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Cobertura informativa

El edificio donde habitan todos los cubanos

por: Martha Isabel Andrés Román

La primera carta de presentación de la obra que Alberto Ajón León trae a la Feria Internacional del Libro es su sugestivo título. ¿Qué bolá? (What’s up?) invita, desde esas palabras iniciales, a centrar la mirada en la sociedad que somos, en los matices y condiciones de la Cuba de hoy. Reunidos en un edificio del reparto Alamar, los personajes de la novela podrían ser, en realidad, cada uno de los cubanos que habita esta Isla.

El libro propone una mirada al contexto cubano desde el ámbito más doméstico, desde la cotidianeidad de las personas. ¿Considera que es posible abarcar la complejidad de una sociedad como la nuestra desde este marco?

Es imposible abarcar toda esa realidad cubana tan rica. Yo lo intento, pero es solamente una intención con del propósito de que otros, dígase sociólogos, politólogos,  educadores, observen la realidad cubana y se preocupen por ella.

Creo que en estos momentos la sociedad cubana, compleja y un poco exorbitante, está minada de problemas que hay que entrar a resolver, que hemos dejado pasar por mucho tiempo. Nosotros tenemos la responsabilidad de alertar sobre lo que sucede, y sobre lo que consideramos correcto e incorrecto. En este sentido creo que la novela, si bien no abarca, por lo menos apunta.

¿Cuánto de ficción y de realidad hay en los personajes que aparecen en la obra?

No creo que exista nunca en la literatura un personaje estrictamente calcado de la vida real. A veces puedes encontrar un personaje en la calle que te interesa desde el punto de vista físico, pero no desde el punto de vista psicológico; otras veces ves una persona y la conviertes en personaje porque le atribuyes cualidades morales que quizás no tenga, pero que convienen a la narración. Y también puede suceder que tomes de tus vecinos, conocidos y amigos, algunas de sus reacciones, sin que estas lleguen a ser definitivas en ellos mismos.

¿Cómo concibió la estructura de la novela?

Yo parto de un cuento que está publicado en Saga de un hombre sentado. Cuando escribí ese cuento me percaté de que la acción se me iba de las manos, que requería más espacio. La historia se desarrollaba en Alamar, y por tanto, para no salirme de ese límite que para mí es muy significativo de la realidad cubana, ya que en él conviven todas las manifestaciones de la cultura y el ser cubano, me parecía que era interesante mantenerme allí, y llevar a ese medio toda una serie de individuos que, aunque son modificaciones de la realidad,  pueden perfectamente existir en un edificio como ese.

No sé si todos los edificios de Alamar tienen cinco pisos. Al principio mi novela solamente tenía cuatro hasta que alguien me dijo que los edificios de allí tenían un piso más. Eso me obligó a añadir nuevos momentos.

El cambio realmente no fue complejo, porque como yo quería ir entrelazando las historias, iba contando parcialmente, fragmentariamente, la vida de estos individuos, y al final el resultado es todo este conglomerado. En realidad no creo que esa estructura sea nada nuevo, porque algo parecido ya lo había hecho Camilo José de Cela en La colmena, por ejemplo.

¿Qué posición ocupa esta novela en particular dentro del resto de la obra de Ajón?

Yo tengo tres libros de cuentos y esta sería mi segunda novela, pero, después de terminarla, yo me pregunté si en realidad no habría terminado un libro de cuentos. Todos ellos se ubican en Alamar, y los personajes se relacionados unos con otros, pero son historias que se podrían separarse desde el punto de vista argumental, aunque no desde el punto de vista espacial ni desde el punto de vista social.

Todos ellos se imbrican porque viven las mismas circunstancias sociales, los mismos problemas, el mismo edificio, en que vivimos todos los cubanos.

Usted se ha manifestado constantemente como un eterno defensor del lenguaje y de la forma correcta de utilizarlo, sin embargo, suele decirse que son precisamente las personas las que crean su lengua. ¿Qué opina sobre este papel de los pueblos a la hora de conformar el lenguaje?

Vamos a empezar por el título de la obra. Hacía tiempo yo buscaba de dónde provenía esa frase de «¿qué bolá?». Lo pensé atribuido a los franceses con lo de voilá, después se lo atribuí a los gitanos, de los que hemos heredado tanto. Pero resulta que leyendo un libro de Esteban Pichardo me encuentro con que en siglo XIX ya se decía «bolá».

Eso me lleva a otros planteamientos. Resulta que el Período Especial hizo resucitar palabras como «trapichero» y «jinetero», que eran palabras que ya existían en el argot cubano popular. Pero, ¿quién las tenía en su memoria? ¿Quién las conservaba en la memoria lingüística como pueblo? ¿Qué anciano, qué personas? Se encuentra que esas palabras están recogidas en diccionarios del siglo XIX, y vienen a aflorar a fines del siglo XX, o sea, más de cien años después.

Ese fenómeno es la medida de que los pueblos sedimentan una cultura lingüística que está ahí, esperando su momento para salir, como los alacranes, de debajo de la piedra.

¿Qué proyectos creativos seguirán a esta publicación de ¿Qué bolá? (What’s up)?

Quiero escribir un libro de relatos, y también tengo planeado un libro sobre la radio. En Cuba no hay realmente bibliografía para los estudiantes sobre el periodismo radial. Entonces me gustaría dar algunas experiencias, algunas sugerencias, ya que he trabajado como profesor en este sentido. Eso es lo más inmediato que tengo.