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Cobertura informativa

Platero y Nosotros

por: Dulce M Sotolongo Carrington

Casi todos sabemos cómo es Platero: es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera; que se diría  todo de algodón, que no lleva huesos. Una y otra vez lo hemos leído de manera fragmentada, en textos que estudian la descripción  y otros asuntos de la estilística. Sin embargo, ¿cuántos jóvenes y adultos de hoy conocen la obra en su totalidad? ¿Cuántos especialistas de Casas de Cultura, incluso bibliotecarios de escuelas primarias, le han disfrutado plenamente?

Platero y yo es uno de esos «monstruos» de la literatura universal, una de esas obras que se escriben para ser leídos una y otra vez. Un largo poema escrito en prosa con toda la elegancia y ternura de un hombre que se sabe artista de la palabra y la moldea como el más sabio y antiguo de los artesanos; oficio que le nació en Moguer, su pueblo natal, en Andalucía, España. Niño-poeta que publicó sus primeros versos con tan sólo quince años y creció oyendo las canciones sevillanas, entre moras y claveles que le mandaba Aguedita, la pobre loca de la calle del Sol.

Platero  es de esos títulos que no deben faltar en el librero de nadie, y por eso la Editorial Gente Nueva nos entrega en esta Feria una bella edición, precedida por un acucioso prólogo de Premio Nacional de Edición, Esteban Llorach Ramos. Palabras preliminares que me hacen recordar las de Exilia Saldaña en El Principito; ¡editores valientes que logran embellecer lo que saben perfecto!

Esteban es como un lazarillo, alumbra la inteligencia de los niños y  jóvenes y guía a los adultos por una senda —no por transitada conocida— y nos hace ver otros valores, como antes lo hizo nuestro José Martí, quien nos enseñó la importancia de conversar con el pequeño antes de iniciarlo en la lectura.

Vuelve a subir y bajar lomas, Platero. Gustavo, un niño de nueve años, sintió lástima del burro porque descubrió, entre tantas  palabras rebuscadas, cuánto tenía que trabajar el pobre animal. Supo ver la belleza en la muerte. Aprendió a no burlarse de los locos y los tontos, a ayudar a los enfermos.

Parafraseando a Martí, los niños son los que saben leer.

Platero vuelve a estar entre nosotros entre metáforas y símbolos que continuamos descifrando. Publicarlo, es saldar una deuda de gratitud con Juan Ramón Jiménez, el poeta que vino a Cuba, prologó a Eugenio Florit y una antología de poetas cubanos; el que encantó a Lezama, que también era editor.

Platero y yo es una obra sólida, que más que los huesos la sostiene su lírica. Se desborda en cada página ternura, amistad, y sobre todo, el amor, que lo convierte en un clásico. Él, como parte de la amplia obra, permitió que su autor ganara el Premio Nobel, y como se dice en la nota de contracubierta de esta edición, cumplir con el presupuesto que lo guió cuando escribió el libro: «En tu trabajo —sea cual sea— piensa que lo que estás haciendo en cada instante es lo inmortal».