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(Re) descubriendo a Manuel María Pérez y Ramírez de la mano de Olga Portuondo

por: Félix Julio Alfonso López

Menos conocido que sus contemporáneos, amigos y tocayos Manuel de Zequeira y Arango (1764-1846) y Manuel Justo de Rubalcaba (1769-1805), el tercero de los “Manueles” —como los llamó el crítico Max Enríquez Ureña—, Manuel María Pérez y Ramírez (1772-1852) ha tenido una posición marginal en las historias de la literatura insular y un lugar peregrino en la ciudad letrada cubana del siglo XIX. Tanto Enríquez Ureña, como otros comentaristas de sus versos, le atribuyen ser un poeta inferior a Zequeira y Rubalcaba, y aunque se  conocían fragmentos de sus obras, esta se estimaba casi perdida. El Diccionario de Literatura Cubana, siguiendo este parecer, considera que su lugar en la poesía cubana se lo debe a un soneto titulado “El amigo reconciliado” y en su ficha biográfica señala: “Su drama Marco Curcio—como la casi totalidad de sus trabajos y poemas—se ha perdido”. En consecuencia, esta ficha solo consigna, de manera insólita, bibliografía pasiva del autor. Décadas más tarde, la Historia de la Literatura Cubana insiste en su figura como un “enigma para la historiografía literaria” y apunta que “es recordado sobre todo por su importante labor como profuso publicista y animador de la cultura en Santiago de Cuba”. En nota de este propio volumen se dice que el crítico y poeta Roberto Friol había encontrado poemas y artículos de Pérez los cuales arrojarían “más luz sobre la obra hasta hoy casi desconocida del poeta”. En otro momento se dice con ligereza que tanto Rubalcaba como Pérez y Ramírez “llegaron a la total despreocupación sobre la perdurabilidad y comunicación de sus obras poéticas”.

Por lo visto hasta aquí, parecería que Manuel María Pérez y Ramírez estaba destinado al cenáculo de los poetas “raros” y “poco conocidos”, una “incógnita” de nuestra literatura por el que pocas personas se interesaban y cuyo “enigma” parecía arduo de descifrar. Sin embargo, he aquí el hecho de que la Dra. Olga Portuondo, historiadora de la ciudad natal del vate misterioso, se ha sacado de su sombrero de investigadora acuciosa nada más y nada menos que dos gruesos volúmenes, que en su conjunto suman más de seiscientas páginas, con prácticamente todo lo que escribió y publicó Manuel María Pérez, y no solamente poesía por cierto.

Creo que pocas veces en la Historia de la Literatura Cubana se ha visto un caso como este, en que un autor considerado tradicionalmente ignoto, se nos revele como un escritor prolífico y diverso, lo que constituye uno de los hallazgos culturales más sorprendentes de los últimos años. Otra curiosidad radica en que el portentoso “descubrimiento” no fue obra de un poeta, investigador o crítico de literatura, sino de una historiadora profesional cuyos temas generalmente suelen ser otros, más propios de su disciplina especifica. Aquí aprovecho para decir que Olguita es una de las historiadoras cubanas con mayor capacidad analítica y conocimiento sobre su región natal, por lo que perfectamente pudo ocuparse de una cuestión tradicionalmente reservada a los literatos, aunque también las historias de la escritura, de la lectura, de la edición y el consumo de impresos, y las narrativas culturales en general, forman parte desde hace algún tiempo del ámbito académico de la historia, como han demostrado con esplendidez Peter Burke, Carlo Ginzburg, Roger Chartier y Robert Darnton, entre muchos otros.

Aclaro también que no se trata en este caso  de una pretensión erudita o una vanidad intelectual, sino de una indagación mucho más amplia y compleja en la obra y la biografía de un autor, para alcanzar nuevos conocimientos sobre las mentalidades y el devenir social de Santiago de Cuba a finales del siglo XVIII  e inicios del siglo XIX.  En las diamantinas palabras del prólogo, la autora defiende la noción de que, en el caso de Pérez y Ramírez estamos ante un autor excepcional, que plasmó su obra impresa durante varios decenios “con principios coherentes y una visión del mundo y de su país digna de conocerse”, y que además expresó la identidad y el pensamiento de aquellos hombres ilustrados de tierra adentro.

Me referiré ahora,  brevemente, a unos pocos aspectos del vigoroso y detallado estudio de Olga Portuondo que precede a la obra activa de Manuel María Pérez, compuesta de poemas, ensayos, crónicas, viñetas costumbristas, dramas, autos sacramentales y noticias aparecidas en los principales periódicos de Santiago y La Habana. Lo anterior autoriza a la historiadora, a señalarlo no solamente como poeta, sino como un verdadero polígrafo, maestro y decano de la literatura santiaguera de su tiempo.

La enorme deuda contraída por los críticos literarios con Manuel María Pérez se explica por la autora, en parte, por el hecho de que este no hubiera publicado su obra en volúmenes impresos, sin embargo, también les faltó curiosidad y paciencia a los historiadores de nuestra literatura, que prefirieron cómodamente citarse o copiarse unos a otros, en lugar de acudir a las fuentes originales de la prensa periódica, donde los copiosos textos de Pérez, y en particular su zona ensayística, estaban disponibles. Es aquí, nos dice Portuondo, donde se encuentra un rico venero de pensamientos sobre ideología y política, educación y conciencia social, salubridad y cultura, destinados a ser leídos por sus contemporáneos en la zona oriental de la Isla. Con una mirada penetrante, que rebasa lo descriptivo y anecdótico, Olga Portuondo encuentra en la obra de este intelectual ilustrado informaciones valiosas sobre el tránsito de la economía de haciendas a la plantación esclavista y su impacto en todos los órdenes de la vida social. Asimismo descubre los cambios culturales y de mentalidades que acompañan un dilatado y contradictorio proceso de transformaciones en la sociedad criolla.

Los datos biográficos que aporta la historiadora sobre Pérez son  exhaustivos y permiten reconstruir su saga familiar y sus orígenes socioclasistas, descendiente de propietarios de vegas de tabaco e ingenios de azúcar. Este origen privilegiado le permitió estudiar en el mejor centro educativo regional de la época, el Colegio Seminario de San Basilio el Magno, y recibir las ideas ilustradas del Obispo Santiago Hechevarría y Elguezúa.  Como era común también entre los jóvenes solteros de su clase, optó por la carrera miliar desde temprana edad. Este destino bélico sería compartido por sus amigos poetas y tocayos Zequeira y Rubalcaba, y se cuenta que de este último recogió y conservó su papelería inédita en el momento de su deceso. La amistad con estos dos grandes poetas neoclásicos es explorada por la historiadora en sus orígenes santiagueros y da fe de la intensa comunicación literaria entre el trío de vates ilustrados.

Otro asunto de suma importancia es el referido al papel desempeñado por Manuel María Pérez en la creación de periódicos en Santiago de Cuba. En este sentido destaca su afán de información universalista, superador de los estrechos marcos del acontecer local. Entre estas empresas editoriales se cuenta El Eco Cubense y Ramillete de Cuba, donde Manuel María Pérez informaba, traducía y reseñaba para sus conciudadanos noticias de la prensa extranjera. Luego vendría Miscelánea de Cuba, El Canastillo y otros, siempre vinculado a la figura del linotipista Matías Alqueza. No pasa por alto la historiadora las calidades literarias de su poesía y su prosa, las que evidencian un profundo dominio de la cultura clásica grecolatina, y discrepa con Alejo Carpentier en el punto de la supuesta colaboración de Pérez con el maestro de música de la capilla santiaguera Esteban Salas. Del catálogo de obras dramáticas de Pérez, nos enteramos que son muchas más que la siempre citada Marco Curcio. Asimismo se describen con  amplitud las facetas de apasionado periodista desde las páginas de La Miscelánea de Cuba en el trienio liberal, y costumbrista de talento en el Dominguillo, con un discurso satírico, irreverente y al mismo tiempo modernizador y progresista. Véase si no esa modernísima crónica sobre la necesidad de realizar ejercicios físicos y gimnásticos entre los niños y jóvenes, fechada en 1824.  Entre sus juicios económicos y sociales de más valor destacan su proyecto de diversificación productiva, a favor de la agricultura y la ganadería, la crítica implícita a la esclavitud y la trata, y su demanda en pro del trabajo libre y la inmigración blanca.

Con la llegada del general Miguel Tacón al poder colonial, Manuel María Pérez se declaró partidario del gobernador oriental Manuel Lorenzo, quien sostenía posturas liberales y contrarias a la férrea censura de prensa. En aquellos días el poeta se pronunció  a favor del presbítero Varela  y tuvo palabras de elogio para Saco, desterrado por Tacón. Ya en la vejez fue contrario a los ademanes anexionistas, donde participaba su sobrino nieto Pedro Santacilia, y enfatizó su identidad de cariz asimilista y regionalista.

Un elemento no despreciable en la multifacética obra de este autor, es su condición de cronista e historiador de su ciudad natal, memorias recogidas en multitud de textos aparecidos bajo el rubro de “Recuerdos históricos”, con énfasis en el ordenamiento cronológico de los hechos y la exposición de las costumbres religiosas de antaño. Activo intelectualmente hasta su senectud, Pérez tuvo una ancianidad marcada por el fervor místico y la escatología, dada su profunda conexión espiritual con la Iglesia Católica. En este sentido practicó la meditación ascética y fue un hombre piadoso, terminando sus días con una vida frugal y austera.

Manuel María Pérez fue un esmerado poeta neoclásico, un patricio por su origen social y un liberal por sus actitudes políticas, y en  su conjunto fue un hombre culto y sensible que trató de servir a su ciudad con su pluma y con sus obras. Heredero de una ancestral organización socioeconómica, trató de llevar la ilustración y el progreso al espacio y al tiempo histórico que le tocó vivir.

Este es el caleidoscópico y emocionante personaje que Olga Portuondo recupera y nos devuelve en su plenitud intelectual, con una sapiencia y una eficacia investigativa en archivos, bibliotecas y hemerotecas dignas de su brillante ejecutoria. Luego de la exégesis historiográfica, tienen ahora los literatos la palabra, para justipreciar sus versos y su prosa con la meditación y el  rigor que esta figura merece.

Gracias, Olga, por este maravilloso aporte a la cultura santiaguera y cubana. Gracias también por tu amistad, tu generosidad intelectual y el inolvidable privilegio que me has dado de poder elogiar tu obra.

La Habana, 14 de febrero de 2015

 

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Editado por: Dino Allende