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Cobertura informativa

Juan Valdés Paz, Premio Nacional de Ciencias Sociales 2014

por: Yasmín S. Portales Machado
Fotos: Fayad Mejides

Esta tarde, la entrega del Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas, no por esperada, fue menos intensa. Como algunas otras ceremonias, esta fue un encuentro auténtico. Edel Morales, vicepresidente de Relaciones Internacionales del ICL, presentó a la mesa: Julián González, ministro de Cultura de Cuba; Zuleica Romay Guerra, presidenta del ICL; Aurelio Alonso Tejada, premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas 2013 y la estudiosa Gladys Hernández Pedraza, ambos parte del Jurado de este año; junto al homenajeado, Juan Valdés Paz.

El moderador explicó que el Premio se convoca y organiza de modo tripartito entre el Instituto Cubano del Libro, el Ministerio de Cultura y el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente. El objetivo es reconocer anualmente a quienes hayan realizado aportes de consideración a las ciencias sociales y la cultura durante una larga trayectoria creadora. Así la República reconoce públicamente el saber, prestigio y utilidad de quienes han trabajado con ahínco en favor del conocimiento y que hayan publicado sistemáticamente –porque la socialización del conocimiento es tan importante como el conocimiento mismo.

Correspondió a Gladys Hernández Pedraza leer el Acta del Jurado. Acompañan su firma en el documento: Aurelio Alonso Tejada, Gilberto Valdés Gutiérrez, Jorge Renato Ibarra Guitart y Yoel Cordoví. El argumento para que la mayoría del tribunal otorgase el galardón a Valdés Paz cita cómo su trayectoria cumple con los objetivos solicitados por las entidades convocantes: larga trayectoria, abundantes publicaciones y relevancia de sus aportes; y hace hincapié en cuatro líneas de investigación de las ciencias sociales de Cuba en las que este hombre dejó su marca. Se trata de sus investigaciones respecto a la estructura agraria del proyecto cubano, el sistema político cubano, los problemas estructurales y funcionales de nuestra economía y, por último, su análisis de la institucionalidad política nacional.

La tercera intervención fueron las palabras de elogio, una elocución campechana y prolija en detalles, como suelen ser los discursos de Aurelio Alonso Tejada.

Ya desde la introducción, el conocido ensayista dejó claro el objetivo: ya que no cabe duda de que Valdés Paz merece el Premio, y como el acta ha ponderado su trabajo, él preferiría recordar algo de su trayectoria: su entrada a las filas de la Revolución fue con los Contingentes de Maestros Voluntarios (1960). Luego fue a trabajar al central “Constancia” (hoy “Abel Santamaría” en Encrucijada) recién nacionalizado y se involucró en la agricultura. Voraz lector, mientras ascendía como dirigente del Instituto Nacional de Reforma Agraria, comenzó a estudiar en el Departamento de Filosofía de Universidad de La Habana. A fines de la década del sesenta era ya profesor del mismo.

Allí se destacó en Historia de la Filosofía, asignatura que valorizó. Apoyó las ediciones de obras filosóficas. Tras la disolución del mítico Departamento, Valdés Paz regresó a la agricultura, que ya se llamaba MINAGRI en 1971. Ocupó diversos cargos, hasta viceministro del ramo. Pero en 1979 tuvo discrepancias de criterio, no con el Ministro, sino con quien estaba por encima del Ministro, y se fue al Departamento de América Latina del Centro de Estudios sobre América, de nuevo junto a Hugo Ascuy y otros del Departamento de Filosofía. Estuvo allí hasta marzo de 1996, cuando por otro timonazo en la política, hubo cambios en la estructura del CEA. Fue como investigador al Instituto de Historia de Cuba del PCC. Desde entonces se acogió al retiro y es investigador autónomo.

Alonso Tejada calificó la base formativa de Valdés Paz como la de un “pensador integral”, amasada como solo puede ser una cultura autodidacta. Coincidió con los términos del Acta del Jurado en que sus trabajos sobre la agricultura y el sistema político cubano son aportes fundamentales para la comprensión del presente nacional, pero llamó la atención sobre otro ángulo del asunto: en que estas páginas sirven ante todo para el debate, no para el dogma. Porque siempre complementa Valdés Paz el reconocimiento de las virtudes del material analizado con la crítica de los errores que nos alejen del socialismo con el mal sello de “socialista”. Ese rasgo lo calificó como “honestidad científica”.

Reveló, además, que es un sistemático lector de novela y poesía, desde Góngora hasta Wichy Nogueras. Y que su vocación docente lo mantiene dispuesto siempre a dar lo mejor a los jóvenes. Conclusión: tiene de sobra merecido el premio, y es una honra para la nómina,  su inclusión.

Por último, correspondió a Juan Valdés Paz agradecer el Premio –era una ceremonia, las partes están pautadas.

Refirió que, por su experiencia como jurado, sabe que siempre es labor difícil. Conoce los nombres de varios de los candidatos de este año, y considera que cualquiera lo merecía. Dedicó el Premio a la memoria de su hermano, quien siempre encontró interesante las cosas que él hacía.

Respecto al elogio de Aurelio Alonso, comentó que uno no se reconoce en esa sarta de bondades. Propuso invertir los términos: fue maestro voluntario sin pisar el aula, pésimo dirigente agrario, aprendiz de filosofía, alguien a quien se podría culpar de muchos de los desastres nacionales.

Luego se puso serio, explicó que le gusta recordarse a sí mismo como maestro antes que investigador. La docencia es una rica experiencia: hay que enseñar aprendiendo, por eso los jóvenes son mis interlocutores privilegiados. Porque la docencia es muy importante en el desarrollo de las ciencias sociales, en general, y de Cuba, en particular.

Propuso, a continuación, periodizar su obra a partir de su historia laboral. Su inclinación por un tema u otro fue resultado de su trabajo en el Departamento de Filosofía de UH, el Ministerio de Agricultura, el CEA y Instituto de Historia, sucesivamente. Esta diversidad no siempre fue resultado de su deseo, aclaró, sino de acontecimientos, algunos queridos, otros no tanto.

En este largo bregar adquirió algunas pocas convicciones: siempre reflexionamos con una realidad incompleta, nunca hay criterio ni autoridad para suplantar la reflexión, el conocimiento se tiene que basar en la experiencia, debemos acogernos a los principios de dudar de todo, que la verdad es revolucionaria, y de que la verdad es la verdad, la diga quien la diga.

La última parte de su discurso la dedicó a una reflexión sobre el estado de las ciencias sociales en el país. Valdés Paz ha visto aparecer disciplinas e instituciones, desaparecer otras. Ahora tenemos muchas instituciones e investigadores de talento, parecería suficiente para estar optimista, pero soy pesimista. Entiendo que este desarrollo de las ciencias sociales cubanas es aún insuficiente –relativa y absolutamente– y esto es un desafío. No tengo tiempo para argumentar.

A propósito del papel que se debiera otorgar a las ciencias sociales en nuestra sociedad, rescató las ideas de Marx –eran los actores sociales quienes iban a crear conscientemente el nuevo orden no capitalista– y a los funcionalistas, para quienes las ciencias sociales son parte del proceso de las políticas públicas. En ambos sistemas de pensamiento está claro el relevante papel de las ciencias sociales para la sociedad.

El problema ¿la llaga? –me pregunto–, es que no habrá ciencias sociales saludables si no propiciamos un clima cultural heterodoxo, abierto críticamente a toda escuela de pensamiento. Es parte de mi experiencia de vida, de condición de testigo de la historia revolucionaria, aclaró. No solo necesitamos ciencias sociales desarrolladas, nunca estarán verdaderamente maduras sino tienen el estudio de la realidad cubana. Bastaría con hacer un repaso de los alucinantes –que poético adjetivo– temas que tendremos que enfrentar para tener una cabal idea de la emergencia que se acerca.

No habló Valdés Paz solo de lo que está por hacer, sino de lo que está hecho a medias. Insistió en la necesidad de que los resultados investigativos que ya tenemos y vendrán tengan la necesaria sociabilización. De modo que provoquen debates en la comunidad científica y el espacio público por igual, y sean componente obligado de la agenda con la cual se hacen las políticas públicas del país. Porque es bueno que los cientistas sociales sepan que el desarrollo del país es el horizonte de las ciencias sociales, pero lo contrario también es cierto: el desarrollo de las ciencias sociales tiene que ser el horizonte del país. Se trata de un círculo virtuoso.

Dentro de esta línea de pensamiento, acabó con una afirmación casi herética –bueno, había clamado por la heterodoxia minutos antes–: afirmó que al Partido y al Estado no le corresponden tener una filosofía o unas ciencias sociales propias, sino un programa y estrategia social bien fundamentados.

Al cierre, su profesión de fe: su trayectoria de mozo de tintorería a Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas no habría sido posible sin la Revolución, no habría bastado su voluntad. Esa es su permanente motivación para ser mejor persona, mejor patriota y mejor revolucionario. “Espero haber sido muy provocador”, recalcó. La ovación de la sala, llena de gente joven que le consideran referencia, afirman que lo logró… otra vez.
 

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Editado por: Nora Lelyen Fernández