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Cobertura informativa

Reflexionando con Olga Portuondo sobre la identidad caribeña

por: Dra. Aisnara Perera Díaz
Foto: Fayad Mejides

El libro que tengo el placer de presentar en la mañana de hoy reúne una serie de textos en los que su autora, la Dra. Olga Portuondo Zúñiga, transita de la reflexión del ser caribeño a la demostración de los elementos que distinguen al santiaguero como parte de ese mundo, el Caribe, que, salvo para los que residen en la parte oriental de la Isla, puede pasar inadvertido.

Esta vez la editorial Unión ofrece al lector: Caribe, raza e identidad, ensayos críticos de nuestra historia, textos distribuidos en tres secciones, donde su autora produjo entre 1998 y 2013, algunos de difícil acceso porque fueron publicados en España y Francia o en revistas de poca circulación como Siga la marcha de Santi Spíritus, otros porque resultan presentaciones de libros de dos de sus más admirados colegas, el historiador holguinero José Abreu Cardet y del estudioso de los sistemas religiosos de raíz africana y muy reconocido santiaguero Joel James Figarola, comentarios historiográficos como los dedicados a la obra de Leonardo Griñán Peralta y de Orestes Ferrera, una atinada reflexión teórica a propósito de la protoplantación y varias viñetas, entre las cuales destaco la dedicada al tranvía en Santiago de Cuba. Permítaseme, por cierto, hacer un aparte, a propósito de estas viñetas pues, en ellas, la Dra Portuondo asumió el riesgo de contar hechos y hablar de personajes que, por lo general, constituían materia de los viejos cronistas republicanos, sin embargo, con tales estampas no exentas de costumbrismo y humor, nos demuestra que los caminos trillados, siempre que se ande por ellos con ideas frescas y mentalidad abierta, pueden dar luz y llevarnos a la comprensión de una época.

Estarán entonces de acuerdo conmigo en que presentar un libro que abarca temas tan variados, aun en su respectiva unidad, puede convertirse en un ejercicio retórico, de ahí que haya preferido dedicar el tiempo disponible, que no es mucho, a comentar dos de los ensayos que, a mi juicio, constituyen importantes contribuciones de la Dra. Portuondo a las respectivas temáticas que en los mismos se aborda.

Me refiero, en primer lugar, a "El imperio español Antillano y la perspectiva de unidad caribeña", publicado en el año 2003 por la revista Del Caribe, en el que explica el surgimiento de la ideología imperial en España en la década del cincuenta del siglo xix  y las razones que impulsaron a los políticos españoles al intento de reconquista de un espacio: el mar Caribe, que era, para entonces, el único donde conservaban colonias en el Nuevo Mundo. Por lo general, los hechos que condujeron a la anexión de Santo Domingo a la exmetrópolis, la guerra de restauración iniciada por los patriotas dominicanos y la derrota sufrida por el ejército español no son muy conocidos por el lector cubano; atreviéndome a decir, incluso, que para una buena parte de nuestros colegas, los acontecimientos que se desarrollaron entre 1861-1865 en la vecina isla solo tienen visibilidad porque, gracias a ello, vinieron a Cuba hombres como Máximo Gómez o porque demostraron la debilidad de España; proponiéndonos, sin embargo, la profesora Portuondo observar tres aristas de dicho asunto que, en cierto sentido, se integran a los antecedentes del 10 de octubre de 1868: la gestación de una ideología que justificaba, a los ojos de los españoles e incluso de los habitantes de sus excolonias americanas la ofensiva que se proponían desempeñar para contener el avance de los Estados Unidos, el papel de Cuba en estas aventuras imperiales, concretamente en la emprendida en Santo Domingo en 1861 y, por último, el surgimiento de la unidad caribeña en pro de la independencia.

Con relación a la primera podemos observar que si en los siglos xvi y xvii se justificaba la conquista de América como un enfrentamiento de civilización contra barbarie, en la década del cincuenta del siglo xix se tratará de presentar los nuevos intentos de dominación como una necesidad y un deber moral de los españoles: los de hacer frente a la egoísta raza anglosajona para que, ante su empuje, no sucumbiera la “generosa raza latina”. Para cumplir su objetivo, la autora recorre los principales escritos programáticos que vieron la luz en la revista La América, en los cuales importantes representantes del liberalismo español como Emilio Castelar y Francisco Muñoz del Monte expusieron, como contrapartida de la doctrina Monroe, la preeminencia de España, dando a la luz un imperialismo de nuevo cuño que llevó a los políticos de la Unión Liberal a tres guerras, o más bien a tres derrotas militares que debieron servir de alerta para evitar el desacierto de 1898.

La segunda arista que aborda Portuondo Zúñiga resulta ser, como ya hemos mencionado, el papel de Cuba en estas aventuras imperiales, concretamente en la emprendida contra Santo Domingo en 1861, papel que, por lo general, algunos reducen a las cifras monetarias aportadas por los presupuestos cubanos pero que, sin embargo, fue mucho más que eso pues, el dinero desembolsado por la burguesía hispana y criolla no fue una simple muestra de patriotismo sino de que y cito “en el ánimo de muchos estaba el programa de asalto a las riquezas de la vecina isla” con el objetivo de explotar las maderas, los minerales y hasta los brazos “ociosos” de aquella isla. Es decir que la anexión fue vista por muchos como la oportunidad de conquistar un territorio prácticamente virgen, por lo que no resulta casualidad que el periodista santiaguero Francisco Javier Vidal enviara largas crónicas a los lectores del periódico El Redactor haciendo alusión a las potencialidades de la nueva colonia y animando a sus compatriotas a unirse a la empresa.

Refiriéndonos, por último, Portuondo Zúñiga, la reacción que sobrevendría más allá de la lucha en suelo dominicano concretada en la publicación del periódico La Voz de la América editado en Nueva York, desde cuyas páginas, se realizó una activa propaganda independentista a favor de Cuba y Puerto Rico pues, si en 1895, José Martí llamaba a la independencia de Cuba con el fin de evitar que los Estados Unidos cayeran con esa fuerza más sobre nuestros pueblos de América, hemos de saber que, veinte años antes, para los redactores del citado periódico, la autonomía de las referidas islas sería la contención ideal de las pretensiones imperiales de España, Francia y Austria. Personalmente considero que, en ocasiones, la historia que se cuenta sobre la víspera de la Guerra de los Diez Años hace demasiado énfasis en el fracaso de los reformistas occidentales, pues bien, en este último apartado de su ensayo "El imperio español Antillano y la perspectiva de unidad caribeña" la Dra Portuondo, nos habla, una vez más, de la necesidad de subvertir dichos análisis y hacer énfasis en las opciones políticas de independencia patria que se generaron más allá de las murallas habaneras, justamente en la región más caribeña de Cuba, desde la lección de dignidad y rebeldía que países como Haití, Santo Domingo y Jamaica habían dado, con mayor o menor éxito, a sus respectivas metrópolis.

El segundo ensayo que quisiera comentar brevemente es "Guerra y política en 1898", publicado en la revista espirituana Siga la marcha que vio la luz en el contexto de varios centenarios: la explosión del acorazado Maine en la bahía de La Habana, el de la intervención norteamericana en el enfrentamiento que libraban los independentistas cubanos contra el colonialismo español, el del hundimiento de la escuadra del almirante Pascual Cervera frente a las costas santiagueras y el de la humillación del Ejército Libertador cuando se le prohibió la entrada a Santiago de Cuba. Así, como vivimos casi siempre demasiado apegados a las fechas redondas, solemos olvidar que hay temas necesarios que se niegan a que lo reduzcan a celebraciones, es de agradecer entonces el tino de Portuondo Zúñiga al seleccionar este título para ser incluido en Caribe, raza e identidad porque su aporte a la marea de ponencias, artículos, libros y documentales realizados por esa época, es un lúcido análisis que, no exento de fina ironía, nos invita a polemizar y disentir, desde su propuesta –recordemos cuanto se había discutido sobre el nombre del conflicto bélico que al final privó a las armas cubanas del triunfo y al pueblo del reconocimiento como nación– de llamar guerra hispano-cubano-americana a la contienda.

Escrito con un estilo coloquial, el ensayo transita por los más sobresalientes temas del 98, a saber: cómo se gestó la intervención, las razones o las sin razones de los políticos españoles para ordenar el envío de la maltrecha escuadra a una derrota segura en el Caribe, la falta de avenencia en el campo insurrecto para hacer frente a la estrategia divisionista norteamericana, entre otros. Informando, por supuesto al lector sobre su personal criterio al colocarnos ante certezas que resultan difíciles de asimilar cuando el dogmatismo empaña la comprensión. Comparto con ustedes una de las que más disfruté:

El otro problema –nos refiere la autora– es que para la mayor parte de la historiografía, incluyendo la nuestra, la guerra se decidió en el combate naval sostenido entre españoles y norteamericanos donde la superioridad técnica de Estados Unidos es indiscutible. Entonces, hasta ahora no tenemos argumentos para demostrar, lo que constituye nuestra convicción, que sin el Ejército Libertador, las tropas norteamericanas las hubieran pasado negras en estas operaciones militares.

Solo lamento que apagadas las luces del centenario y, como suele ocurrir en estos casos, el 98 haya perdido interés, de ahí que las atrayentes preguntas que nos deja la Dra Portuondo hacia el final de su ensayo permanezcan aun sin respuestas, ¿es que acaso tendremos que esperar al 2098 para reflexionar sobre, y cito, por qué los norteamericanos no continuaron hacía Holguín después de tomar Santiago, si eran tan capaces como se ha venido diciendo y habían dominado la situación sin tomar en cuenta a los cubanos o sobre por qué las tropas españolas se rindieron masivamente si en los combates del sitio a Santiago de Cuba sólo participaron unos 7 000 hombres entre oficiales y soldados?

En fin, estimado público, no niego que pudiera exagerar al decir que muy poco ha sobrevivido de aquellas álgidas polémicas, de los eventos y publicaciones que mantuvieron ocupados, por algunos meses, al gremio de historiadores a ambos lados del Atlántico, sin embargo, recuerdo ahora un texto que me impresionó desde la primera lectura: La coartada perpetua: mitología y mitomanías en el discurso del 98 de ese grande de las letras cubanas que es Ambrosio Fornet, suponiendo que tanto el escritor como la historiadora desconocieran –ambos vieron la luz el mismo año– sus respectivas visiones sobre el tema, no obstante, si uno y otra se detuvieron a leerse, al paso de los años, se sorprenderían quizás al descubrir los puntos coincidentes que contienen sus propuestas pues aun cuando Fornet se remite a las estrategias discursivas y Portuondo Zúñiga a las interpretativas, ambos concluyen en un punto fuera de toda discusión, un punto que afortunadamente ha sobrevivido a todas las visiones: “En lo profundo del monte –nos dice Fornet– había un pueblo empeñado en luchar por su independencia y por un ambicioso proyecto de justicia social”; a la vez que la Dra Portuondo afirma: “La anexión en Cuba no pudo realizarse porque la reacción popular fue de repulsa a la intervención desde sus inicios. El éxito militar de los cubanos en aquella guerra cruel del colonialismo español pesó tanto en la balanza a favor de la independencia, como la existencia de una conciencia nacional que definía a un pueblo singular, íntegro. El mismo pueblo que volvería a la lucha por el total reconocimiento de su soberanía y autogobierno”.

Y es a ese pueblo, cubano y caribeño, al que debemos estar hoy aquí, que es al fin y al cabo al que nuestra Olguita ha rendido homenaje desde las páginas de Caribe, raza e identidad, ensayos críticos de nuestra historia.
Muchas gracias.

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Editado por: Heidy Bolaños