Inicio
Cobertura informativa

Julio Girona en mi memoria

por: Dulce María Sotolongo

Conocí a Julio Girona en 1986. Por ese azar lezamiano me entregaron a editar un original con el título Mi guerra; ignoraba en aquel momento que su autor era un pintor famoso. El manuscrito hablaba de la participación de un cubano en la Segunda Guerra Mundial; era una narración escrita con tanta frescura que parecía que las historias narradas eran recientes. Entonces me sucedió algo curioso: el tiempo se detuvo y me encontraba en Estados Unidos a principios de la década del cuarenta; trabajaba en una fábrica como pintor donde solo dibujaba las bocas…, me impregné de la conciencia política de un hombre que se brindó como voluntario para ir a pelear contra el fascismo; viví un sinnúmeros de aventuras y disfruté de un humor muy parecido al de las películas de Chaplin.

Cuando cité a Girona para discutir el libro, esperaba encontrar a un hombre joven con la misma energía y vitalidad del protagonista de la obra, pero se me acercó sonriente un viejito con gorra y bastón;  entonces me di cuenta que estaba en Cuba en la época del ochenta y que el humor que existía en las páginas del libro era parte inseparable de la personalidad del pintor.
 
Seis horas y más fue el título con el que se publicó el libro; me parecía que era más vendible y se identificaba más con su contenido. Este testimonio resultó ganador del Premio de la Crítica en 1990.
 
Girona parecía un colegial con sus libros en una bolsa que usaba al hombro, y me decía: “ yo pensaba que mis cuentos no eran buenos, pero cada vez que regalo el libro la gente me reconoce, me tratan mejor… escribir me ha dado más satisfacción que la pintura”.

Este hombre era un conversador excelente, hablaba como escribía.  Seis horas y más dejó a muchos lectores con los deseos de conocer sobre su vida; al final del testimonio se cerraba una puerta que era preciso abrir.

La edición por parte del Centro Cultural  Pablo de la Torriente Brau de sus cuentos en la Colección Homenajes, me parece una idea muy acertada. Fui testigo de la admiración que sentía el pintor por Pablo, y en más de una ocasión le comenté que su libro me recordaba Las aventuras de un soldado desconocido;  además, ambos fueron internacionalistas y luchadores contra el fascismo. Recuerdo a María Santucho y a Víctor Cassaus  preocupados por su salud  y atentos a sus problemas.

En el marco de la Feria del Libro fue presentado su libro De la voz a la letra. Este hecho nos remite a pensar en la  incesante labor que realiza el Centro en aras de salvar la memoria viva; por cierto, recuerdo que el escritor Ramón Fajardo guarda una cinta con grabaciones que le hicimos a Julio.  La ilustración de cubierta es una  caricatura de Juan David, que es la estampa que el pintor llevaba siempre siempre.                                                                                                                                                                                                                                 

Se podía conversar con Girona un día completo sin aburrirse. Luis Suardíaz, el poeta,  se pasaba horas y horas en su casa. Le prologó su libro publicado en España La corbata roja; los poemas que aún permanecen inéditos en Cuba son muy coloquiales y humorísticos.

Los cuentos sobre su vida eran fascinantes. Por su conversación desfilaban figuras ya desaparecidas del arte universal a las que casi retrataba. Recuerdo que un día yo estaba editando un libro sobre Lorca en Cuba y le pregunté: «¿Conociste a Lorca?», a lo que me contestó sin darle mucha importancia: «sí, yo apenas tenía quince años. Estaba en casa de José María Chacón y Calvo y me pareció un camarero;  tenía en su rostro la sombra de una barba azulosa». Entonces pensé que había que rescatar esa memoria y me las agencié para que me contara un poco más sobre su vida.

Su padre perteneció al Grupo Orto en Manzanillo por lo que se crió en un ambiente literario muy rico, rodeado de personalidades como: Luis Felipe Rodríguez, Navarro Luna, Juan Francisco Sariol, Ángel Cañete. Desde muy joven se destacó como artista plástico.  Vino a  La Habana,  se ganó una beca para estudiar en Francia. En los cafés de París conoció a Rafael Alberti, César Vallejo, Alejo Carpentier; participó de la vida bohemia . Cuando mataron a Troski en México lo hicieron prisionero.

Su esposa era una escultora alemana, se llamaba Ilse y su relato fue el único que  Girona no lograba terminar por lo mucho que aún sentía su muerte. Lo escribió más de cuatro veces y finalmente tuve que “cortar y pegar” y completar algún párrafo para poder publicarlo. Él siempre quiso crear un premio de cuentos que llevara su nombre.

Fue un incansable viajero  que nunca le perdió el miedo a los aviones; siempre que viajaba pensaba que el avión se iba a caer y su nombre aparecería en una lista negra.

La historia de su familia era impresionante. Celia Girona, su hermana, trabajó durante muchos años en Estados Unidos; era una diplomática increíble que conoció a Raúl Roa y al Che. Dos hermanas de Girona le llevaron dinero a Fidel en México para cooperar en la lucha contra Batista. Mario Girona, su hermano, era un arquitecto famoso;  la heladería Coppelia y muchos sitios célebres en el país llevan su impronta.  ¿Cómo atrapar este universo? Le pedí a Julio que me entregara más cuentos  y me concedió Memorias sin título. Aunque el libro me hizo reír me sentí decepcionada. ¿Dónde estaba Navarro y Luis Felipe y Marinello? Tampoco hablaba de Ilse. Le obsesionaba describir a los personajes sencillos, hombres y mujeres que no tenían historia, y sentía predilección por hacer cuentos sobre su familia, no de los momentos heroicos, sino de la vida común: la venta de un auto por parte de su hermana, la guagua, los vecinos.

Justamente Denia García Ronda señala en el prólogo: «Son estos relatos los que tienen el sello de personalidad de Girona; los más auténticos y los que muestran una interesante combinación entre la memoria afectiva, el testimonio y el cuento literario». En honor a la verdad debo decir que esto es cierto, porque  los textos dedicados a figuras célebres los escribió por encargo. Tenía temor de ofender la imagen de alguno de estos personajes con su visión humorística de los hechos, o creía no conveniente contar historias de su vida íntima, o simplemente no  veía la importancia que podría tener su testimonio.

Hoy ya hace más de diez años que Julio murió. Recuerdo la última vez que lo vi; me lo llevé al lanzamiento de un libro de arte en la galería Flora, de Marianao, y se pasó todo el tiempo hablando de la muerte, más bien burlándose de ella. Hicimos planes para otro título que se llamaría “Gente de mi talla”; junto a nosotros estaba el pintor López Oliva que no nos abandonó en la espera del transporte.

Gracias a este libro que se publica hoy, me llega su voz otra vez. Los recuerdos vuelven, se corporizan. Viajo a su lado por el mundo. Oigo las quejas de Celia, su hermana. Tomo el café de Inés y alejo de mí la imagen de un viejo en silla de ruedas que se sintió decepcionado cuando le cambiaron el nombre a la escuela de arte de Manzanillo, su pueblo natal, el que todavía le debe una canción y tal vez algo más al que nunca olvidó sus raíces.