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Arnaldo Muñoz Viquillón: El azar del perfumista

por: Dulce María Sotolongo

Un día vino el amor  y  trajo un niño. Creció rodeado de un aro de luz, con un pan bajo el brazo, jugó a la guerra como tantos otros, tal vez quiso ser piloto, cosmonauta. Barrer las calles o conducir una locomotora. El niño solo quería jugar, pero la vida, lo sedujo, le regaló la palabra y llevó a este niño por los senderos ocultos del verso  y de la prosa.

Las hadas no le regalaron un coche de calabaza, un vestido elegante ni zapatillas de cristal: pusieron en sus manos un lápiz  y un trozo de papel. El niño cerró los ojos, subió a la torre  de cerámica y aspiró el olor de la langosta, predijo la muerte segura de Paula María Barrientos, los funerales de Mauro lechuza y descubrió el Horizonte de las tres lunas.

El amor  anidó en este niño, perfiló la prosa, alimentó el verso. Sobre una piedra de hielo, una golondrina compuso el verano, y como el nacimiento de un río, llegó El azar del perfumista.

Arnaldo se apodera de palabras amigas o enemigas, las hace suyas y las envuelve en la magia de la poesía. En cuanto a tema, estilo y estructura, no hay otra historia que la engendrada por la imagen. Estos versos surgen entre lo concreto y lo abstracto, entre lo bello y lo menos bello, la alegría y el dolor.

El autor crece desde su propio yo, a partir de la herencia cultivada de lo mejor del Siglo de Oro español, la generación del 98 y el 27, Lorca, Neruda, Miguel Hernández, Alberti. También están presentes en su poética el legado del grupo Orígenes. La sumatoria de imágenes lezamianas,  el abordaje de lo negro de Guillén y Ballagas.  La lírica de Dulce María y Mirta Aguirre, el desafío de Lina de Feria y el preciosismo de Rafaela Chacón, a quien rinden homenaje estos versos que merecieron el  premio que lleva su nombre.

En estos tiempos difíciles, quiero regalar un libro como este, donde el amor nos desgarre el alma o nos haga aullar a la luna. Poemas que abrazan la muerte, la sientan a la mesa y le piden: “amiga ayúdame vencer a la mediocridad y a la envidia”. 

Para concluir me permito citar esta frase de Julio Cortázar: “Ningún poeta mata a los demás poetas, simplemente los ordena de otra manera en la trémula biblioteca de la sensibilidad y la memoria”.

Y les aseguro que, desde ya, El azar del perfumista y su autor forman parte de nuestra biblioteca y se inscriben en la sensibilidad y la memoria de la literatura  cubana.