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Cobertura informativa

Maestro y poeta, de la escuela y de la vida

por: Fernando Rodríguez Sosa

La personalidad artística del maestro-poeta Raúl Ferrer lo privilegiaba en los derroteros de comunicación para llegar al ser humano, desde la emoción y la sensibilidad. Así comentaba el poeta Juan Nicolás Padrón, al evocar pasajes de la vida y la obra de quien ahora es recordado, a propósito del centenario de su natalicio.

La sesión inaugural del Foro Literario que, en cada edición de la Feria Internacional del Libro de La Habana, auspicia la Asociación de Escritores de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), se dedicaba en este 2015, en la capitalina sala Rubén Martínez Villena, a rendir justo y merecido tributo al autor de “Romance de la niña mala”.

Martiano esencial, de carácter alegre y vital, afectuoso y pícaro y, como todo criollo, esquivo al dogma y descreído ante lo doctrinario, Raúl Ferrer –en palabras del también editor— mantuvo una dirección creativa en su peculiar manera de educar y dirigir, con todo el contenido que implica el significado de esos conceptos, que bien sabemos no se reducen ni a la información ni al mandato.

Raúl Ferrer –aseveraba— supo “lanzar al aire una décima o un romance que hacía más agradable la vida, cantar a la guayabera o a una «niña mala»  (...) y utilizar de manera eficaz el humor y la travesura campesina que estimulaban no pocas veces las mejores razones del ser humano, acompañándose de su singular ternura. Fue maestro y poeta, de la escuela y de la vida”.

Nacido en Meneses, poblado de Yaguajay, en Sancti Spíritus, el 4 de mayo de 1915, Raúl Ferrer ejerció, por décadas, el magisterio en escuelas rurales del centro de la Isla; fue, en la Cuba prerrevolucionaria, un activo luchador por las reivindicaciones sociales, y, luego de la victoria de enero de 1959 ocupó altas responsabilidades vinculadas a la educación y la cultura.

Laboró, por ejemplo, en la coordinación de la Campaña Nacional de Alfabetización, asesoró la educación obrero-campesina, emprendió acciones encaminadas a lograr que los cubanos alcanzaran el sexto y el noveno grados, desempeñó cargos diplomáticos en el extranjero y dirigió, a partir de 1985, la Campaña Nacional por la Lectura.

Sus poemas, muchos de ellos creados como enriquecedores instrumentos para apoyar su labor docente, aparecen recogidos en las páginas de libros como El romancillo de las cosas negras y otros poemas escolares, Décima y romance, Viajero sin retorno y El retorno del maestro.

Al recordar en este encuentro al maestro-poeta, Waldo Leyva aseguraba que pocos poetas pueden darse el lujo de que uno de sus textos quede definitivamente en la memoria del pueblo. Ese es el caso de “Romance de la niña mala”, que va a trascender, y que, si hubiera sido su única obra, sería suficiente para llamar a Raúl Ferrer poeta. 

Una de las lecciones que, a lo largo de una fecunda amistad de varios años recibió de este hombre –rememoraba, asimismo, el poeta y director de la Casa del ALBA Cultural— fue el que lo tratara como a un amigo, como a un igual, sin importarle el reconocimiento y la jerarquía que tenía en el país.

Invitaba igualmente el autor de Con mucha piel de gente, a no olvidar a este creador, que no se dejaba vencer, que era el optimismo personificado. De ahí que recordarlo en sus cien años –concluía— es importante, pero volverle a dar el espacio que merece en la historia de la cultura cubana es, indudablemente, mucho más importante.

 

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Editado por Yaremis Pérez Dueñas