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Una biblia perdida: fabulando la historia

por: Martha Isabel Andrés Román

Escribir una novela que resulte atractiva e interesante, y que combine esos valores con el rigor narrativo, la calidad en el manejo del lenguaje, la detallada caracterización de los personajes, las acertadas correlaciones espacio-temporales..., siempre constituye un reto para los autores. Más aún si la novela en cuestión aborda la temática histórica, con hechos y personajes salidos de la realidad y reflejados en la memoria de una nación.

Con Una biblia perdida, Ernesto Peña González logra salir airoso de todos esos desafíos. La obra, merecedora del premio Alejo Carpentier en su edición de 2010, resulta un excelente exponente del género.

José Antonio Aponte, líder de la conspiración que lleva su apellido, confeccionó un extraño libro de pinturas donde se recreaban los momentos más gloriosos de la raza negra. Confiscado por las autoridades coloniales, el volumen se convirtió en un misterio para quienes trataban de investigar la sublevación. Este es el punto de partida de una novela que profundiza en la una etapa convulsa de la Cuba colonial.

¿Por qué decide realizar una novela histórica? ¿Cómo surge el interés por la figura de Aponte?

A mí siempre me ha apasionado la novela histórica, porque  a través de ella es posible conocer costumbres, cualidades, objetos, estilos de vida en general, que ya han desaparecido. A medida que se va construyendo el escenario, el ambiente, uno llega a sentirse presente en esa época.

En el caso de la figura de Aponte, descubrí que tenía una cualidad que me resultaba apasionante: el hecho de haber seguido un doble camino. Por un lado era el líder de una conspiración importante, que tuvo ramificaciones en toda Cuba; por otro, se trataba de una persona extremadamente sensible, un creador, un amante de la pintura. O sea, poseía la dualidad de ser político y artista, profesiones que por sí solas consumen toda la vida de una persona. Logró las dos cosas al mismo tiempo, y desde mi punto de vista, lo hizo con un contraste interior muy intenso entre las dos posturas. Todo esto me sedujo para convertirlo en personaje literario.

¿Qué limitaciones o posibilidades creativas conlleva trabajar con personajes históricos a partir de la ficción, de fabulaciones?

Las limitaciones siempre están dadas porque uno no puede cometer errores históricos, o por lo menos eso es lo que yo considero. Si hago una novela ambientada en un período pasado, trato de no incurrir en ningún tipo de anacronismo, de conocer al detalle cómo eran las calles, las modas, cómo hablaba la gente.

Desde ese punto de vista es la época la que te impone las limitaciones, la camisa de fuerza a la que debes ajustarte a la hora de recrear los escenarios de la forma que eran. Y lo mismo pasa con los personajes. Ellos tuvieron una vida, una forma de ser, de pensar, y un fragmento de esa vida se encuentra en la historia oficial, pero la mayor parte de ella se encuentra más allá de lo documentado.

Lo bueno que tiene el contenido histórico es que te da cierto punto de partida, no te lo tienes que inventar todo. Hay una historia escrita y a partir de ahí puedes ir jugando con ella.

Siendo un autor que ha trabajado varios géneros, ¿qué potencialidades encuentras en la novela?

La novela siempre es un universo, se parece mucho a la vida de la gente. Si en un cuento, digamos de unas diez cuartillas, se relata un fragmento de vida, en una novela nos podemos dar el lujo de relatar la vida completa.

De hecho, desde el tercer capítulo de Una biblia perdida se comienza a narrar la existencia de Aponte, comenzando por su niñez, hasta llegar a su ejecución cincuenta y tantos años después. Mediante la novela uno puede recrearse en eso, los sueños, las cualidades o las vicisitudes de los personajes.

¿Cómo cree que recibirán los lectores a Una biblia perdida?

Eso tiene que ver mucho con elementos extra literarios, pero el público al que le guste la novela histórica creo que puede encontrar en esta un modo distinto de ficcionarla.

Sobre todo creo que les permitirá descubrir cuanta riqueza sin explorar existe todavía en la historia de Cuba, tanto desde el punto de vista de las investigaciones que pueden realizar los científicos sociales, como desde los hechos que tienen la capacidad de convertirse en literatura.

Para mí fue toda una revelación encontrar el libro de María del Carmen Barcia, Los ilustres apellidos negros en La Habana colonial, porque en él se refleja la vida cotidiana de una clase prácticamente desconocida. Aunque la historiografía le ha dedicado innumerables volúmenes al tema de los negros, generalmente se centran en los esclavos y no en los negros libres, lo que demuestra cuán importante es realizar este tipo de estudio.

¿Cómo recibe Ernesto Peña un premio tan prestigioso como el Carpentier?

Desde el punto de vista social el premio es como un reconocimiento que tus “mayores” te dan y que te indica que vas por buen camino. Algunos me dieron aliento para seguir escribiendo, porque esta es una labor muy solitaria, que nadie la puede hacer por ti, que no se puede hacer en grupo.

Desde el punto creativo el premio también implica ir mejorando. Ahora mismo, después de publicada, veo la novela con otros ojos y encuentro detalles que hubiera querido escribir de otra manera. Eso también es muy ventajoso, porque permite mejorar como escritor. Además, el público también comienza a mirarte de otra forma, como merecedor de un premio importante.