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El vuelo que se extiende

por: Teresa Fornaris

En la tranquila tarde del pasado 19 de febrero, la Casa de Asia, perteneciente a la Oficina del Historiador de la ciudad, ofreció una lectura de haiku, en el que participaron numerosos seguidores de este arte japonés.

El profesor Gabriel Calaforra, estudioso y gran conocedor de la cultura asiática, expuso algunos detalles sobre la cultura zen y el origen del haiku. En sus indagaciones, partiendo del significado de las partículas que forman el término “hai-ku”, explicó que, mientras la segunda significa palabras, en alguna medida, prosa, la primera está relacionada con los vocablos: caer, hacer caer, o invertir, incluso, yuxtaponer. De manera que al relacionar ambas partes podríamos, interpretar el término como palabras invertidas o yuxtapuestas.

La idea anterior, cercana a uno de los principios de este tipo de escritura en la que dos imágenes se yuxtaponen con un elemento intermedio que las enlaza, puede vincularse con otra definición de haiku, la cual indaga sobre lo que sucede aquí ahora, o lo relacionado, de manera directa, con los sentidos, para de esta forma vincularlo o conectarlo con la filosofía Zen, tan generalizada en la región asiática.

Lo cierto es, explicaba Calaforra, que mientras otras formas de arte japonés se desarrollaron primero en China, al menos, dos de ellas tuvieron sus orígenes, desarrollo y florecimiento en el Japón. Estas fueron la ceremonia del té y el haiku.
Como una piedra que se lanza al centro de un lago apacible fueron los haikus leídos por los primeros poetas invitados: Rafael Acosta de Arriba, conocido ensayista; Jorge Braulio Rodríguez, decano de la Facultad de Artes Plásticas del ISA, y José Manuel Rodríguez, importante poeta seguidor de este arte milenario.

Otros poetas, premiados en la anterior edición del concurso de haiku convocado por la Casa de la Poesía, se sucedieron, entre ellos, el grupo Expedición, unidos por la humildad y el simple regusto en ofrecer una visión unificadora y de conjunto, en distintos proyectos literarios. Siempre al amparo de una melodía tradicional japonesa que acompañó a los haiyines en sus interpretaciones, marcando el ritmo y los silencios, leyeron los poetas.

La poeta y promotora santiaguera Mirna Figueredo presentó su proyecto “Universo de papel”, en el que mostró varios origami elaborados por niños, los cuales fueron inspirados en haikus clásicos y contemporáneos.

El cierre de la velada estuvo signado por las bases de la nueva convocatoria, esta vez internacional, del concurso para este tipo de composición poética “El vuelo del Samandar”. Sin dudas, una manera de, en tres versos, extendernos.