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Cobertura informativa

Cuatro por cuatro

por: Nancy Maestigue Prieto

Resultó interesante la presentación de cuatro textos narrativos por Ediciones Unión; dos escritos por mujeres: El pájaro: pincel y tinta china, de Ena Lucía Portela y Fiebre de invierno, de Marilyn Bobes, y otros dos realizados por hombres: Carne de perro, de Pedro Juan Gutiérrez y Dolce vita, de Eduardo Heras León. Un cuatro por cuatro que engrosa lo mejor de la narrativa cubana actual y que, a pesar de las diferencias estilísticas, se emparentan en esa necesidad de entrar en la sicología de sus personajes y la realidad que los circunda. Dos textos marcados por el mismo período, pero diferentes en la forma de encararlos: Pedro Juan no busca soluciones; Heras León las busca: “Mejor es tener dos puntos de vista, que ninguno”.

En la búsqueda de ese equilibrio, propio de la intención editorial, los volúmenes de los hombres fueron abordados por la escritora Marilyn Bobes, quien a su vez fue la editora de uno de ellos, y que al referirse a los libros subrayó que son “dos maneras de abordar el realismo”, Pedro Juan desde una unidad temática, escrita en primera persona, casi autobiográfico, con un protagonista que tiene su propio nombre y que no está dirigido a “lectores pacatos”. Heras, por su parte, vuelca su ojos hacia la cotidianidad, algo que se refleja en el cuento que leyera el propio autor: “Un almuerzo en Santo Domingo”, donde el poder descriptivo permite al lector sentir que se ha sentado a la mesa junto a los personajes y compartir con ellos la conversación de dos cubanos. Uno de adentro y otro de afuera, pero con una historia compartida: la participación de cada uno en Playa Girón cuando el ataque mercenario; el de adentro con los milicianos, el de afuera, con los mercenarios.

Es indiscutible lo controversial que siempre ha sido Pedro Juan Gutiérrez, unos lo alaban, otros, lo critican; pero ni unos ni otros pueden negar la valía de su narrativa y una prueba de ello, lo es este título, Carne de perro, sucesión de cuentos —pueden perfectamente funcionar como una novela que se ha fragmentado—, marcado por esa vertiente del realismo sucio que siempre lo ha acompañado, por ser uno de sus iniciadores y máximo exponente dentro de la literatura cubana, por adentrarse obsesivamente en esas zonas oscuras de su Centro Habana, donde el sexo y la sordidez no pueden faltar y son parte de su leimotiv, sobre las cuales se montan personajes sacados de las propias concepciones que del ser humano —o cubano— posee el propio Pedro Juan, según expusiera Marilyn Bobes, en ese submundo que le gusta rasgar como una veta de la que pueden salir esos relatos que tanto le gustan, de aquellos años más difíciles del período especial, en historias desarrolladas con estilo directo y desvergonzado —muy natural en él—. Si hay algo que logra es que el lector no lo recibe indiferente y le da la oportunidad de polemizar o no de acuerdo a la capacidad reflexiva que se derive de los cuentos.

El manejo de la técnica narrativa, del lenguaje; la creación de ambientes sórdidos y otros recursos lingüísticos y literarios, lo señalan como un escritor polémico, seguido por algunos y bien tratado por la crítica.

Con Dolce vita, Heras León coloca al lector, a partir de un estilo directo, economía de medios y un indiscutible dominio del oficio de escribir, ante una visión diferente de ese período tan traumático para el cubano como lo fue el período especial. Un volumen que el consumidor de narrativa va a agradecer, de un escritor que desde hace más de cuatro décadas llena librerías y bibliotecas, y que por dedicar tiempo a la función pedagógica de nuevos escritores llevaba algún tiempo sin publicar.

Con su característico modo de decir se adentra en la Cuba de hoy con una visión entre realista y fantástica, persiguiendo un objetivo: retratar al hombre común. Un tipo de personaje que carga con sus frustraciones, y carencias dentro de una cotidianidad que, en ocasiones, se hace incomprensible y, en otras decepcionante, porque limitan la realización de sus sueños.

La lectura de Dolce vita corre ligera, el lector la recibe sin trabajo, porque se encuentra ante un lenguaje y técnica naturales que facilitan su comprensión, porque Heras los maneja a su voluntad para llegar al experto y al no iniciado.

“Me corresponde hablar sobre temas de mujeres”, fueron las palabras del Premio Nacional de Literatura Reynaldo González al presentar las novelas El pájaro: pincel y tinta china, de Ena Lucía Portela y Fiebre de invierno, de Marilyn Bobes, como representativas de esa parte de la literatura escrita por mujeres sobre mujeres.

También estas novelas presentan similitudes y diferencias si se parte de la visión que cada una tiene de su posición como mujer. Reynaldo logra entremezclarlas a partir de esos puntos convergentes o divergentes que confluyen en sus tramas para precisar sus tendencias.

En su análisis precisó que la literatura escrita por mujeres es una columna notable en el desarrollo de la literatura cubana, y que estos dos volúmenes lo dejan bien sentado.

El sexo en Fiebre de invierno es un medio de confirmación sobrevalorado y se convierte en un drama para el personaje -al igual que para el lector-, nos dice González, quien considera que la novela refleja la sicología de las mujeres que pasan los cuarenta.

Al enfrentar su lectura se podría pensar que se está ante una historia trillada, pero la valentía con la que Marilyn se enfrenta al conflicto que relata la convierten en una novela que pronto se agotará, porque, ¿cuántas mujeres han sufrido la infidelidad y abandono de sus esposos?, y ¿cuántas han sabido vencer esos tabúes, dolores, frustraciones, miedos y han abierto sus ventanas a una nueva —y quizás— mejor vida? Tal vez aquellas que lean Fiebre de invierno sean capaces de seguir a Marilyn, y sin mirar atrás, limpien su camino de piedras y obstáculos. “¿Qué significa ser engañadas por el marido?”, como dice la nota de contracubierta: una etapa de la vida y la relación de pareja. Ante esto, ella propone recuperar el tiempo perdido.

En El pájaro: pincel y tinta china, Ena, a partir de una intertextualidad sabiamente insertada, permite mostrar una densidad cultural que facilita esa comprensión semántica de la presente narrativa cubana y la concepción de un entorno, donde los personajes, concebidos con una carga humorística y con diferentes niveles de significación, se mueven a su antojo —o al de Ena—.

Al abordar la figura de Ena Lucía, el Premio Nacional de Literatura expresó: “Orgullo de la literatura cubana”, porque a través de su obra exhibe su cultura y su visión de la mujer, que no es tan apasionada como la de Marilyn, sino que vive desde adentro el desgarramiento de la sociedad y el sexo, presentes en el desencuentro, la gente sin  suerte, con un encanto de la “poesía trágica”, en una mezcla donde se pone en primer plano todo lo sórdido del ser humano.

Así de peligrosos son los cuatro títulos que Ediciones Unión presentó en esta 22 Feria Internacional del Libro, Cuba 2013.