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Breve paseo por la literatura india

por: Jesús David Curbelo

Acercarse a la cultura india significa entrar en un universo mágico, mítico, religioso y ético de los más ricos que haya existido en cualquier civilización. Una cultura, por demás, antiquísima, cuyos primeros asentamientos están datados nueve milenios antes del comienzo de nuestra era y que ya hacia el año 3300 había madurado en el valle del Indo. Una cultura en la que se manifiesta una combinación de armonía y variedad, de estabilidad y cambio. A lo largo de su historia, la India ha asimilado múltiples transformaciones y elementos de las más diversas fuentes sin quebrar su continuidad. Es un territorio que descuella por la pluralidad de paisajes, climas, razas, religiones y lenguas y, sin embargo, los aúna en un espíritu inconfundiblemente indio que le sirviera a Jawaharlal Nehru para relatar la búsqueda de la unidad en el epicentro de la diversidad del país.

Aproximadamente entre los años 1500 y 500 tiene lugar el periodo védico, cuando se establecen las bases del hinduismo y maduran otros aspectos de la sociedad y del arte indios. Los Vedas, de cuyo nombre proviene el de la época, son una serie de textos sagrados, en idioma sánscrito, que arrojan bastante información sobre las costumbres, las creencias y los adelantos culturales en diversas ciencias y artes, desde la ganadería hasta las tácticas y estrategias militares.

Alrededor del año 400 aparecen los Upanishads, otro conjunto importante de carácter sacro que, frente al politeísmo de los Vedas (con dioses concretos como Indra, Varuna, Agni y Mitra), defiende la existencia de una deidad única (Brahman), a veces identificada con el creador del universo (Brahma), a veces con el encargado de conservarlo (Visnú) y a veces con quien está llamado a destruirlo (Siva).

Rama, protagonista del Ramayana a quien este poema épico debe su nombre (“el viaje de Rama”, significa esta palabra en sánscrito), es adorado como la séptima encarnación de Visnú y considerado la persona ideal gracias a sus méritos y rectitud. Esta epopeya, la titulada Mahabharata (“la gran historia de las batallas de los Bharatas”) y los Puranas (una colección enciclopédica de genealogías, tradiciones, mitos, leyendas y religión) se agrupan dentro de los llamados Itijasa (“así fue como en verdad ocurrió”) o escritos que no forman parte de los libros filosóficos mencionados con anterioridad. De ellos, el Mahabharata y el Ramayana, los dos cantos épicos, resultan los más populares y han sido declamados de manera ritual, puestos en escena y recitados como versos desde sus orígenes hasta hoy. Ambos, incluso, cuentan con versiones cinematográficas y televisivas que contribuyen a difundir sus episodios fundamentales. Sin duda, la más conocida de las historias del Mahabharata se expone en el Bhagavad Gita (“El canto del Señor”), incluido en el parva VI de la gran épica, en forma de diálogo entre Arjuna (tercero de los príncipes pándavas) y Krisna (otra de las encarnaciones terrenales del dios Visnú).

En el siglo vi a.n.e. surgieron dos religiones que descartaban la tradición védica: el budismo y el jainismo. La personalidad de Buda y sus concepciones sobre el amor, la compasión y la armonía permearon el pensamiento indio, aunque el budismo como religión estructurada tuvo más arraigo en otros países asiáticos. El jainismo, fundado por Mahavira, exhortaba a la verdad y a la no violencia y fue sustancial en sus aportes al arte y la cultura hindúes.

La invasión de Alejandro el Grande en 326 a.n.e. trajo a la cultura del país el primer contacto sólido (hay otros esporádicos insinuados en varios textos anteriores como el Ramayana) con el mundo grecolatino. Más tarde Candragupta Maurya intentó unificar todos los reinos dispersos bajo un imperio centralizado y después su nieto Asoka El Grande, horrorizado por las atrocidades de la guerra, se convierte al budismo y lo extiende como religión oficial. Así, oscilando entre dinastías hinduistas (la sunga) o budistas (la kusán), la India arribó a lo que muchos llaman su Edad de Oro: el Imperio Gupta, en el cual algunos reyes fueron músicos y literatos y donde vivió Kalidasa, considerado el mayor poeta de la lengua sánscrita. De esta época datan además otras joyas de la literatura en sánscrito como la versión al presente conocida del Panchatantra (colección de fábulas de impronta notable en la cultura mundial, desde Las mil y una noches y el Calila e Dimna, una suerte de recreación al castellano del original indio, hasta el Infante don Juan Manuel, Boccaccio, Miguel de Cervantes o Jean de la Fontaine), los Cuentos del vampiro del brahmán Somadeva (cuyo título en español obedece a haber seguido una errónea traducción francesa del término sánscrito vetala, que no es un vampiro como lo entendemos hoy, al estilo de Drácula, sino una especie de ser mítico que, si bien habitaba en cadáveres, no se nutría de sangre humana ni era del todo malvado o criminal), y el Kamasutra de Vatsyayana, un tratado sobre el amor, la sexualidad y las relaciones sociales entre hombres y mujeres.

Tras la caída del Imperio Gupta sobrevino un proceso de desintegración política y volvieron a independizarse reinos como Cachemira, Bengala y Orissa. En la literatura, el sánscrito fue cediendo paso a las lenguas regionales como el bengalí, el maratí, el hindi y el peñabí. En el sur, por su parte, el tamil, el telugu y el kannada desarrollaron sus tradiciones literarias autóctonas. La filosofía vedanta de Sankara (siglo vii) y la de Ramanuja (siglo xii) tuvieron importancia capital. Ahora bien, tanto en el plano social como en el religioso se asentaron tendencias conservadoras y el sistema de castas, en principio solo atento a las diferencias de aptitud, se tornó severo e intransigente.

Todavía en el siglo xii un poeta como Jadayeva componía en sánscrito el Gita Govinda (“El canto del Vaquero”), poema donde se cantan los amores de Radha (una de las gopis, o vaqueras de Vrindavana) y Krisna, y que ha sido leído como una gran metáfora de la desviación del alma humana de la verdadera lealtad y de su regreso final al sendero que la divinidad ha desbrozado para ella. Esta pieza, considerada un clásico de la lengua sánscrita, fue la inspiración esencial de Vidyapati para componer en maithili la serie de poemas al amor de Radha y Krisna que ejercieron una poderosa influencia sobre el destino de la poesía en maithili, bengalí y oriya, razón por la cual los historiadores de la literatura india lo consideran una especie de Dante o Chaucer.

A fines del siglo xii, la instauración de la dominación musulmana marcó un giro importante en la historia de la cultura india. Al principio, debido a las grandes diferencias entre hinduismo e islamismo, los conflictos fueron profundos, pero pronto comenzó un proceso de adaptación basado, en lo fundamental, en los puntos comunes entre el misticismo sufí y la filosofía vedanta. Esta tendencia integracionista se consolidó con el establecimiento del Imperio Mogol (año 1526) y durante el reinado de Akbar (1556-1605) se asentaron los fundamentos de una cultura nacional y las influencias recíprocas entre las costumbres hinduistas y musulmanas, aunque cada una siguió conservando su identidad particular.

Uno de los personajes más sobresalientes de la India medieval fue el poeta, músico y lingüista Amir Jusraw, creador de varios instrumentos musicales y cuyos experimentos poéticos dieron lugar al nacimiento del urdu, una de las principales lenguas del país. Durante los siglos xvi y xvii la poesía religiosa en lenguas regionales gozó de gran auge y aparecieron varios poetas que preconizaban una religión universal basada en la tolerancia y el amor; entre ellos se destacan Nanak, Tulsidas y Kabir.

A principios del xviii comenzó la decadencia del Imperio Mogol y, a la vez, se agudizó la disputa de los europeos (portugueses, holandeses, franceses e ingleses) por la hegemonía sobre la India. A fines de ese mismo siglo, quedó establecida la autoridad británica, cuyo sistema de educación y la labor de los misioneros cristianos dejaron una notable impronta en la vida cultural y religiosa. Calcuta, la nueva capital, se erigió en un emporio del pensamiento occidental, lo mismo que Bombay y Madrás. Surgió, no obstante, un movimiento reformista, bajo el liderazgo del rajá Ram Mohan Roy, que anunciaba un renacimiento espiritual y de la cultura. Sus líderes, conocidos como los Brahma Samaj, enaltecían las verdades profundas de los libros sagrados hinduistas y musulmanes, aunque aceptaban ciertos ángulos progresistas de Occidente. En ese período fue de vital importancia el ideario de Sri Ramakrisna (1836-1886), para quien las distintas religiones eran solo vías conducentes a un mismo objetivo final; así como el de su discípulo Swami Vivekananda (1863-1902), primer difusor de la espiritualidad y la cultura indias en Europa y América. En el plano político social, Vivekananda abogó por una separación tajante entre religión y estado y trató de proponer una sociedad ideal en que se mezclaran el conocimiento de los brahamanes, la cultura de los shatrías, la eficacia de los vaisyas y el ethos igualitario de los sudrás, pues preconizaba que la preponderancia de unos grupos sociales sobre otros solo había conducido a sociedades defectuosas.

En la segunda mitad del siglo xix se afianzó el interés de los novelistas y dramaturgos por los temas políticos y sociales. Mirza Ghalib, poeta en lengua urdu, y Baakin Chatterji, novelista bengalí, añadieron aportaciones de alto valor a la literatura india. Al mismo tiempo, cobraba fuerza el movimiento independentista dirigido por el Congreso Nacional Indio, fundado en 1885. Fue un período en el que la preocupación patriótica se manifestó en los diferentes géneros literarios. Con la vuelta de Mahatma Gandhi a la India, luego de su permanencia en Sudáfrica, la historia del país tuvo otro vuelco. Su constante preocupación por la independencia y por el reconocimiento de los derechos de los dalits o intocables (faena luego llevada a su máxima expresión por B. R. Ambedkar), así como los novedosos métodos de lucha política y de resistencia pasiva expuestos en su autobiografía en gujarati Historia de mis experimentos con la verdad lo convierten en la figura cimera del pensamiento indio de la época. Los ideales de Gandhi marcaron la obra de autores como Subramanya Bharati, Munshi Premchand y Sharat Chatterji, en tamil, hindi y bengalí, respectivamente.

En la cultura india del siglo xx sobresale Rabindranath Tagore, filósofo, poeta y narrador que puso su sello particular a la poesía, el teatro, la novela, el cuento e incluso la música y la pintura hindúes y obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1913. Al fundar la universidad internacional Visba-Bharati puso en práctica un conjunto de modernos conceptos sobre la educación, campo en el que se le considera un precursor. Junto con Gandhi, Tagore fue uno de los forjadores de la India moderna. También en este selecto grupo descuellan algunos de los seguidores de Gandhi, cuyo trabajo ideológico, político y cultural tras independizarse de Gran Bretaña en 1947 ha sido crucial para el asentamiento del país. Me refiero a Jawaharlal Nehru, Sarvepalli Radhakrisnan y Abul Kalam Azad, por sus reformas económicas, su tesón para conferirle a la India una dimensión internacional, por tender puentes entre la antigua tradición nacional y la filosofía occidental y por intentar abolir las discrepancias entre hindúes y musulmanes.

La partición del país por motivos religiosos, no obstante, se produjo en el mismo 1947 y nació la República Islámica de Pakistán, en la que buena parte de los musulmanes se desgajaron de la India. Este es un tema muy presente en la literatura en lenguas como el urdu, donde ha sido abordado por Saadat Hasan Manto (un auténtico artífice del cuento), o incluso el inglés, heredado de los largos años de dominio británico, en el cual Vikram Seth ha escrito su novela A Suitable Boy (traducida al español bajo el título Un muchacho de buenas maneras), uno de cuyos asuntos primordiales es la represión contra los mahometanos.

La literatura india coetánea escrita en inglés ha sido, sin duda, la más divulgada fuera de las fronteras nacionales. Autores como Kamala Markandaya, Salman Rushdie, Kamala Das Suraiya, Arundhati Roy, Raja Rao, Vikas Swarup, Rohinton Mistry, Anita y Kiran Desai y Chetan Bhagat, por ejemplo, tienen mayor publicidad que quienes se expresan en las lenguas autóctonas, incluido el hindi, considerado el idioma oficial según la Constitución. También sería curioso mencionar algunos autores de ascendencia hindú, frutos de las muchas diásporas de estos pueblos, que han obtenido amplia relevancia internacional desde la lengua inglesa: el trinitario V.S. Naipaul, premio Nobel de literatura 2001, o la indo-norteamericana Jhumpa Lahiri, premio Pulitzer del año 2000. Este síntoma globalizador perjudica la difusión de notables escritores como el propio Manto o U. R. Anantha Murthy, en kannada, entre muchos otros, y es combatido por la labor de la Academia Sahitya que, desde su fundación en 1954, ejecuta un denodado esfuerzo por canalizar y distribuir el capital cultural de la nación y conformar una república de las letras indias donde todas las lenguas reciban similar tratamiento y representación. Para estos fines la Academia Sahitya organiza seminarios panindios, financia traducciones al hindi y al inglés de textos provenientes de las restantes lenguas y otorga premios a obras destacadas en cada una de ellas para ayudar a su reconocimiento nacional.

Por último, me gustaría señalar otro importante aporte hindú a la literatura contemporánea: el realizado en el campo de los estudios teóricos y culturales por Homi Bhabha en libros como Nación y narración y El lugar de la cultura, Arjun Appadurai en sus tratados sobre la globalización y la modernidad, y Gayatri Spívak en su ensayo “¿Puede hablar el sujeto subalterno?”, en el cual aborda aspectos cruciales de los estudios poscoloniales y de género; todos imprescindibles para entender no solo el complejo problema cultural y literario de la India sino para abordar otras realidades y otros contextos culturales del ámbito contemporáneo.

Y aquí me detengo, consciente de que este breve viaje resulta insuficiente para introducir al lector en el rico entramado de esta literatura milenaria, pero con la esperanza de que sirva para dar el primer paso hacia esa fascinante cultura que nos ha legado, encima, el Yoga, cuya expresión literaria definitiva se asentó en la antigüedad en los Yoga Sutra de Patanjali y en la era moderna en la extensa obra de B. K. S. Iyengar, y la Ayurveda, que tuvo en el Sushruta Samhita, atribuido a Sushruta, en el Charaka Samhita, atribuido a Charaka, y en el Astanga Jridaia Samhita, atribuido a Vagbhata sus más altos exponentes literarios.