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Cobertura informativa

Usted merece este premio

por: Lilien Trujillo Vitón

Atípica. Como la vida del hombre que comenzó su vida sacando brillo a zapatos ajenos apoyado sobre sus rodillas, que se inició en el mundo de la literatura con un libro, tan original e intenso como susceptible a la censura (Los pasos en la hierba); soportó la imposición del silencio y se mantuvo allí, en el suelo, para ver llegar el desenlace; así de única fue la ceremonia de entrega del Premio Nacional de Literatura 2014 a este hombre, cuyo nombre puede ser El Chino Heras, Eduardo, Maestro.

He visto la Sala Nicolás Guillén de la fortaleza de San Carlos de La Cabaña ocupada hasta en las esquinas, hasta detrás de las puertas —los fans de Padura no me dejarán mentir—; he visto las cuatro primeras filas cubiertas de personas “importantes”, de las más “importantes”; he visto jurados entusiastas, involucrados; palabras de elogio, más que de elogio, de idolatría; he visto también algunas lágrimas de esposas, de amigos, pero solo algunas. Pero en esta tarde fría de febrero 15 en la sala grande de alfombras rojas vi lo que nunca antes había visto,  la muestra de sensibilidad humana, honestidad y sencillez sin par de un hombre cálido que narra el cuento de su vida, mientras el auditorio queda atónito, seducido y, de alguna forma, transformado.

Como casi todo lo que tiene que ver con El Chino Heras, lo que ocurrió esta tarde, mientras leía y reprimía el temblor de su voz y la acuosa semblanza de sus ojos; solo se puede sentir. Lo sintió la escritora Dazra Novak aun antes de escucharlo cuando le aseguró al creador del Centro Onelio Jorge Cardoso y formador de ya 900 naradores: “Maestro, usted merece este premio”.

Ya antes había leído que “en la trayectoria de cada maestro hay un discípulo. En este caso, unos cuantos, que marcan un punto de giro y hacen que cobren valor los años dedicados a la enseñanza. Con algo de empeño, esos discípulos le añadirán aun más valor a la obra del maestro, con algo de talento, iniciarán obra propia; pero con algo de honestidad, esos discípulos no podrán menos que agradecer y lo harán, también, escribiendo, promoviendo la literatura, dirigiendo talleres, ejerciendo la crítica, llevando a la práctica lo que aprendieron en aquella casita con fantasmas de Quinta Avenida, siendo mejores seres humanos”.

El jurado, presidido por César López, junto a Waldo Leyva, Roberto Méndez, Luisa Campuzano y Guillermo Rodríguez Rivera, lo vio sencillamente así:

Este hombre de sonrisa clara, buen amigo, buen ser humano, que narra con un talento innato colado entre las venas, que tiene una obra cuentística trascendental y ha contribuido a la formación de narradores jóvenes; debe llevarse a casa, al corazón, o a su bolsillo de cuentas saldadas, ese galardón que “tanto le honra”.

Para él, lo más importante de ser reconocido es quizás darle crédito a la confianza que siempre mantuvo en la Revolución. Por lo demás, sencillo —como  los grandes auténticos—, humilde. Por eso no olvidó recordar todo y a todos los que tuvieron que ver con su vida, o lo que es lo mismo, con su obra literaria. Allí, en el recuento, estuvieron los compañeros del Escambray, de Girón, de la fábrica de acero y los literatos cogeneracionales, los que están y los que no.

«Tengo que mencionar varios nombres que nos han acompañado desde entonces, algunos no están con nosotros porque fallecieron, otros tomaron un camino que los alejó para siempre de nuestras convicciones: Germán Piniella, Rogelio Moya, Renato Recio, Luis Rogelio Nogueras, Guillermo Rodríguez Rivera, Víctor Cassaus, Jesús Díaz, Raúl Rivero…

«El primero de enero de 1959 las puertas cerradas se abrieron, la noche quedó verdaderamente atrás, un mensaje de dignidad, justicia y honradez, antes desconocido, caló en nosotros con tanta profundidad que le ofrecimos hasta nuestras vidas para defenderlo. Y entonces, más que escribir, en esos momentos decidimos vivir y eso fue lo que hicimos. Y vino Playa Girón, y el Escambray, y un curso militar en la Unión Soviética, y varios años en las Fuerzas Armadas, años de combate, de violencia, de duros enfrentamientos con el enemigo. En una palabra, nos lanzamos al torbellino revolucionario».

En ese torbellino ha vivido El Chino Heras, asumiendo los vaivenes de la marea, siempre firme al destino de su mapa, no del viento.

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Editado por: Nora Lelyen Fernández