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Cobertura informativa

Mesyé Prezidán: pasaje a una antropología caribeña del poder.

por: Cortesía de Dmitri Prieto Samsónov a Yasmín S.Portales

Es un honor compartir esta mesa de presentación con colegas tan notables. Y es una pena que Orlando Andrade no pueda estar aquí con nosotros, lo cual me carga con una doble responsabilidad, la de presentador y de representante del autor al mismo tiempo.


El doctor Orlando Andrade, médico, narrador graduado del Centro de Formación Literaria  Onelio Jorge Cardoso en 2001, habitante de la provincia de Holguín, no es nuevo en la literatura. No voy a leer su CV –que  ustedes pueden consultar en la contracubierta del libro- pero deseo resaltar que ya tiene publicados  dos títulos, uno de poesía y otro de narrativa. Textos suyos aparecen en varias antologías y revistas.


Primero que todo, quisiera esclarecer cuál es mi vínculo con el doctor Andrade. Él vive en la casa vecina a la de mi familia cubana más cercana, en San Germán, aquel municipio holguinero que siempre se ha resistido a llamarse Urbano Noris. Es esposo de una amiga de mi infancia y compañera de juegos en aquellos veranos del siglo pasado, cuando desde la lejana Moscú yo venía a Cuba en vacaciones para compartir con mi familia de acá.
Pero esto es sólo una de las hebras del vínculo.


Orlando Andrade ha escrito una novela sobre Haití. Según sus palabras, es una mirada desde la narrativa de ficción –contextualizada en historia real- al ámbito del poder, marcado en Haití por historias de dominación emergidas desde los procesos populares, liberadores (comenzando por la gran revolución social que triunfó en 1804, con la Independencia del primer Estado latinoamericano y afrocaribeño). Es el proceso que yo llamé "Transdominación", y al que dediqué mi libro  Transdominación en Haití, publicado por la Editorial de Ciencias Sociales en 2010. Dice Andrade que su novela complementa desde la narrativa de ficción (¡y una buena novela –como esta- es tremendo instrumento de análisis!) lo que yo expongo desde la teoría antropológica; aunque hay que decir aquí que mi libro aborda el primer cuarto del siglo XIX, y el de Orlando trata del Haití actual. Pero hay procesos que han permanecido, que han marcado ese país con mucha fuerza.


Debo aclarar que el autor de la novela que presentamos hoy –a diferencia de este servidor, que no tuvo más oportunidad que la de un puntual ratón de bibliotecas londinenses- tiene el mérito tremendo de haber conocido a la hermana Haití directamente “en el terreno”. Integrante de nuestra Misión Médica en la isla de al lado, Andrade -quien además aprendió el kreyol, lengua que acompaña al lector con su sonoridad a lo largo de la novela, comenzando por el título- con gran humanismo focaliza los hechos del poder. Lo hace a partir de su inmersión en aquella sociedad: su novela a veces es casi una buena etnografía, aunque hay que decir que libre de todo costumbrismo.


No es este un libro folklorista, ni serviría para impresionarnos con el Vodú o con los zombis o con el exquisito arte naíf o con la sexualidad afro-haitiana. No recurre a explicaciones que pudiesen oler a racismo (mucho texto progre padece de tal desgracia, pero el de Orlando ni es progre ni padece de ella, sino sólo del dolor, del desastre) o a cualquier otro fatalismo: geográfico, religioso, ideológico, geopolítico o sistema-múndico.
El libro expresa lo que es Haití visto por los ojos de Andrade, pero como si lo viéramos por los ojos de quienes pueblan aquel país. Eso lo hace tan etnográfico y al mismo tiempo tan poco “reporte” o crónica. En resumen, una verdadera novela.


En una escritura –bastante fría a veces, algo grávida frecuentemente- que oscila entre el monólogo interior, la atmósfera, y las técnicas de la dramaturgia (por ejemplo, intervienen voces interiores, así como Vox Populi a la manera del coro griego), se van perfilando dos personajes protagónicos que nunca entran en contacto entre sí: un niño que sueña con ser Prezidán y un presidente que –agobiado por la degeneración del poder que le otorgó el pueblo en formidable aspiración a un cambio- termina por imaginarse niño. La mimesis se deja marcar por frecuentes mudas, atravesando niveles de realidad y mundos interiores de personajes haitianos; compila una historia donde la Hybris –nuevamente, se invoca a un dispositivo, a la fuerza estructurante y motriz de las obras maestras del arte trágico ateniense- es el verdadero protagonista. La narración va in crescendo y se hace fatídica (algo que el autor logra comunicar perfectamente sin hacerlo explícito: la expectación permanece siempre), pero no hay finales unívocos sino líneas de fuerza que orientan la historia hacia la concreción lógica del sentido.


Y es que la sociedad haitiana aparece marcada por esa Hybris, por el atrevimiento y el exceso de haber hecho una gran revolución, por el exceso del poder que la permea hasta sus últimos poros. Formidable en su libertad, es ese pueblo que sabe rebelarse en insurrecciones y en cotidianidad. Formidable también en sus desastres.


Quiero invitarles a que busquen en el libro una antropología del poder. Una narración que destapa cómo éste opera en la consciencia de un niño que crece. O en la consciencia de un presidente que se convierte en rehén de los imperios de este mundo y del otro.


Otra aclaración: el libro contiene muchos personajes que son reales. Y otros que quien lee sabrá identificar con sus prototipos. Pero no es exactamente una novela histórica, y no porque ficciona, sino porque no pretende narrar sucesos de una Historia. Su historia es la historia de la gente, la historia popular de la gente que normalmente se consideran “sin historia”. Es una reflexión espiritual sin caer en digresiones: una narrativa desde lo interior a lo Dostoievski. Deconstructiva, por si lo dudamos. Es la historia por dentro, y la historia dentro de uno.


Gillette, un niño pobre con tremendo poder analítico, que quiere tener aspiraciones y deseos como los adultos, lleva el nombre de una famosa marca de navajas de afeitar. Orlando me comentaba que es una marca simbólica en Haití. Las peripecias de Gillette apuntan a una capacidad tremenda de reflexión sobre lo político, y al testimonio bien pensado sobre una doble dominación: la interior al país, y la del sistema mundo que lo posesiona. Y el mismo testimonio nos brinda la vida del compungido presidente.


Hay que decir también que es un texto extremadamente bien escrito (y excelentemente editado). Aunque de vez en cuando, hay que reconocer, se nota que el autor se graduó en el Onelio, pues hereda de sus maestros una forma bien exigente de escritura promovida en Cuba desde esa Academia, que a veces resulta algo abigarrada: escritura para escritores, quizás.


Sin embargo, quisiera comparar este libro con El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura. Aun cuando las pretensiones de Orlando Andrade van más al momento de la subjetividad del poder, a una suerte de esquizo-análisis del ejercicio de lo político “desde los bajos”, mientras Padura tiende a ficcionar –a lo periodístico- sobre notorios hechos históricos “objetivizados”, ambas obras comparten la virtud de ser de las pocas novelas cubanas que se atreven a abordar “el mundo exterior” –es decir, el ámbito de ultramar- sin que pequen de testimonialismo. Andrade lo logra magistralmente. Puedo atreverme a valorarlas como dos grandes novelas recientes sobre el poder, escritas en Cuba.


Para mí, su narración acopla muy bien con la de otro médico –y esa sí que es un ensayo histórico-antropológico más que otra cosa-: me refiero a “Haití para qué”, del investigador norteamericano Paul Farmer, a la que tuvimos acceso en Cuba hace ya  diez años (en edición de la Editorial Hiru). Farmer aborda el mismo periodo que Andrade, y sus libros pueden complementarse mutuamente de manera espléndida.


Y no se puede dejar de mentar la muy conocida obra de Carpentier “El Reino de este mundo”, que narra el inicio del proceso de transdominación; el texto de Andrade, en cambio, pinta el output de ese proceso.


Siempre es un privilegio contemplar cómo el mundo interior de un nuevo autor de talento se va haciendo literatura. “Disfrutable pero demandante”, pondría yo si fuera a caracterizar Mesyé Presidán en tres palabras, como esos críticos de los periódicos extranjeros cuyas reseñas aportan lacónicas sentencias que aparecen después en las cubiertas de los bestsellers. Simplemente, merece leerse. Pero hay otra razón:


 “Gillette me dice: Ya es hora. El mundo es una manzana y nosotros somos gusanos. Podemos movernos, cambiar de lugar, meter la cabeza y salir al otro extremo… Los gusanos pueden salir a Cabo Haitiano. Yo quiero ser prezidan de los Estados Unidos de Haití, mi Buen Dios, dice Gillette y comienza a renombrar la repiblik. ¿Quién ha visto que un negrito sucio y cacharroso llegue a prezidan?”


Segundo país de América independiente, después de USA (Etá Zini), Haití rejuega el sueño americano: cualquiera puede llegar a Presidente. No todo/as…sólo cualquiera. El dilema de la pobreza extrema de un país se mira en el espejo de la prosperidad capitalista: la hybris de haber hecho una revolución social y parar en opresión extrema es la otra cara de la moneda de una revolución política sin igualdad que proyectó al joven imperio a una –ya precaria- dominación global.


 “¿Qué hemos estado haciendo, hombres de Fort-Liberté? ¿Qué es la verdad? Ningún puesto hasta el sol de hoy ha sido seguro: ninguna casa, ninguna catedral, ningún palacio de ningún color. La ciudadela LaFerriére cae el mismo día que el Palacio Nacional. Hemos proclamado la libertad de los esclavos, pero no hemos abolido la esclavitud. Ningún desastre nos salva. Ni el más alto de nosotros queda en pie. Los hijos de los hijos de los hijos de los primeros negros siguen buscando el agua de sus padres en bidones. Ningún emperador, rey, presidente, ministro, ha logrado desviar en un codo nuestro cauce. La mejor respuesta la dio una anciana al lomo de su mula:


-Yo no sé nada de Laurent ni de esos rebeldes. Lo único que quiero es que nos dejen vivir tranquilos y trabajar para comer.”


El dolor de Andrade es el del pueblo al que acompañó muy a fondo en sus luchas, aprendiendo de su oralidad en su lengua cotidiana, profundizando en su sentir, durante largos meses de su vida. Hoy el dolor incubado eclosiona como buena literatura, y literatura -a veces- significa libertad.


“Y el infierno se arma como un puzzle. Se dice –con…buena tinta- que el Grupo de Reflexión sobre Haití, liderado por Himler Rebú, antiguo jefe de Los Leopardos, habla de reconstruir un estado capitalista sobre la base del precapitalista en franco decaimiento.”


Acabemos de tomar consciencia: en este Caribe fractal de “islas que se repiten” (término de Benítez Rojo) son factibles circunstancias en que, como me sugería mi tutora a propósito de la transdominación, ahí donde está escrito “Haití” bien podría leerse “Cuba”.


 Palabras de Dmitri Prieto Samsónov

Editado por: Mónica Olivera