Inicio
Cobertura informativa

La ciudad y el loco

por: Dulce María Sotolongo

La Habana, como toda ciudad que se respete, ha tenido muchos locos famosos que han venido a engrosar el imaginario popular, y son parte de su historia; baste mencionar al Caballero de París como figura emblemática. Sin embargo, el libro de poesía  La ciudad y el loco,  no tiene como protagonista a ninguno de estos personajes célebres. Aquí el “loco” es el poeta que ha devenido en cronista; aristas de una realidad que va más al subconsciente del sujeto lírico que a su entorno. Poco importa la arquitectura de un espacio que se aleja de la casa o del muro del malecón;  afirma:  “es posible la ciudad sin esta casa”, pero “sin locos la ciudad no existe y  la casa es algo más que un cuerpo frío; el malecón “no es un muro contra  el mar porque las piedras no están vacías". Para Gudín el espacio vital es incorpóreo y el poeta puede ser calle, puente, reja o pez, y un periódico servir de hogar a un iluminado cronista.

En este libro loco, donde la estructura de los versos es caótica, el lector podrá leer en las primeras páginas los poemas a su antojo, sin importar el orden, ya que las historias se repiten en ciclos donde el hombre comprende que “estar vivo es el inicio de todas la muertes”.

Tras el caos hay una organización en la que todos los elementos se subordinan al hombre como un ser espiritual, cuya riqueza está en el amor, la esperanza, la libertad. Para alcanzar esta libertad se utilizan símbolos como la guitarra, el camino, la lluvia, el mar. La lluvia  es esgrimida como símbolo de limpieza, con esa capacidad de dejar al desnudo un lugar. “Llueve sobre la vieja casa (...) después de la lluvia sobresalto, duda, miedo de encontrar una ciudad que desconoces”; los ángeles son de agua, porque el agua purifica -“de nuevo los ángeles siempre con la lluvia”-; el agua se agiganta en ese mar que aparece una y otra vez en los poemas.

El poeta es un eterno caminante -echo de trigo y sol-, por eso volverá a sus raíces lejos de la ciudad que lo agobia, lo asfixia, lo mata, pero sin la cual ya no podrá existir: “salgo a caminar, también desnudo, la gente sonríe, no advierten en ello una posición política”.

Se disfruta especialmente en el libro la sección La eternidad no es una conjetura (sonetos escritos a dos manos con el poeta  Alexander Besú, que fue Premio Latinoaméricano de la Décima 2007). Aparece nuevamente el mar, esta vez como asunto central de una de las controversias, visto un sitio de muerte; se hace alusión a los bucaneros, a los emigrantes y a la poeta Alfonsina, “la hundida sin reemplazo”.  También se refieren ambos  al silencio, y resulta interesante la filosofía que encierran estos versos”.

“El silencio no es solo del que calla, como no es Dios fortuna del devoto./El silencio puede estar en la metralla, en los pasos perdidos, en lo ignoto”. Esta frase de Jorge Luis Borges motiva otro de los poemas, en el que se denota la admiración y el conocimiento. 

Los grabados de Lamothe se imbrican al contenido del libro, siempre con un trasfondo oscuro, donde aparecen el barrendero y el equilibrista, el muro del malecón, los marginados de la ciudad a los que no les importa lo que traen las olas, ni que las gaviotas se caigan; son tontos que deshojan la luna.

“Porque sin locos la ciudad no existe” -último verso del  libro- define  por qué el loco es el protagonista.  Él sueña, no le molesta la lluvia, ni el sol; solo camina y camina sin rumbo fijo. No le importa vivir en casas elegantes; la ciudad es su casa.