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Rafael de Águila: seducido por las historias

por: Martha Isabel Andrés Román

«Rafael de Águila es un escritor que cuenta historias-estados, historias-atmósferas donde el diálogo directo, anclado en la sencillez de un hablar ‘en los límites’, va aludiendo a lo que ocurre dentro de la acción, al par que revela la identidad de los personajes y el conflicto ético y emocional en que se hallan». Con esas palabras definió Alberto Garrandés al autor de Del otro lado, texto merecedor del premio Alejo Carpentier de cuento en su edición de 2010, que la editorial Letras Cubanas trae a la presente Feria Internacional del Libro.

Muchos escritores consideran el cuento un gran reto, por la síntesis y el ritmo narrativo que supone. ¿Qué potencialidades encuentra en este género? ¿Piensa incursionar en otros?

Grandes escritores, sin olvidar teóricos y especialistas, han sostenido y fundamentado el reto que plantea el cuento como género. Conocemos las frases, ya clásicas, de Hemingway y García Márquez sobre el tema. Indudablemente es un género difícil. Pero escribir siempre lo es. Vaticino que quizá el asumir con mayor énfasis uno u otro género en algo se relacione con las personalísimas características de cada autor.

Me aburro con extrema facilidad, una novela demanda persistencia en el tiempo. Ese resultaría, en mi caso, el mayor reto: enfrentar la novela. Escribir, no importa el género, siempre resulta un reto, enorme. El cuento me seduce. Las historias no se buscan, están ahí, asoman el rostro, no pocas veces en los momentos menos favorables, son ellas las que buscan quien las narre.

Me fascina, e intimidan a un tiempo, el ensayo, la crítica, el artículo. Si el tiempo y la suerte, esos adminículos veleidosos, no me traicionan, alguna vez intentaré el ensayo enjundioso.

En el caso específico de Del otro lado, ¿cómo fue tejiendo las historias? ¿Dé donde salieron los modelos para los personajes y situaciones que se presentan?

Puede que exista quien un día decida escribir un libro de cuentos y algún tiempo después, lo crea concluido. En mi caso se vive, se ama, se sufre, se lee, se discurre entre el arte y la vida, se interactúa con ese mágico escozor que nos rodea, seres incluidos, y… se escribe. Transcurre el tiempo y uno advierte que cuenta con suficiente material como para armar un libro, un libro digno.

Así se escribió Del otro lado, historias todas ellas escritas entre el 2007 y el 2009, todas ellas hijas de ese vivir cotidiano, esa interacción entre lo finito que somos y lo infinito que es el resto. Inquieres sobre el origen de los modelos en función de personajes y situaciones. La pregunta entraña ciertos… riesgos. Asumámoslos. En el libro los personajes femeninos son siempre mucho más trascendentes que los masculinos, son el leitmotiv y el pathos del texto. La mayoría de esos personajes femeninos llegan desde una muchacha real, una muchacha a la que quise, por la que aun hoy siento cariño, una muchacha que admiro y respeto. No hemos coincidido en los últimos tres años, hasta donde sé no ha leído el libro. Ignoro si se reconocerá en él. Si le agradará. Desde esa inefable madeja de verdades y mentiras suele tejerse esa realidad y esa invención que es la literatura.

A pesar de tratarse de un volumen de cuentos, donde se narran historias diferentes, en Del otro lado reina la armonía, con una lógica discursiva que está presente no solo en los relatos individuales sino en todo el libro. ¿Cómo se consigue ese grado de unicidad entre los textos?


Un escritor siempre anhela escribir de un modo que lo distinga, hacer de esas letras algo tan suyo como los genes o las huellas dactilares. A mi modo de ver un libro de cuentos debe alzarse como unidad sistémica, estilística, temática, espiritual. Al instante de armar el libro me esfuerzo por respetar ese dogma.

Cuando leía y revisaba las historias a incluir en el libro advertí que en ocasiones, de manera aislada, no consciente, empleaba ciertos recursos. Identifiqué esos recursos, y reescribí las once historias que conformaron el texto empleándolos en cada una de ellas de manera homogénea, como sistema.

En una ocasión usted dijo que desconfiaba de los premios, pues estos no presuponían ni la calidad, ni el valor, ni la trascendencia. Sin embargo, recibir un galardón tan importante como el Carpentier hace que un autor goce de mayor reconocimiento y su obra sea más seguida ¿Cuánta responsabilidad supone entonces que su nombre esté unido al del prestigioso lauro?

Ratifico mi desconfianza con relación a los premios. En puridad bien poco significan. ¿Cuántos Premios Nóbel se han conferido para que más tarde obras y autores engrosen las listas del olvido más absoluto? Sospecho que los premios se los inventamos a la realidad. Son elementos extra literarios. Un Jurado está conformado por un número variable de seres que detentan, inevitablemente, determinados patrones en cuanto a gustos, preferencias, rechazos, todo ello en los contextos estilísticos y temáticos.

En ese marco resulta significativo que al juicio del jurado se le suela llamar fallo. Cuando se confronta el catálogo de no pocos premios debemos convenir que el tiempo ha emitido su fallo, puede que menos veleidoso y subjetivo: la obra premiada ha desaparecido, cierta obra desdeñada se juzga hoy insuperable.

Un premio solo debe contribuir al asombro, el asombro en cuanto a que se haya privilegiado nuestra obra, contribuir a que nos encojamos de hombros, a que mantengamos la humildad, la conciencia de nuestra absoluta pequeñez, y espoleados por ella (y desde ella) procuremos escribir lo mejor posible.

En cuanto al reconocimiento… ¿qué decir? Ese reconocimiento está estrechamente parcelado en el tiempo, en su mayor parte se reduce a un periodo que media entre el fallo del jurado y la presentación de libro en la Feria del año próximo.

En cuanto al Premio Alejo Carpentier pues… no hay dudas, es un alto honor, cualquiera de los colegas que enviaron a esa edición pudo haberlo ganado, por eso es también un privilegio. En mi caso, una vez más lo confieso, fue (y continúa siendo hoy) una muy agradable sorpresa.

Una de las posibilidades que ofrece el premio Carpentier es la publicación de la obra, así como su presentación en variados espacios y el intercambio directo con el público. ¿Qué importancia tienen para Águila ese lector potencial a la hora de concebir sus textos?


No escribo jamás pensando en el lector. Tampoco pensando en premios o jurados. Escribo lo mejor que puedo, solo yo y la historia a narrar, los Qué narro y los Cómo narro brotan, no los busco. Rechazo toda moda, todo modus operandi de éxito.

Si una vez publicada la obra, eso urdido desde la subjetividad coincide con la personal y sagrada subjetividad de esos otros seres que te leen, si lo leído les agrada y les conmueve, ese es el mayor de los premios. Si algo no agradara a ese lector, aunque solo fuera a uno, yo le pediría disculpas.

No escribo pensando en el lector, no será jamás el lector quien guíe los pasos, ¡vaya contradicción!, porque indudablemente para ese lector se escriben los libros. No pensar en ellos en el momento de urdir, pensar en ellos cuando a ellos llega y agrada lo urdido. Hace unos días el padre de una compañera de aula de mi pequeña hija al saber era yo el autor del libro que leía no tuvo otro gesto que darme un abrazo. Yo apreté los dientes. Apenas conocía a aquel hombre.

 ¿Cuáles son los proyectos literarios que ocupan a Rafael de Águila en la actualidad?

Escribir. Cada vez mejor, si ello fuera posible. En estos momentos trabajo en dejar listo un nuevo libro. Cuento, siempre cuento.