó sentirse «ganador del premio gordo de la vida» por haber «andado a pie, en bicicleta china, en guagua»; por contar con la cercanía de miles de personas que le conocen a través de sus libros y por haber conocido a su entrañable amigo Mario Conde —protagonista de Pasado perfecto (1991), Vientos de cuaresma (1994), Máscaras (1997), y Paisaje de otoño (1998)— quien «por sobre todas las cosas me ha enseñado a entender mi país», acotó el galardonado. Quizás por esas razones lo haya hecho reaparecer en su más reciente novela, “Herejes”, a publicarse próximamente bajo el sello de la editorial española Tusquets.

Y como una segunda oportunidad para sus miles de seguidores, la primera de sus novelas, Fiebre de caballos, publicada en 1988, aparecerá nuevamente en las librerías este año gracias a la iniciativa de la editorial Ediciones Cubanas.

Como escritor sin par, Padura supo concluir su intervención de la manera más elocuente, dejando saber a todos que es consciente de lo que emana de su intelecto y genio creativo y, lo que es más, reafirmando la que ha sido su posición ante la realidad de su Patria:

He tratado de ser un hombre libre e independiente, he escrito los libros que he querido, sobre historia, cultura, mujeres; y he pagado un precio por ello, aunque con satisfacción. Soy un cubano de estos tiempos y ni mis premios, ni mis agresores me van a vencer porque seguiré golpeando cada día  el yunque para sacar la chispa en el metal más duro.