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Cobertura informativa

De sueños y guerras

por: Nancy Maestigue Prieto

Encarar la vida y la muerte de un héroe desde la novelística se convierte siempre en un reto para cualquiere escritor, porque se corre el riesgo de convertirla en una sucesión de hechos donde se pierde el valor de la creación. Eso no sucede con Sueños y guerras del venezolano Gabriel Jiménez Emán, presentada en esta 22 Feria Internacional del Libro, Cuba 2013, por el intelectual Emmanuel Tornés, quien tituló su presentación: “Sueños y guerras, notas a propósito del más allá para reflexionar sobre el más acá”. Sugerente modo de enfocar la obra de Emán al que conoce por las lecturas que ha realizado de textos suyos en la Casa de las Américas, donde abarca ese mundo que trata de “descolonizar fundamentalmente a la juventud”.

Los conflictos  narrados no solo recogen la historia, sino que desmitifican a los héroes, Antonio José de Sucre y Simón Bolívar, presentándolos como seres humanos, con virtudes y defectos, aciertos y desaciertos, y “quien vive esos sinsabores es Sucre desde su propia voz”.

La trama de Sueños y guerras recorre los avatares de la vida militar de Sucre, asi como su infancia, juventud, primeros amores y los que siguen, para convertir a esta novela en un ejemplar que se inscriba dentro de lo más significativo de la literatura latinoamericana, «una obra bien urdida, con una precisión narrativa sorprendente» al decir de Torné. «El lector podrá entrar con buen pie en la vida y sentimientos de Sucre», con sus heroicidades... en fin al hombre de carne y hueso. Emán lo coloca en el lugar que siempre le correspondió, para borrar toda la lacra con la que una vez quisieron manchar la figura del prócer, y citó como sorprendente la carta que Bolívar le escribe a Sucre para hacerle entender la importancia de la misión que le ha dado, aunque esté en la retaguardia.

Llena de tensiones, aprendizaje y momentos de la guerra por la independencia de América, Sueños y guerras no puede pasar inadvertida para el lector, quien podrá convencerse, como dijera el propio autor, de que la historia es más fácil comprenderla si se la muestra con un lenguaje más cercano al entendimiento, sin esa rigidez que en ocasiones tienen los textos de historia.

Como buen venezolano, en su novela no puede faltar el humor y sus matices, logrado a través de una técnica narrativa dinámica que produce una “omnisciencia muy sugerente” como la calificara Emmanuel para marcar la omnipresencia del yo.

La interrelación entre su infancia y la del héroe de Ayacucho la pensó Gabriel Jiménez, y la llevó a la historia que narra, porque a través de la suya pudo imaginar la del personaje.

«Celebran doscientos años de mi nacimiento y las cosas en Venezuela todavía están por hacerse (…) y solo una revolución puede hacer cumplir los postulados democráticos», reza en la novela. Es como si se refiriera a la guiada por algunos de los actuales presidentes de Latinoamérica; por eso: «Dedico mi novela a Rafael Correa y al pueblo ecuatoriano, A Evo Morales y el pueblo de boliviano, a Chávez y al pueblo venezolano, a Fidel y el pueblo cubano; en resumen, se la dedico a toda América».