Inicio
Cobertura informativa

Paperback writer o la vida es sueño (?)

por: Alejandro Álvarez Bernal

Paperback writer (Ediciones Matanzas, 2010), de Raúl Flores Iriarte, es una novelita interesante. Y cuando digo «novelita”» no se me ponga suspicaz; sólo hago referencia a su extensión, más bien breve. Lo importante es el modificador «interesante», que abre puertas a otras consideraciones, aun más laudatorias, y merecidas (independientemente de que haya sido Premio Fundación de la Ciudad de Matanzas en el 2009).

La concisa y precisa nota de contraportada nos entrega las primeras claves con que acercarnos a esta novela. En efecto, muchas de las marcas reputadas a la postmodernidad (esa entelequia tan cómoda) son reconocibles; desde el descentramiento, la ambigüedad y la fragmentación a que se refiere la nota, hasta la marca mayor, la intertextualidad, que en casi todas sus clases aparece desde el principio (… te recuerdo, Amanda, claro que te recuerdo…) hasta el final (…Todo / se / va / a / arreglar… —que se me antoja traducción del everything gonna be alright de Bob Marley). Y habría que añadir eso que Redonet llamaba, a falta de un término mejor, la «arquitectónica» del texto —es decir, la disposición gráfica (aquí tampoco encuentro un término feliz) de la sucesión de las palabras. De más está decir que ninguno de estos elementos aparece de «flái», por pura coincidencia, sino que se deben a la voluntad (o voluntariedad) del autor, que por demás ya ha demostrado otras veces que sabe y hace lo que quiere.

En más de un sentido, esta es una historia de amor y desamor, de alienación y displicencia, de impotencia y búsqueda, de personajes rotos y desnortados, que responde positivamente a la eterna pregunta de si la vida vale la pena. En consecuencia, está muy lejos de ser una novela de optimismo sursum corda con fondo de batuteras; y sin embargo, tampoco es una pieza depresiva, de pesimismo rampante. Raúl Flores ha preferido contarla con otras maneras, nada exenta de humor, estableciendo una distancia irónica que no disminuye con el uso mayoritario de la primera persona del singular, e imponiendo cierta atmósfera onírica ora con la sucesión desquiciada de personajes de la vida real y la recreación de situaciones delirantes ora con alguna declaración explícita del protagonista…

Al final siento como que Raúl Flores (que sabe y hace lo que quiere) no quiere tomarse demasiado en serio su propia historia, y no me parece mal. Después de todo, la felicidad es una pistola caliente y no hay nada nuevo bajo el sol.