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En el mercado editorial debemos entrar pensando en el futuro audiovisual

por: Yasmín S. Portales Machado

Este domingo en el Salón Profesional del Libro continuó el debate sobre el mercado editorial internacional y su relación con Cuba. La Agencia Literaria Latinoamericana convidó al ensayista Víctor Fowler, la novelista y poeta Wendy Guerra y al narrador Miguel Mejides para que reflexionaran sobre los resortes que posibilitan alcanzar el éxito en el circuito comercial internacional.

El panel fue diverso en sus acercamientos al tema y polémico en sus afirmaciones.

Víctor Fowler, recordó varias iniciativas en el sistema editorial cubano para definir sus contenidos de modo sencillo. Estas iniciativas generaron controversias poco felices y fueron abandonadas. En opinión de Fowler, los argumentos de algunas personas contra el mercado del libro son elementales y falsas.

No es cierto que el mercado banalice todo, también puede poner a circular productos culturales de excelente calidad. Se trata, afirmó, de que el mercado no es unitario, es un complejo sistema ecológico. En cambio, el sistema editorial cubano es endógeno y realiza pocas búsquedas hacia el exterior. Eso impide la inserción eficaz.

Fowler concluyó esta primera intervención recomendando que para lograr el éxito en el circuito comercial internacional, es necesaria una mirada desprejuiciada y crítica del mercado.

Miguel Mejides aclaró que prefería enlazar su intervención a través de la anecdótico, en tanto ese es su oficio.

Para empezar, llamó la atención sobre el ineficiente criterio con que se promociona la literatura cubana en las ferias del libro del mundo. No son esos lugares de vender, insistió, sino de forjar alianzas entre editoriales. Pero decoraciones de platos pintados y personal ignorante de nuestro arte no lograrán eso.

Contó también del pánico que siente cada vez que alguien le dice “tú vendes bien”, como un elogio. El mercado es complicado, coincidió con Fowler, pero por lo mismo es peligroso orientar al sistema editorial cubano a su alrededor. Podríamos pasar de la censura estatal actual a la censura privada del mundo neoliberal.

Además, Cuba, por estar fuera del mercado, está fuera de las nuevas corrientes literarias, lo que pone en desventaja a quienes leen o escriben. ¿Razones? Las bibliotecas públicas tienen catálogos anticuados de literatura universal, porque el poder popular no tiene recursos para que compren libros nuevos; la promoción de las editoriales es fatal y la crítica literaria no existe en los medios masivos. Todo ello deja al gremio literario cubano muy desactualizado sobre la escritura contemporánea de nuestra lengua.

Mejides hizo un aparte especial para el retardo tecnológico en el criterio de nuestro programa de promoción de la lectura. No ganaremos la batalla por la nueva generación con libros de papel, sino con libros electrónicos, aseguró. Su intervención llamó la atención sobre la base material de este retardo: el libro electrónico no avanza sin artefactos, como tabletas y celulares inteligentes, a precios asequibles.

La intervención de Wendy Guerra, autora de gran éxito internacional pero casi desconocida en Cuba, se centró en el análisis de los resortes que llevan a un escritor al éxito comercial sin renunciar a la calidad. Para ella la entrada fue “fácil”, pues comenzó con la novela Todos se van, que recibió el Premio de la Editorial Bruguera en 2006. Luego ocurrió una acción clave: formó parte de “Bogotá 39”. Esa fue una reunión de autores menores de 40 años, organizada en 2007 en Colombia. Cuba tuvo una de las mayores representaciones con cuatro personas seleccionadas: Ena Lucía Portela, Karla Suárez, Ronaldo Menéndez y la misma Wendy Guerra.

La intervención de esta novelista estuvo centrada en el análisis de estrategias promocionales desarrolladas en otros países ,y que pueden ser utilizadas en Cuba: las ocupaciones de representante y editor como gestores de libros, investigadores del mercado y promotores de las ventas; el uso social de los libros descatalogados por las grandes editoriales (son convertidos en pulpa tras dos o tres años porque pierden valor comercial); la constante relación de las editoriales con la crítica literaria, sea positiva o negativa.

Además, informó que ella y varios otros autores cubanos que migraron después de 1990, negociaron contratos que incluyen el derecho a impresión en Cuba sin costos. Solo necesitan el visto bueno de los sellos cubanos para traer sus textos a la patria.

Víctor Fowler se refirió, a propósito de los comentarios de Miguel Mejides, a la relación entre educación de calidad y tecnología. Citó como ejemplo a Corea del Sur, el primer país del mundo que suprime los libros de las escuelas públicas: cada alumno tiene una tableta. Venezuela está siguiendo sus pasos. En cambio, el Ministerio de Finanzas y Precios obliga a vender las PC al cuádruple de su costo en el mercado internacional. El cambio del paradigma educativo es innegable, y seguir aferrados al pasado no dará a Cuba la oportunidad de sacar lo mejor de sus nuevas generaciones.

Wendy Guerra se pronunció por la coordinación de acciones para que autores, publicados en el patio o el mercado internacional, intercambien con editores y funcionarios de la cultura y se diseñen estrategias de promoción actualizadas.

Esto recibió el caluroso apoyo de Fowler “porque la literatura también es una operación cultural”, enfatizó.

Mejides, por su parte, llamó la atención sobre el proceso de cambios en las empresas cubanas, que tendrán más independencia y responsabilidad. Esto obligará al MINCULT a variar las dinámicas de promoción.

Daniel García, director de la Agencia Literaria Latinoamericana y moderador de la mesa, postuló que lo que falta para hacer coherente la promoción es una visión integral del sistema social donde debe entrar el libro. ¿Será la verticalidad de nuestro Estado?, se preguntó

Fowler apostilló a esta reflexión lo que él define como la tragedia  cultural del socialismo cubano. De acuerdo a esa tesis, era nuestra cultura la que debía mostrar al mundo que había una alegría, un modo de vida sano y hermoso en el socialismo cubano. La imposibilidad de mostrar algo más que hombres de uniformes y ceños fruncidos es una tragedia cultural y un fracaso institucional. Concluía con una proposición inquietante: solo la claridad ideológica permite la promoción coherente.

A partir de ese momento, las intervenciones se abrieron al público.

Para Jorge Ángel Hernández, los paneles del sábado 16 y domingo 17 van, contrario a lo usual, del Apocalipsis al Génesis. En el primero, los funcionarios expusieron el estado desastroso de la promoción del libro cubano fuera de sus fronteras. Este domingo, en cambio, se empiezan a perfilar propuestas de solución.

Basilia Papastamatíu, en cambio, expuso lo que ella considera la dificultad básica para cubanos residentes Cuba en editoriales extranjeras: que el mercado busca textos “críticos con el sistema” o con los temas de moda (prostitución, homofobia, corrupción). No les interesan la poesía o la narrativa de experimentación. La posición de estos sellos limita más la promoción internacional de Cuba que la burocracia, afirmó, pues dentro de Cuba no se trata de trabas institucionales, sino de funcionarios que no saben hacer su trabajo.

Roberto Manzano, poeta de larga experiencia, pidió al panel sus impresiones sobre la promoción de la poesía. Tanto Wendy Guerra como Miguel Mejides se mostraron escépticos sobre este género. Wendy contó que su libro de poesía lo pudo sacar como un regalo de la editorial por sus buenas ventas en novela. Mejides, va más allá: cree que el tiempo de la poesía ha pasado.  El pragmatismo se impone en los gustos de los lectores y predomina la narrativa. Igual, las novelas y relatos desaparecerán y la narrativa será asimilada en el audiovisual.

Sin embargo, propuso que se defendieran los libros de poesía para la enseñanza elemental, de modo que se tenga la oportunidad de encontrar el lenguaje de lo humano y lo divino en los años formativos. En la educación se gana todo.

Víctor Fowler se situó en las antípodas de las tres intervenciones anteriores. Se refirió explícitamente a los índices de libros publicados de poesía  que llegan a la Biblioteca Nacional de Cuba, que revelan la salud de este género en el espacio editorial. Claro, no se trata de tiradas masivas, sino de libros situados en estrechos nichos del mercado. Tiradas de uno o dos millares de ejemplares, lo que venden Octavio Paz o Jorge Luis Borges. A menos que ocurran eventualidades que llamen la atención del público.

Fowler refirió su experiencia: estaba en Estados Unidos cuando murieron Charles Bukowsky (1994) y Allen Ginsberg (1997). El foco mediático desató un repentino interés por sus obras, que las editoriales supieron aprovechar con jornadas de lecturas en todo el país. Otras veces, la intervención política de un poeta recuerda el poder combativo de la lírica. Citó los correlatos poéticos que la guerra contra Irak o el movimiento “Ocuppy” han generado.

Fowler también advirtió que la poesía, para ser creada y promovida, necesita de toda la libertad del mundo. Un sistema escolar mediocre es tolerable si se tiene la suficiente flexibilidad para asimilar iniciativas de promoción artística frescas, de carácter local, que lleven el amor por la poesía al alumnado. La poesía necesita mil blogs de gente que discuta poesía por amor, sin miedo.

En su opinión, también las valoraciones sobre la sensibilidad y praxis nuevas deben estar menos condicionadas por los valores del siglo XIX. En el Centro Onelio Jorge Cardoso se experimenta con poesía holográfica. Su hijo lee los poemas de Buesa en PDF; y luego graba con su voz los poemas favoritos de su novia, ya que ella no tiene paciencia para leerlos, pero los quiere.

Son señales de ese mundo audiovisual que llega, que choca con la formación tradicional, pero no carece de sensibilidad.

Por supuesto, quedan las dudas de cómo se adaptará Cuba –legal y tecnológicamente– a este nuevo mundo. ¿De qué vivirán quienes escriben en el reino del libro digital, mucho más fácil de piratear que el de papel? ¿Cuál será el futuro de los géneros que conocemos?

No hay respuestas desde el miedo, como no hay respuesta desde lo vertical. Por suerte, el ICL sigue en busca de soluciones consensuadas, y para eso son las ferias del libro: para hacer alianzas.