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Lo último de Daniel Chavarría

por: Maydelis Gómez Samón y Jesús Adonis Martínez Peña

Puede usted prescindir de estos primeros párrafos. Más abajo se lee una entrevista al más reciente Premio Nacional de Literatura de Cuba. Ahora, la increíble concurrencia de hechos que llevaron a ese diálogo.

Soy alguien con un bautizo cristiano, soterrado, desde hace mucho, bajo innumerables nombres en todas las lenguas occidentales, eslavas, finesas. Tuve un nombre vasco, un nombre árabe y en Budapest me llamé —ya puedo revelarlo— Férenc, como Puskás. Tuve un rostro joven que dejó de ser el mío mucho antes de que llegara la natural corrosión de los años. De pie ante el espejo, mis ojos han visto, y mis manos afeitado, el resultado de tantas, tantas transfiguraciones. Pero, eso no importa ya. Como dicen, son gajes del oficio.

Importa, no obstante, una de tantas identidades. La de aquel joven vendedor de guías y mapas turísticos que fui en un mercado de La Valeta, en Malta. Una misión más al servicio de gente que —por más que el lector quiera— nunca estuvo en Langley ni conoce las granjas de Virginia. Iba a medias la década de los setenta y mi destino era uno de los rincones más bellos del Mediterráneo; no estaba mal. Llevaba más de dos meses encubierto como parte de un operativo para neutralizar una jugada enemiga. El día preciso, conocí a un tipo en mi puesto; quería un mapa de no sé qué ruta oculta de los Caballeros Hospitalarios. Era la clave convenida. Acompañé al sujeto por las apretadas callejuelas de la “ciudad vieja” hasta el mar, donde, al fin, debía maniatarlo, someterlo, porque él, agente doble, era mi objetivo en Malta. Pero el sujeto se adelantó y en un instante estaba yo bajo sus botas de piel mostaza; ató mis manos; puso una pistola en mi sien y me hizo avanzar hasta una lancha rápida. En poco tiempo estuvimos en mar abierto. Azul hasta el horizonte y entonces me desató y volvió a encañonarme para que me pusiera un chaleco salvavidas. Dijo: “Aquí concluye nuestra novela negra”; y me empujó por la borda.

Estuve tres años preso de mis antiguos correligionarios. Nunca creyeron mi versión y me condenaron por complicidad, agravada al no poder darles información alguna, ni bajo tortura. El tipo había escapado y, el colmo, con un objeto muy valioso para la organización, que en las largas noches de la celda yo imaginaba —con cínica amargura— como un majestuoso halcón de oro y prendas; aunque tenía por seguro que nuestra historia no era cosa de Hammett.

Logré escapar, por fin. Huí a donde más difícil fuera hallarme y poner una bala en mi cabeza. Seguridad solo encontraría en tierra de mis antiguos enemigos; así que comencé un deambular de años por países comunistas, en el lejano este. No recuerdo dónde exactamente, leí una novelita de éxito sobre un agente cubano. Joy, se llamaba el libro, y Alba, el tipo. Era él. No cabían dudas. Por la descripción y sus acciones no podía ser otro que el hombre de Malta. Supe entonces quién había escrito mi derrota y condené a su autor: Daniel Chavarría, uruguayo-cubano.

Con la caída del Muro, vi mi oportunidad de venganza. Tenía libertad de movimientos pues, tras la guerra fría, seguramente ya estaba olvidado y, por entonces, el tal Chavarría comenzó a viajar a Europa con frecuencia. He intentado muchas cosas para acabar con él, pero la suerte —las Parcas diría él— no lo han querido así. No bebió extrañamente de aquel barril de cerveza especial en Alemania; no se detuvo ante el cuadro de Las Meninas, en El Prado; saltó aquel escalón en la Torre Eiffel; despreció aquella preciosura en Cerdeña…

Aquí, últimamente, he contratado a dos diestros agentes que debían coronar mi anhelo en la propia casa del escritor. Se presentarían como jóvenes periodistas y… También ellos me han traicionado. Solo me han hecho llegar la entrevista  que abajo adjunto estas líneas que solo vienen a confirmar mis más antiguas sospechas: «Usted, y ahora nosotros, no somos otra cosa que su invención. Somos el argumento, aún impreciso, de una futura novela de Daniel Chavarría». Por tanto, lo que sigue, es obra suya también.

En su libro Y el mundo sigue andando, relata gran parte de su vida desde que era un niño hasta que llegó a Cuba. Esto demuestra la excelente memoria que posee, pero ¿cuál es su primera imagen mental?

A mí me habían regalado cuando era chiquito, de tres años, unas botas de montar. Yo vivía en el campo y estaba encantado con esas botas. Apenas me las puse caminé una distancia de, quizás, 200 metros. Crucé una alambrada y me fui a casa de unos vecinos a lucir mis botas. Allí me celebraron mucho y regresé —tres añitos—, y al cruzar de nuevo la alambrada vi una víbora. Me asusté terriblemente y me hice caca. Si me pides una imagen, esa es la que recuerdo como más antigua.

Contemporánea con esa imagen, recuerdo una tía que ya llevaba como 20 años de novia con un tipo que no acababa de casarse con ella. Tenía todo el ajuar y unas ganas de ponérselo… que un atardecer ya nochecita, en verano, se vistió de novia. Y cuando se hizo la noche —nos alumbrábamos con faroles de kerosén—, se apareció con una linterna por un pasillo dándose luz desde abajo; aquella fue una imagen que me deslumbró. Se presentó como si fuera un hada y me regaló una estatuita de bronce… del niño Jesús, o algo así. Yo quedé absolutamente extasiado.

De todas esas historias que conserva en su mente, ¿cuál es la más feliz y la más triste?

El recuerdo más feliz fue un poquito después, ya con cinco años (ríe). Yo tenía un tío que era un calavera, un poco borrachín, fiestero, y por molestar a mi mamá me enseñaba versitos de relajo. Con rimas, ya tú sabes, ¿no? Los hermanos pinzones…, el señor Angulo…, con qué rima, ya tú sabes… y cosas por el estilo. Entonces, en un tinglado carnavalesco de un pueblo del interior uruguayo, andaba con este tío mío (vuelve a reír), el más joven de los hermanos de mi padre; ya te digo, era borrachín y fiestero. Allí se organizaba un espectáculo y venían niños a cantar…, y me puso él para que yo recitara los versitos. Aquello era sorprendente: un niño tan chiquito recitando poemitas obscenos produjo una hilaridad… que me dieron un premio: un muñequito de goma de esos que, cuando tú los aprietas, hacen cua cua… Yo dormí abrazado a ese muñequito. En realidad fue el primer premio de mi carrera artística, que se inició con versitos pornográficos.

Yo no tuve realmente tristezas en mi infancia. Fue una infancia feliz, una vida feliz en general. En mi vida no ha habido calamidades. No he perdido un hijo; me he divorciado un par de veces, pero no hubo nada infamante, ni violento… No he padecido torturas, ni humillaciones, ni cárcel, ninguna de las cosas a las que estuve realmente expuesto en mi generación, sobre todo, como hombre de izquierda vinculado a la Revolución Cubana.

Claro, en algún momento aspiré a algo y no se me dio. Yo me hice grandes ilusiones de obtener un cargo en la BBC de Londres, como locutor. Era la posibilidad de vivir en el centro de mayor desarrollo teatral del mundo, que era Inglaterra. Cuando me dijeron que no, estuve muy triste. Y bueno, desengaños, golpes en la vida, he tenido, por supuesto.

Eso tiene que ver con su literatura que no es una literatura del sufrimiento. Usted ha dicho en algún momento que no hace poesía porque sería muy desgarrada.

Yo tengo, sí, el trasfondo, que podría ser material poético de las grandes interrogantes existenciales: de dónde venimos, a dónde vamos, cuál es el destino del planeta y veinte cosas de ese tipo, que en la soledad de la noche me pongo a pensar. No obstante, prefiero no darle vueltas porque me traería amarguras. Vivimos en un misterio absoluto: la vida humana, la Tierra; somos el resultado de infinitas casualidades, ¿verdad?

En varias ocasiones ha hablado de su amor por el teatro. ¿Por qué, entonces, nunca ha escrito ninguna obra de este género?

Me inicié en el teatro, en Montevideo. Fui actor; pero nunca incursioné como dramaturgo. A mí el lenguaje del teatro y del cine me resultan difíciles porque requieren una concisión, un espíritu de síntesis que no tengo. Yo soy muy retórico, muy barroco. Igual que con los cuentos me siento… Me sentía, porque últimamente he descubierto que puedo hacer cuentos. En general hasta hace cinco meses yo rehuía eso.

Entonces, es algo muy reciente.

Muy reciente. Es un juguete nuevo, ahora no escribo más que cuentos.

¿Y ha tenido que estudiar para poder escribir cuentos?

No, chicos no. El problema es que hasta hace unos cinco meses tenía escrito seis o siete cuentos, a lo largo de 35 años de profesionalismo literario. Esos cuentos no los escribí por vocación ni por deseos de escribir cuentos, sino porque alguien —eso empezó en Europa— me los encargó. Bueno, mi historia del desvío del avión me la pedían en Italia, así que, en cierta época de dificultad económica, hice un  relato sobre ese tema. Y así, por encargo de revistas extranjeras comencé a escribir cuentos. No es que la económica fuera la única motivación, no, uno es escritor por algo. Yo creo que escribiría aunque no me pagaran nada; pero, bueno, si me llega algún dinerito y no es con humillación ni genuflexiones, ante el mercado capitalista y sin abdicar de mis principios, bienvenido. Tú sabes que el dinerito calma los nervios y ayuda a vivir; y por ahí empecé; yo nunca tuve intención de escribir un cuento.

Sin embargo, hace unos meses vi un anuncio de un concurso en España donde por un solo cuento, de al menos dos páginas, pagaban 15 mil euros. Un cuento de dos páginas, si estás inspirado, se puede escribir en una hora, y yo tengo materia para escribir. Tengo en la memoria, en el anecdotario, cuentos que he contado oralmente y la gente me los ha celebrado: de cosas reales, de aventuras mías. Pues bien, escogí un cuento de esos, lo escribí y lo envié. El fallo es en marzo, aunque no me hago ilusiones, porque ahí hay amiguismos, regionalismos, antipatía a Cuba en el medio literario. Además soy un «sudaca», como le dicen ellos a los sudamericanos; las perspectivas de ganar no son muchas, pero bueno, si tú no compras billete no te puedes ganar la lotería. Después de eso vi otro concurso mucho más estimulante donde pedían un libro de 120 a 150 páginas y la dotación eran 50 mil. Faltaban dos meses para el cierre de la admisión y dije: vamos a ver si yo soy capaz de escribirlo, y me salió de un tirón. Doce cuentos en un mes y medio. Gran parte de esos los estuve leyendo recientemente en la Casa del Alba y la gente los aplaude a rabiar, así que no creo que sean tan hipócritas como para demostrarme lo que no sienten.

Su abuelastro y su madre cultivaron en usted el amor por Francia, de hecho se ha definido como un francófilo. Su bisabuelo y su abuela materna le legaron la admiración por Garibaldi. Ha realizado numerosos viajes por Europa, conoce el griego y el latín. Entonces, ¿cómo definir al latinoamericano que puede estar velado por esos hitos biográficos que lo conectan directamente con lo europeo?

Aspiro a ser un hombre cosmopolita. Como habrán visto en mis memorias yo pertenezco a una generación que leyó mucho. No teníamos televisión, se oía muy poco radio. Mis lecturas primeras fueron todas de autores europeos y norteamericanos. Mis grandes amores provenían de Alejandro Dumas, Verne, Mark Twain. Por tanto, ese universo europeo y norteamericano fue el primero que me cautivó. A medida que fui leyendo, descubrí primero a Europa que a América Latina, eso vino mucho después. Nosotros estábamos muy europeizados. No pretendo dármelas de europeo, lo cierto es que éramos mucho más abiertos a lo que ocurría en la literatura y el arte europeo; además, no teníamos tradiciones indígenas porque los españoles acabaron con nuestros indios.

Y los gauchos estaban en los bordes de la sociedad.

Exacto. Sin embargo, los gauchos sí influyeron mucho en mi vocación literaria. Mi abuelo era un terrateniente venido a menos y tenía una estancia pequeña que vivía del cultivo del lino y la lana de las ovejas. Cuando había alguna actividad de cosecha o la esquila de las ovejas, allí se reunía mucha gente, muchos trabajadores golondrinas, eventuales. La vida en el campo y las relaciones humanas eran muy lindas. Solían llegar peregrinos a pedir posada por la noche, daban un santo y seña: «Ave María purísima», y adentro se les contestaba: «sin pecado concebía»; y así entraban. Era una especie de solidaridad cristiana. A veces algunos de esos advenedizos, sobre todo gente vieja, contaban historias al calor de la hoguera que se hacía para preparar el asado, recuerdo, debajo del emblemático ombú de la pampa. Yo escuchaba aquellos cuentos y creo que ese fue uno de mis primeros paradigmas humanos: el del gaucho contador de cuentos, mentiroso, pero muy imaginativo. Los oía hablar con verdadera pasión.

Ya después, afiliado al Partido Comunista de Uruguay, en las campañas de solidaridad con Cuba, empecé a interesarme mucho por América Latina. A través de la cosa política, independentista, antiimperialista, fue que me introduje en los grandes temas de América, a partir de la búsqueda del socialismo, de la reivindicación social.

Porque en realidad, si yo hubiese tenido libertades de movimiento y recursos, a mí me hubiera gustado vivir en el mediterráneo oriental, en Grecia, Turquía, la parte del Cercano Oriente, norte de África; me hubiera gustado aprender bien el griego moderno, el turco, el árabe. Pero la vida y la política me trajeron aquí.

Conocemos que cuando leyó Los miserables, a los doce años, su manera de concebir el mundo cambió. Ha dicho que esta novela lo inclinó a la izquierda y contribuyó a que años después militara en el Partido Comunista de Uruguay. Pero, ¿cuándo tuvo plena conciencia de que era comunista?

De adulto, con 22 años, una cosa así. Yo he dicho muchas veces que a mí me hizo comunista Víctor Hugo. El destino de Jean Valjean me sublevó. Creo que esa fue la primera semilla de mi oposición a la sociedad burguesa e interioricé —en aquella lectura— que esa Francia, que yo amaba tanto, era una sociedad injusta. Esa idea de rebeldía, de disconformidad con la sociedad burguesa, fue acrecentándose a medida que viajaba y veía injusticias; pero no conocía aún las formulaciones del socialismo, no entendía lo que es la lucha de clases, toda la filosofía marxista. Sin embargo, mientras vivía en Francia, me enamoré de una francesa militante del Partido Comunista, y terminé militando con ella.

Entonces, se hizo comunista por amor.

Sí, sí, sí… Yo no vengo de la miseria ni de la explotación, ni sufrí directamente la sociedad clasista que había en mi país. Yo crecí en la época de las vacas gordas. Uruguay, entonces, era un país muy desenvuelto en América Latina porque vendía carne, trigo, cueros, lana; que, durante las guerras mundiales, eran productos de primera necesidad y enriquecían al país. Yo me crié en circunstancias de mucha comodidad, a pesar de que mi familia era de baja clase media. No conocí lo que era la verdadera explotación, como muchos comunistas, sobre todo, pequeños burgueses limitados por las altas clases, lo que genera una especie de disconformidad que lleva recto a la militancia. Yo llegué al comunismo por los libros, por los viajes, por las cosas que vi y por el sentido moral de la convivencia humana.

Usted es un hombre de grandes contrastes. Tuvo una vida aventurera, y sin embargo se dedica a escribir, una profesión más cien sedentaria. Fue profesor de latín y griego en la Universidad, pero su literatura tiene una gran aceptación popular y juega con la picaresca y hasta lo sicalíptico. ¿Se considera un ser contradictorio?

Absolutamente. Esas contradicciones son esenciales en mi naturaleza, en mi obra. En ese sentido yo puedo ser considerado una rareza. Por ejemplo, en este asunto de «mis memorias», mi editor italiano —mi amigo y mi hermano— al que le he contado anécdotas de mi vida, fue el primero en insistir en que debía escribir un libro de memorias. Años después, se sumó mi editor griego y, finalmente, Iroel Sánchez, ex presidente del Instituto Cubano del Libro (ICL).

A mí me daba un poco de vergüenza. Es cierto que me conocen aquí, también en mi país y me publican con relativo éxito en Europa, sin ser una figura de primera magnitud. No lo soy porque soy cubano y porque soy comunista; de lo contrario, yo creo que pudiera tener el mismo éxito que aquí; pero, bueno, cuando tú sales a defender a la Revolución Cubana y hablas bien de Fidel Castro y mal de Bush y de toda esa partida de bandoleros que gobiernan en el primer mundo, te haces antipático a mucha gente…. Pero bien, me convencí de escribir «mis memorias», aun cuando no soy una primerísima figura —yo pensaba que para escribir autobiografías había que ser Rubén Darío, Luis Buñuel, Charles Chaplin, Stefan Zweig, Winston Churchill. Por otra parte, no dispongo de lo que tienen, por lo menos, 300 mil personas aquí en Cuba, es decir, experiencias de una vida sumamente intensa, como la de los combatientes de Angola, por ejemplo.

Me parece que usted, no ha sido un Hemingway, sin embargo ha tenido una vida intensa.

No, no he tenido una vida intensa, pero sí, variada y rara. Intensa…puede ser. Bueno, cuando me aventuré en el Amazonas, aquello era el far west, pero, con un poco de inteligencia y prudencia, uno se podía defender. Solo conocí esa cárcel boba que cuento en «mis memorias», en los Estados Unidos, pero no fui una víctima, como sí lo fueron muchos contemporáneos míos. Tuve muchos amigos, tupamaros, comunistas, que sí sufrieron torturas y murieron en la cárcel. Creo que si me hubiese quedado allá, probablemente, por mi torpeza para conspirar —era muy descuidado—, hubiera sido carne de presidio o de patíbulo.

Alguien me convenció de que en mi vida había cosas muy raras, excepcionales, simpáticas. No eran los grandes dramas humanos de Ana Frank o del propio Zweig; pero bueno, había secuestrado un avión, había sido polizón, había sido buscador de oro, cuidador de carros, albañil, qué se yo…Veinte profesiones para subsistir; y, además, tenía la visión humorística de la existencia. Por ahí me dieron cuerda y me lancé a escribir, con la convicción de eso que decías: soy un individuo muy contradictorio, porque, por ejemplo, en el Amazonas los únicos libros que tenía era una colección de Ovidio y otro, de escritores griegos del período ático. Era una locura. Me encontraba viviendo entre indios bravos, prehistóricos, y leía, qué sé yo, a Platón, a Jenofonte. No era pose, a quién le iba a presumir, era vocación. La misma que me hizo estudiar griego antiguo durante 25 años.

Escritores aventureros ha habido varios. Por ejemplo, Jack London. Pero el tipo estaba en sus cosas, en su aventura, allá en el Yukón, con sus perros, navegando en aguas gélidas.

Por suerte a usted no le ocurrió lo que a Jack London. De lo contrario, no contaríamos hoy con sus novelas.

Si yo no vengo a Cuba y tengo las condiciones que tuve aquí, probablemente, nunca hubiese escrito nada. Cuba me proporcionó, por primera vez en mi vida, tranquilidad económica. Era muy ambicioso: quería militar, hacer una carrera universitaria, crear una familia…Yo fui muy torpe para ganarme la vida y tenía que trabajar duro porque me casé temprano, tuve hijos y responsabilidades. Mi vocación por la literatura estaba asociada a la novela —yo no soy poeta— y la novela requiere una disciplina; requiere escribir todos los días, una continuidad; y para lograr eso, necesitas un equilibrio emocional, el cual no se logra si no tienes la economía asegurada.

Cuando llegué aquí, comencé a trabajar en el Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA), como traductor. Yo estaba holgadísimo: en una hora hacía mucho más de lo que me pedían como norma. Me sobraba tiempo, así que me dediqué a leer, a estudiar; ahí empieza a resurgir mi interés por escribir, porque deseos de escribir tuve toda la vida, e hice varios intentos que quedaron por el camino. Pero aquí pasó otra cosa, me encandilé con la literatura soviética sobre la Segunda Guerra Mundial y el tema del espionaje, hasta ese momento, desconocidos para mí. Poco después, pasé de traductor de mesa a impartir clases de francés a un grupo de agrónomos, especialistas en sanidad vegetal, que se ocupaban de del cultivo de los cítricos en Cuba. Resultó que vino un especialista francés y me asignaron acompañarlo en un recorrido por las principales plantaciones citrícolas del país. En su informe él advirtió que en Cuba no se había cambiado el patrón, sobre el cual se hacían los injertos, del naranjo agrio; por tanto, nos exponíamos a un sabotaje, o a la introducción del virus de “la tristeza”, el cual había arruinado las plantaciones del mundo una década atrás. Cuando volví al curso, fui profundizando en el tema gracias a mis alumnos; de ahí, proyecté un guión para una serie de televisión que acabó siendo Joy, mi primera novela publicada en Cuba.

Esa vez terminé una novela, que tuvo además un éxito extraordinario. Sin embargo, aprendí algo muy importante: yo había fracasado antes, como muchos jóvenes que se ponen a escribir muy temprano en la vida, sin poseer la suficiente experiencia vital como para contar cosas interesantes. Los Rimbaud se pueden contar con los dedos de una mano. La gente joven  —por mucho talento que tenga—, cuando se pone a escribir novelas, trata de imitar a grandes escritores; cuando comparan, terminan rompiendo lo que hicieron. Esto puede ser causa de grandes frustraciones.

Con Joy tuvo entonces muy buen tino. ¿Usted saltó por sobre esa etapa inicial de prueba y error?

Yo también caí en esa trampa y fue lo que me distanció, durante años, de la literatura. Mira, te voy a contar algo… Cogí una rabieta con un amigo que me criticó ciertas cosas y un poco para demostrarle que sí, que yo podía escribir esta historia de los cítricos, me empeciné en hacerla. Mi propósito era escribir algo un poco mejor que lo escrito por cierto mamarracho que habían premiado por aquella época. Joy resultó un best seller mundial. La primera edición aquí, fue de 100 mil ejemplares. En la URSS, se imprimieron primero 300 mil, después, 500 mil. Se editó en todos los países socialistas, hasta Viet Nam, publicó más de un millón de ejemplares. Eso me hizo escritor, ya nunca más quise otro trabajo. Me mantuve en la docencia ocho años más —en la Escuela de Letras— y en el 86 me retiré para dedicarme, full time, al trabajo de la novela.

Ha dicho que de su abuela Margarita heredó esa facilidad para inventar historias. Usted, en entrevistas, parece escandalosamente sincero. Por ejemplo, cuando afirmar que toma en cuenta el mercado a la hora de escribir o, en contraste, cuando reconoce su militancia a sabiendas de que esa condición limita sus beneficios editoriales.

Mira, yo no sé hasta qué punto no es cierto «matrerismo» mío el utilizar la honestidad para ganar público, pero ser honesto con la gente da dividendos. Aquí hay una tendencia, a los artistas le gusta hablar con mayúsculas. Yo, por ejemplo, la palabra «creación» la tengo eliminada de mi léxico. Renuncio a declararme creador, porque eso es un misticismo. Un misticismo pretencioso y tonto.

A mí me gusta mostrar que soy un hombre común, que soy una persona sencilla y cuento anécdotas de la vida, las cuales comparten muchas personas. Eso es parte de mi popularidad entre mis lectores. Uno escribe para que la gente lo quiera; ese es mi caso. El utilizar la sencillez, la honestidad, o el reconocer en las entrevistas que a uno no le molesta recibir un poco de dinero. Uno, con una de cal y una de arena, mezcla cosas para buscar al gran público; en fin, creo que todo eso es parte de la simpatía que yo he ganado entre la gente, y hasta cierto punto es también deliberado.

¿Y dónde se encuentran el fabulador y el hombre sincero a la hora de escribir?

Yo llegué a acumular tanto anecdotario; lo tengo ahí. No se me ha olvidado nunca porque, entre otras cosas, soy un coleccionista de dicharachos. En todos los países de habla española donde he estado, cada vez que alguien dice una cosa que nunca he oído, lo registro, no necesito tomar notas. Ahora mismo, los cuentos que hago se basan en experiencias de mi vida. Uno de los que más me han celebrado, es la historia de un porteño que le decían el Verdugo, a quien conocí en la ciudad de Córdoba, en la Argentina. El tipo era un vendedor puerta por puerta —ya saben, esos vendedores a pistola que se encarnizan con la víctima; yo tomaba café con él y con un grupo de gente más. Por allí había muchos niños que lustraban zapatos y que constantemente te proponían su servicio; te lo decían, por supuesto, con esa habla cordobesa —que es o era, porque hoy se ha perdido, en buena medida, debido a la influencia de la televisión porteña— muy simpática. Haaaaablan estiraaaando las palaaaaabras. Una vez un cordobés me dijo «los poooorteeeños caaantan, y los tuuucuuuumanos caaantan, y los riooojaaaaaanos caaantan, carajo, aaaquí toodo el muuundo caaanta y nooosootros taaan llaaaanito queee haaablaaaamos». (Ríe). A mí me encantaba. Pero aquellos niños también eran a pistola, hacían el numerito de sacar todas las cosas y con el cepillo en alto te decían: «looo luuchooo patrón». Uno de ellos se lo dice un día al Verdugo, que era muy protagónico y estaba contándonos una historia, este se encabrona y le responde: «vos lo que me vas a lustrar son las pelotas», y el niño, a su vez, le contesta: «muuuchooo mee teeemoooo paaatrón quee no meee vaa a alcaanzaaar laa poooomaaada». Es decir, tengo un enorme caudal en mi vida, y creo en el oficio literario para convertirlo en piezas cuentísticas.

En general, cuando tú te nutres de la realidad se puede ser muy convincente; a la gente le llega fácil. Ahora, si tú elaboras las cosas con mucha excentricidad, no es tan fácil llegar a un gran público. Y a mí sí me interesa, decididamente, el gran público. Nunca seré un escritor de élites. Aunque hay quien dice que mi novela El  ojo de Cibeles es una novela elitista. Pero mi intención no fue escribir para una élite. Fue todo lo contrario, fue bajar a los griegos de los pedestales. Es la novela que más aprecio y creo que lo mejor que he escrito. A los griegos los pongo en su lugar, y yo adoro la cultura griega. Me siento parte de ella.

¿De ahí ese looks tan particular?

No, esto no es griego. Esto… Te voy a hacer una revelación. Esta barba obedece, sobre todo, a una cicatriz muy fea, que debo a la mordida de un perro. Yo tenía una bronca personal con ese perro. Pertenecía a un amigo mío que vive cerca de mi casa, quien solía visitar. Era un perro bandido que se le había «colado» a mi amigo; tenía aterrorizados a todos los otros perros del barrio; comía en tres casas. Chory, se llamaba. Un día, conversaba con mi amigo y el perro empezó a ladrar —estaba celoso porque había monopolizando la atención de su dueño. Llegó un momento que me hartó tanto que lo cogí, lo trabé, le metí un mordisco… ¡grrrr!…, en el hocico, y lo tiré. Aquel perro salió corriendo y se escondió entre las matas. Durante unos días, cuando me veía llegar, me miraba de lejos y no se acercaba. Mas fue cogiendo confianza, poco a poco, y volvió a repetirse una situación parecida. Estoy hablando con mi amigo y hago un ademán. Él pensó que yo iba a agredir a «su papá» y me hizo esta herida, que requería de puntos. Pero yo tampoco me iba a rebajar a darle importancia al mordisco del perro.

¿El perro le devolvió la mordida?

No, yo no le había hecho nada. Solo lo había asustado.

Con esa anécdota podría escribir un cuento. Pero volviendo a la literatura, quienes hemos leído sus libros notamos que le toma muy bien el pulso a la forma de hablar de los cubanos…

Eso es gracias a mi formación lingüística. Aquí hay gente que quiere escribir de una manera muy cubana, muy vernácula, y se va por donde no es. Se ponen a utilizar jerga orillera: «el gao», «la pura» o el lenguaje de la religión yoruba; pensando que eso otorga cubanía. Pero lo que es esencialmente cubano ustedes no lo notan. Lo ve, en cambio, alguien que viene de afuera. Mira, tú dices: «Te queda bien cantidad esa blusita». Ese uso de «te queda bien cantidad», yo nunca lo había oído en ninguna parte. Usar «cantidad», que es un sustantivo, como adverbio: eso es cubano. Ustedes no lo notan. A veces dicen: «Bueno, como yo te iba diciendo, tú,…no sé qué cosa». Ese «tú», ese vocativo metido en el medio de la frase, es también muy cubano. Claro, en literatura, tiene su punto exacto en que se debe emplear. No es para estar regalando. Pero de lo que puede ser la esencia idiomática del cubano, creo que puedo dictar clases.

No puedo hablar como cubano y nunca lo he intentado. Yo aquí, apenas abro la boca, ya saben que no soy cubano. Tampoco hablo como uruguayo; yo voy allá y me preguntan que de dónde soy. Cho, voy achá, debía decir, ¿no?; pero, bueno, lo cojo a las pocas horas hablando con mis compatriotas.

Es decir, que, en este instante, su manera de conversar no tiene localización geográfica.

Exacto. Lo que yo hablo es un idiolecto personal; en el cual, sobre una curva de entonación, más o menos, rioplatense, empleo, en parte, una fonética y un léxico cubano. Además, en mi trashumancia por América se me han pegado cosas de todas partes.

Se ha referido al lenguaje pero, ¿qué es lo que más le agrada de Cuba?

A mí no me gusta este clima. El verano es insoportable, me mata; me gustaría un clima más templado. El paisaje del mar tampoco me llama la atención porque donde me crié es muy parecido; y las mulatas me gustan, pero no tanto. Yo vine aquí por la Revolución. Lo que me gusta de Cuba es producto de su Revolución. No hubiera podido vivir en la Cuba prerrevolucionaria y además, no hubiera tenido atractivo para mí. Hoy no puedo vivir lejos de esta Isla. Incluso en Europa, últimamente, me desesperaba por volver.

Entonces, ¿qué me ofrece a mí, ya no diría Cuba, sino el socialismo cubano? Para mí —y no lo tomen como teque—, que me crié en una sociedad capitalista, vivir en una sociedad sin clases fue al principio una gran incomodidad, pero hoy en día me parece una maravilla. Me parece una maravilla de justicia, de racionalidad en esta casa hay muchachas empleadas, pero la relación con ellas es casi familiar, de hermandad. Eso no existe por ahí. Ese es uno de los factores que me gusta.

También el humor cubano: tengo muchos amigos graciosos a quienes me gusta tirarle de la lengua. El ron; ahora no bebo casi, he sido bastante borrachón; esencialmente lo que me ha atraído es la posibilidad de vivir en una sociedad socialista. He tenido propuestas de trabajo en lugares que me gustan, como Alemania o Cerdeña; o sea, he podido mudarme a Europa, pero yo me voy a morir aquí. Ni siquiera en el Uruguay, porque yo ya llevo más años aquí que los que viví en Uruguay. Llevo 42 años viviendo en Cuba, con magníficas condiciones para trabajar.

En su libro de memorias narra las primeras imágenes que tuvo de Cuba cuando llegó, las cuales no fueron muy gratas ¿Qué le sigue disgustando aún hoy de los cubanos?

Ya estoy aplatanado, aunque al principio el choque fue violento. En los hospitales, las enfermeras parecían policías; decían: «te me sientas por ahí y espera», te tuteaban. Hasta que un amigo argentino me hizo ver que yo estaba actuando como un niño bitongo, como un pituco. Lo que pasaba era que el pueblo de Cuba estaba en el poder y con justa razón estaba tomando venganza de todas las porquerías que le hicieron; eso era inevitable. Imagínate, los franceses pasan por ser un pueblo refinado, culto, pero si tú te vas a la época en que caían las cabezas sobre los cadalsos populares, en la Plaza de la Concordia, las mujeres mientras tejían, celebraban la obra de la guillotina. Se necesita un tiempo enorme para comprender un proceso revolucionario. La herencia del subdesarrollo en este país es brutal. De la esclavitud, por ejemplo, se heredan, necesariamente, machismo, ignorancia, supercherías… Pero hay otras cosas, que, recuerdo, me horrorizaban, como la fiestas de quince: la imitación de la burguesía más «picúa». Se retrataban con siete vestidos diferentes, junto a carros de lujo; y, muchas veces, eran las hijas de gente que había luchado por la Revolución. Yo deseaba que me tragara la tierra para no ser testigo de aquel mamarracho. 

Esos primeros años fueron muy duros pero ya me aclimaté. Ahora lo que no soporto es la sociedad del primer mundo. Yo he estado en un hotel y he visto cómo el administrador les ha metido a los empleados una clase de descarga tan humillante, que aquí no se le aguanta a nadie. Y ellos bajan la cabeza porque el despido es inmediato y sin indemnización; es decir, viven la dictadura de las empresas. Continúan creyendo que viven en una democracia.

Su obra ha sido multipremiada y el año 2010 será inolvidable en su carrera: recibió el premio más importante de Uruguay y el Premio Nacional de Literatura en Cuba. ¿A qué más se puede aspirar?

Mira, qué coincidencia. Pero, bueno, no aspiro al Nóbel.

A mí me gustaría escribir sin importarme la repercusión editorial; no depender del derecho de autor para vivir. Eso pudiera concretarse, gracias a cierta idea que anda por ahí…en el Uruguay. Tendría la libertad para escribir sin pensar en los resultados económicos.

¿Y eso cambiaría su literatura?

Sí, creo que sí. Por ejemplo, escribiría una segunda novela ambientada en la Grecia clásica; situarla en campos de esa cultura que conozco bastante bien. Fuera del tema de Cuba, yo no tendría otro gran tema para tratar que no fuera ese, porque de mi país no podría escribir nada, a no ser que fuese sobre mi infancia. No escribo sobre algo que no conozco.

Hace tres años dijo que escribiría la segunda parte de sus memorias, cuya primera entrega concluye en el momento en que usted arriba a Cuba. ¿En qué punto está ese libro?

No está, aunque es otro de mis propósitos. Ahora, yo no sé hasta dónde podré escribir, pero si pudiera escribir 10 años más y tuviera disponibilidad económica para poder hacer lo que quiero, concretaría un viejo proyecto sobre los orígenes del cristianismo. Algo, allá por el Mediterráneo oriental, sobre la vida de san Pablo, a quien yo considero un agente del imperialismo romano para destruir la unidad del cristianismo primitivo. Esa sería una novela que me traería odios, e, incluso, peligros.

¿Y aquella novela que anunciaba hace algún tiempo, sobre el médico internacionalista?

Esa la tengo bastante adelantada y bien diseñada; pero no obstante, la dejé ahí para que madure sola y ver si la cojo en otro momento. Ahora estoy con el juguete nuevo, con los cuentos.

¿Qué podrá encontrar el lector cubano, de Daniel Chavarría, en este 2011? ¿Solo El aguacate y la virtud?

No, habrá reimpresiones: El rojo en la pluma del loro y, probablemente, dos o tres títulos más. A lo mejor, también se sume un nuevo libro de cuentos, pero mucho mejor que El aguacate y la virtud. Ahora me preparo para una gira nacional que está organizando el ICL y en la cual leeré algunas cosas de lo más novedoso de mi trabajo.

Usted ha dicho que escribe todos los días. ¿En qué estuvo trabajando hoy?

Hoy estuve trabajando en un cuento ya empezado y que no acabo de redondear. Hice algunos intentos, pero fallidos. Ahora voy a retomarlo. Parte del oficio de uno consiste en tener la certeza de que los problemas siempre pueden resolverse.

Entonces, no comulga con ese clásico mandamiento de su compatriota Horacio Quiroga, recogido en su Decálogo del perfecto cuentista: «No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas».

¿Tú has jugado a la carambola? Pues, en ese juego, nadie sabe con exactitud qué va a pasar al final del recorrido de una bola, tú puedes jugar, así, al tiento, porque ves que en esa dirección hay posibilidades. De igual manera, un escritor lo que debe tener, esencialmente, es olfato. Saber que llegado a un clímax, hay que dar un final. El olfato consiste en saber si a ese momento cumbre de la novela al que has escalado, es posible procurarle un final decoroso. Yo rara vez he tenido el final de una novela al comenzarla. En el caso del cuento sí, es necesario; porque si no, es muy difícil.

Este juguete nuevo me resulta muy fácil. Lo que hago es, sencillamente, literaturizar un poco las anécdotas de mi vida, que he contado tantas veces.

¿Lee literatura cubana actual? ¿Qué le parece?

He leído cosas muy buenas de autores jóvenes: Alberto Guerra, Díaz Pimienta. Cuanta cosa me cae yo me la leo. Últimamente le he dedicado tiempo a un muchachito de 18 años que es un genio absoluto. Yo todavía no estoy muy seguro de que no sea un enorme plagiario; pero creo que no. Lo cierto es que ha escrito un novelón sensacional de 500 páginas a una velocidad increíble. Es un muchacho que está haciendo el Servicio Militar y yo me dediqué a revisarle la novela con una serie de sugerencias estilísticas y otros consejos. Es, de todas maneras, una primera novela, pero revela un talento que si sigue por ahí…

¿No le aconsejaría quemarla como hizo usted mismo con sus primeros intentos novelísticos?

Por supuesto que no. Además, yo estoy convencido de que Cuba genera, para quien sepa verla, muchísima literatura; aquí ocurren cosas que no ocurren en ninguna otra parte del mundo. Hasta la delincuencia aquí es singular y no es necesario el tremendismo del policiaco norteamericano, lleno de asesinos en serie y persecuciones de autos…

El policiaco, en mi caso, es el pretexto para asomarme a la marginalidad, que es muy fértil en literatura. Ahí están las contradicciones, la patología social; de ahí puedes sacar conclusiones de todo tipo: morales, políticas. Y verdaderamente, las cosas que aquí ocurren son muy singulares. Por ejemplo, en Príapos yo hablo a partir de lo que observé mientras vivía en el Cerro; entre personas humildes y paleros, que daban de comer y beber a su prenda, al son de los tambores batá. Allí constaté esa increíble solidaridad que une gentes de muy distintos niveles de instrucción y cultura: a un científico y a alguien que nunca estudió nada, e incluso, ha estado preso. Nadie se niega el saludo y todos comparten tragos a punta de botella. Rige la tolerancia, hay leyes no escritas, códigos de honor, que pueden ser muy saludables y muy respetables, según el cristal con que se mire.

Estoy convencido de que, aun cuando se trate de una comedia y un divertimiento, si existen personajes profundos y se escogen situaciones interesantes, puede hacerse buena literatura que ayude a reflexionar. En alguna parte, yo escribo de gente: un verdadero comunista que no gana lo suficiente para alimentar a su hija —que estudia baile y llega a la casa con un hambre terrible— y que por eso, empieza a robar tabaco.

Hace décadas, Silvio Rodríguez, le urgía preguntar a sus «compañeros de historia»: «¿Si alguien roba comida y después da la vida, qué hacer? ¿Hasta dónde debemos practicar las verdades?»

Silvio es un genio, así, descomunal, con una tremenda capacidad de observación. Es su enorme poesía y la enorme humanidad que fluye de él.

En fin, Cuba es un país en que las posibilidades de hacer literatura son enormes. Y fue precisamente el aprovechamiento de esas posibilidades lo que me convirtió a mí en escritor. Ya he explicado en muchas entrevistas anteriores, cómo la situación cubana de enfrentamiento al imperialismo, me brindó la oportunidad de crear personajes como el mayor Alba y novelas como Joy.

Daniel Chavarría, el escritor audaz y, últimamente, el intelectual que expresa sus criterios sobre diversos tópicos nacionales e internacionales desde el sitio digital La Jiribilla, ¿qué opina sobre la actualización del modelo económico cubano?

Aún no veo con claridad. Yo pienso que las cosas están mejorando, pero ese tema lo estoy cocinando a ver qué se me ocurre decir, que sirva. Algo que de alguna manera abra caminos para pensar. Mira, uno puede tener todo tipo de dudas sobre el socialismo, su futuro; mas yo solo tengo una seguridad absoluta. El capitalismo es una mierda y tiene que desaparecer. Yo no lo voy a ver porque eso va a tomar un tiempo muy grande, pero creo que ya ha empezado la decadencia del sistema capitalista mundial. Yo creo que sí, va a ser como esos grandes saurios que al morir pataleaban, daban coletazos yo soy optimista y confío en que vamos a sobrevivir.

Hablando de los destinos que actualmente parecen fijados para la humanidad toda y el planeta en general, y tomando una metáfora, más que de su literatura, de su vida, ¿qué avión desviaría hoy Daniel Chavarría?

El desvío de aquel avión fue un acto de desesperación. Mi contribución a la batalla final debe ser más sosegada, en el terreno de las ideas. Es importante que la gente pueda pensar.

Por último, ¿Ha sido su literatura una forma de exilio o de regreso?

Las dos cosas. Si yo no tuviera en estos momentos la cabeza llena de ideas, un poco de energía para trabajar y mi computadora, la vida mía sería desesperante. Antes de sentarme con un tabaquito a ver pasar a las muchachas bonitas o ponerme a hacer mandados, me doy un balazo en la cabeza. Yo aquí me levanto y, apenas puedo, me zambullo en cualquier momento del pasado o del futuro y vivo con bastante intensidad junto a todos mis personajes. Eso me ayuda enormemente a vivir. Creo que eso puede ayudar a prolongar la vida.