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Ritual del necio: mito y realidad. Entrevista con Roberto Méndez

por: Lilien Trujillo Vitón

En su novela Ritual del necio, premio Alejo Carpentier 2011, Roberto Méndez propone al lector una obra que dialoga constantemente con lo simbólico y lo real, a la vez que conforma un todo de fuerte trascendencia estética.

A Roberto Méndez lo conocí hace apenas dos días durante la presentación del libro Diálogos con la danza, de Alicia Alonso. La noche anterior había escuchado su voz por teléfono, mientras le pedía que respondiera unas preguntas que le enviaría por correo electrónico. Su fisonomía era aún desconocida para mí, también su manera de proyectarse, su expresión y gestualidad, elementos que aportan información en toda entrevista.

Tal fue mi asombro cuando Pedro Simón aludió a su persona en la sala Villena de la UNEAC, como “el poeta Roberto Méndez”. Las casualidades existen, pensé, aún sabiendo su condición de crítico de ballet.

Contrario al impulso que me inundó, salí de aquella sala sin intercambiar palabra con el escritor. Decidí mantenerme en el anonimato; observarlo y escucharlo con la mayor atención. No obstante, él me habló de otra manera. Desde su presencia y proyección pude percibir una profunda sabiduría  matizada por cierta mesura e introspección. Un escritor que, como tal, vive desde las palabras y más aún, desde la literatura.

Si bien me privé del goce del diálogo cara a cara, me quedó la satisfacción de figurarme su rostro imperturbable y lozano mientras respondía a mis preguntas sobre su novela Ritual del necio

He leído que Ritual del necio fue una novela con un parto distendido. ¿Cuál cree usted fue la razón por la que hubo de regresar tantas veces a casa sin una promesa de publicación?

La primera redacción de Ritual del necio -entonces no se llamaba así- data de 1999. Por un tiempo hice modificaciones en ella y me decidí a enviarla, sin fortuna alguna, a concursos de aquí y allá. Aunque amigos de diversas latitudes la elogiaron, uno de ellos fue sincero y me dijo que los editores de su país no se arriesgarían ya a publicar algo que no era una novela para el lector medio, que los tiempos de Lezama y Cortázar ya habían pasado y mi libro era anti-mercado. Hubo, en fin, contactos para publicarla en un par de sitios, pero siempre sucedió algo: o el libro parecía oscuro, o transgresor, o imposible de clasificar según ciertos esquemas mentales. En fin, me quedé con él en la mano por mucho tiempo y ahora creo que eso fue positivo.

Volver sobre la página terminada puede ser el trago amargo del escritor; arrancarle incluso una sola palabra molesta como si estuvieran mutilándole su propia descendencia. Sin embargo, usted tomó esta novela, reconstruyó su cuerpo argumental y aquí está, publicada y premiada. ¿Cuán difícil puede ser el ejercicio de rehacer una obra supuestamente terminada? ¿Cuál fue el motivo que mantuvo firme su fe?

Aunque escribí y publiqué varios libros a partir de 1999, sentía que pesaba sobre mí la cuenta pendiente con esta novela; intuía que algo faltaba en ella para lograr una verdadera eficacia comunicativa. El año pasado entregué dos capítulos a la revista La Siempreviva. Verlos impresos me llevó a volver sobre la obra, cuando estaba a punto de comenzar otro proyecto. Entonces me decidí a intentar lo que parecía imposible: escribir otra novela, en la cual se engarzara de algún modo el texto existente, colocado en otro plano, sin alterarlo en lo esencial y mucho menos mutilarlo. Dediqué el verano únicamente a esa labor; eché a un lado todos los compromisos y el trabajo fluyó admirablemente. Al fin había encontrado una solución viable y hasta me dio tiempo a ponerla en limpio y enviarla al premio Alejo Carpentier, con el resultado que se ya sabe.

¿Sobre qué pilares se eleva la solidez argumental de esta novela?

De la “solidez argumental” de la novela tendrá que hablar la crítica, no yo. De todos modos, ella está conformada por una estructura compleja, que en lo esencial tiene dos niveles: uno supuestamente realista, en el que los personajes viven en La Habana de los años 90 y otro, el del manuscrito que el musicólogo Andrés recibe por correos enviados por un amigo suicida y en el que hay una trama paralela, remitida a un ámbito ficticio y densamente simbólico. Ambos planos dialogan y cada uno incide en el otro, pues ni el ámbito realista lo es tan puramente, ni el ficticio carece de nexos fuertes con la cotidianidad.

¿Subyacen en Ritual… las propias obsesiones de Roberto Méndez?

En todo libro subyacen las obsesiones del autor. En este, creo que las obsesiones mayores tienen que ver con la imposible definición de lo cubano, sus relaciones con lo universal, así como con los mitos que están en nuestra raíz, encarnados en obras y autores de nuestra historia cultural, desde Espejo de paciencia, hasta Virgilio Piñera, Celia Cruz y Ela O’Farrill. No es extraño que en busca de definiciones decida aclimatar el mito de la búsqueda del grial y la redención por la inocencia. No significa que yo haya obtenido respuestas “científicas” a mis preguntas, sino que he podido volcar en esas páginas muchas angustias e incertidumbres. Las interrogantes quedan planteadas.

En una entrevista reciente dijo que en su obra todo parecía apuntar a la novela. ¿Podría decirse entonces que Roberto Méndez, a pesar de su incursión en otras parcelas de  la literatura, posee una predisposición natural y espontánea por este género?

Desde hace años algunos señalaron que en mi poesía hay una fuerte tendencia a narrar cosas, y que algunos textos parecían pequeños relatos. En mi periodismo y ensayística -por ejemplo en Otra mirada a La Peregrina- intercalo anécdotas, escenas de la vida de los autores estudiados, como una manera de ayudar al desentrañamiento de las obras. La novela, tal y como yo la concibo, es un género totalizador que incluye en su interior la reflexión filosófica, el ensayo, la poesía, como ocurre en El juego de abalorios, Doktor Faustus, La muerte de Virgilio, El siglo de las luces, Paradiso. Es en ese sentido que quiero escribir novelas, sin sentir que entro en terreno ajeno. No me importa ser un “raro” dentro de la narrativa cubana actual.

Los premios Carpentier y Guillén se han convertido, prácticamente, en sitio recurrente para sus obras. Habiéndolo obtenido ya en poesía, ensayo y novela, ¿no le anima el reto de completar el círculo con el cuento?

Felices coincidencias me llevaron a obtener el Guillén en su primera edición y el Carpentier de ensayo en 2007. Obtenerlo ahora en novela ha sido una gratísima experiencia, pero no se trata de establecer marcas deportivas ni de entrar en el libro de los récords. He escrito algunos cuentos a lo largo de mi vida, pero la brevedad del género me resulta menos afín que la extensión de la novela, donde se puede trabajar por acumulación y hasta por exceso. De todos modos, es mejor no ser absoluto, quizá dentro de diez años…