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Siempre en combate: los recuerdos del general

por: Alejandro Álvarez

Hubo un tiempo en que algunos líderes de la Revolución —en particular Raúl y Almeida— reclamaban que quienes habían hecho historia se detuviesen a escribirla.

Pues, en efecto, si bien historiadores, periodistas y artistas abordaban los momentos más notorios de la historia de la Revolución Cubana, solía faltar —fuera de alguna que otra entrevista— la visión personal de los actores de esos momentos; visión íntima y subjetiva, ciertamente, pero igual de necesaria para la comprensión cabal no solo de motivaciones y actitudes, sino también del desarrollo y desenlace del hecho mismo. Ni siquiera el relativo auge del testimonio en cierta etapa de nuestra literatura pudo suplir esa carencia.

Sea porque entonces faltaba esa «distancia temporal», necesaria para una perspectiva más sosegada, sea porque ahora, simplemente, «el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos», de un tiempo acá se ha venido satisfaciendo el reclamo, y participantes y protagonistas se han ido animando a poner en papel sus memorias e impresiones, de suerte que, al vasto caudal de análisis y exposiciones historiográficas se va sumando un creciente número de obras cuyo contenido primordialmente testimonial añade esa «esfera humana» a la comprensión de la Historia —que, en definitiva, la hacen los hombres.

Y ahora se añade Siempre en combate (Casa Editorial Verde Olivo, 2009), de la autoría del general de cuerpo de ejército y Héroe de la República de Cuba Ramón Espinosa Martín, quien durante casi tres décadas fuera jefe del Ejército Oriental.

En esencia se trata de un libro de memorias, sencillo, que desde sus primeras líneas se marca con la declaración manifiesta de la modestia, de ser no más que «un recuerdo personal, no acabado…» Siguiendo un ordenamiento cronológico, el general Espinosa (como le conoce el pueblo) va desgranando su infancia y adolescencia, sus trajines revolucionarios desde muy joven (se incorpora al Movimiento 26 de Julio con apenas 16 años), sus estudios militares y su posterior carrera castrense que lo llevó desde Cabinda y el Ogadén hasta la jefatura del Ejército Oriental.

Se trata de un libro autobiográfico y, en este sentido, cualquiera podría dudar de su objetividad, toda vez que las personas tienen la tendencia a exagerar, aun de modo inconsciente, su propia importancia. Es algo natural, y ya se ha visto, pero este no parece ser el caso. Yo no he trabajado con Espinosa ni he sido subordinado suyo, y lo más cerca que lo he tenido ha sido en la pantalla del televisor. Pero puedo percibir que una de las mayores virtudes de este libro es, precisamente y como ya dije, su modestia: a duras penas, y siempre como de pasada, como restándole importancia, Espinosa nos cuenta de sus ascensos en grado y cargo (de hecho, casi nunca los detalla), y eso porque no le queda más remedio. Es más prolijo, y se demora más (casi un tercio del libro) en las primeras etapas de su vida, que en aquella más duradera. No deja de encomiar a sus compañeros y subordinados, y en general evita juicios y anécdotas negativos sobre nadie. En otras palabras, Espinosa se resta protagonismo a sí mismo y esto habla mucho a favor de su persona. A mí me placería aun más que Espinosa se hubiese extendido en algunos pasajes (sus misiones internacionalistas, su jefatura en Oriente) y hubiese sido más prolijo en algunas exposiciones y valoraciones, detalles y contextos, pero este criterio mío no invalida en nada el valor de esta honestísima «…narración de la prestación de servicios y vida de soldado de un ejército del pueblo al que me debo», de la que al final emerge un hombre sencillo y campechano, sensible y corajudo; el mismo guajiro de Camajuaní con más estrellas en los hombros y la misma imbatible convicción en la justeza de sus ideales revolucionarios.