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Cobertura informativa

El límite cambiante de la orilla

por: Teresa Fornaris

Percibir. ¿Desde qué naturaleza? ¿Acaso se podría hablar de una naturaleza distinta, ajena de algún modo al ser humano? Y en esa percepción, la variabilidad. Los detalles que acoges y aquellos que se escapan o dejas escapar, ¿con inocencia? El límite suele diluirse / indefinirse. De tal modo se acercará a su asíntota, intentará derivar su valor, se integrará bajo el área que abarque el pensamiento. Extensivo. Vuelve al punto del origen y encuentras causalidades, distancias y acercamientos que nos hacen comunes / diferentes.


Dos títulos ofrece esta mañana Ediciones Unión, Naufragios, de María Iluminada González y El libro de Heráclito, de Leymen Pérez.
Qué curiosa confluencia pensar en el naufragio, la deriva, la imposibilidad de alcanzar la otra orilla del modo en que fue previsto al inicio del viaje; el manto enrome del agua que te rodea —isla flotante y movediza— que se convierte de medio en fin mismo; y la vena que desde tierra lo alimenta: el río, otro cuerpo de agua en movimiento direccionado permanente, fluido y dulce / movido y sal. Lecho de liquidez, metáfora del cambio / Mito del cambio. Una espiral de lenta abertura, de cortos períodos de ascenso.


¿Qué posibilidad habría de que esta gota de agua que pasa ante mí sea la que luego de su llegada al mar, colme la energía de la ola y vibre, junto a muchas otras, volcando la frágil barcaza en que me embarco, y luego en el aire se evapore, para volver a caer sobre la montaña o el pequeño manantial que correrá, más tarde, ante nosotros? ¿Qué posibilidad hubo, cuando una vez, caído al mar, tragado por el pez, regresara a las manos del niño el pequeño soldado de metal, entre tantos peces recién traídos al mercado de pesca  numerosa, en un océano pletórico de nadadores escamosos? Sería la probabilidad su punto nulo. El momento donde la función da un salto y expresa otras permanencias.

Hacia ese interior de la sustancias, carena el poemario de María Iluminada. Su disposición molecular, su estro, sus átomos anclados y movibles, el caos electrónico moviéndose en permanente atracción, en intercambio. Dijeron que existía un espacio de “luz”. Lo que aparenta suavidad es la antesala. Es el conocimiento compacto del cuerpo y sus orillas.


Sigo la historia como aquel personaje de Dunsany, que marcaba los billetes para esperar la suerte el día que se los volviera a encontrar, y anotaba minuciosamente los detalles vividos, con la esperanza de hallar en ellos la causa de otros eventos de trazas inconexas. Su apariencia. Lo que externa del cuerpo, sus dimensiones palpables, la necesaria anatomía, el organismo refundente, centro y sumun de sensaciones y estados… ¿Y el pensamiento? ¿No se extiende la idea fuera de sus confines materiales? ¿No vaga en el sueño lejos del cuerpo o en la profundidad de la meditación? ¿No se hace palpable, incluso, esa mirada densa o dura o inquisitoria o desesperada o deseosa? ¿Cómo fluye hacia ti lo que no has visto, ni oído, ni sentido con tus manos? ¿De qué materia —decía— está hecho el pensamiento? ¿Cómo es que digo patria, isla, cuerpo amado, y la vibración que producen mis palabras en el aire llegan distintas y producen distintas ideaciones? ¿Cuáles son los límites entonces? ¿Dónde está el alfa y el omega, el principio y el fin, la vida y su continua muerte?

Todo es uno y cinco los espacios como cinco direcciones en el libro de Leymen, profundamente reflexivo, una bitácora de viaje, no personal sino humano, con su permanente movilidad y su equilibrio de contrarios en el largo tiempo. Una contienda que es del mismo modo armonía, y desequilibrio. En su ajuste. En su valoración.

Tiene el lector dos maneras de penetrar el pensamiento, el acto poético como una creación infinita de alusiones. Un turbión poderoso. La marea que pasa y se acerca, en aproximaciones sucesivas, el modo compacto y leve. Dos voces que llegan, cambiantes, al límite añorado y claro de la orilla.

 Editado por: Mónica Olivera