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Feria dedicada a

Leonardo Acosta Sánchez

 (La Habana, 1933)
Músico, investigador, periodista, escritor.

Autor de una reconocida obra ensayística, ha sido merecedor del Premio de la Crítica en cinco ocasiones, gracias a los libros El barroco de Indias y otros ensayos, 1985; El sueño del samurai, 1988; Descarga cubana: el jazz en Cuba 1900-1950, 2000; Otra visión de la música popular cubana, 2004 y Alejo en tierra firme: intertextualidad y encuentros fortuitos, 2005.

Como periodista, se desempeñó en los periódicos Hoy, El Mundo, La Gaceta de Cuba, y en las revistas Unión, Verde Olivo y Bohemia. Fue fundador de la agencia de noticias Prensa Lati­na. Ha sido asesor musical y literario de instituciones cubanas, como el Instituto Cubano de Radio y Televisión, y el Instituto Cubano del Libro.

Formó parte de la Banda de la Universidad de La Habana y de la Orquesta de Rafael Somavilla. Fundador del Club de Jazz, organizó la primera banda de esta vertiente musical en nuestro país. Fue uno de los integrantes fundadores del Grupo de Expe­rimentación Sonora del ICAIC, y compuso la música de varios documentales.

Ostenta diversos premios y distinciones, entre ellos el Premio de Investigación del Centro Juan Marinello, el Premio de la Aca­demia Cubana de la Lengua al mejor libro del año y el Premio Nacional de Literatura, 2007.

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 (Havana, 1933)
Essayist, researcher, journalist, musician.

Author of renowned essays, Leonardo Acosta Sanchez has re­ceived the Critics Award on five occasions for his books El barro­co de Indias y otros ensayos, 1985; El sueño del samurai, 1988; Descarga cubana: el jazz en Cuba 1900-1950, 2000; Otra visión de la música popular cubana, 2004 and Alejo en tie­rra firme: intertextualidad y encuentros fortuitos, 2005.

As a journalist, he worked for the newspapers Hoy, El Mundo, La Gaceta de Cuba, and the magazines Unión, Verde Olivo and Bohemia. He was a founder of Prensa Latina news agency. He was also a musical and literary advisor to Cuban institutions such as the Cuban Institute of Radio and Television, and the Cuban Book Institute.

He was a member of the Band of the University of Havana and of the Rafael Somavilla Orchestra. As founder of the Club de Jazz, he organized the first ensemble devoted to this musical genre in our country. He was also one of the founding members of the Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC and composed the music of numerous Cuban films and documentaries.

He has received numerous awards and distinctions, inclu­ding the Research Award accorded by the Juan Marinello Cen­ter, the Cuban Academy of Language Award to the best book of the year and the National Award for Literature 2007.

 

Un acorde de saxofón

Por: Reynaldo González

Un saxo tenor dibuja movimientos ascendentes. Es el saxo de Leonardo Acosta, su perspicacia y su persistencia. Noble el acorde, sostenido, inicia una canción. Es un bolero lento, pero no llorón. Bolero de reencuentros felices, de cadencias criollas y algunos timbres inesperados. Se aquieta con la entrada de la letra, cuando la voz del cantor dibuja un crescendo. Saxo y voz hablan de requiebros sentimentales, tímidos regaños, coma cuando el pacta dice: «Siempre después de un chubasco queda más limpia la tarde, hoy vengo a reñir contigo solo para hacer las paces. Qué buen amor no conoce desavenencias para disfrutar la reconciliación, qué buen amor no tiene algo de delirio. Se trata de un viejo amor, que ni se olvida ni se deja. Es la historia de un amor como no hay otro igual. Cada amor de bolero aspira a ser el único, el grande, el definitivo, y dura hasta que se impone otro bolero que se parece al mismo amor. Un viejo amor y otro bolero, caprichoso, que como las olas del mar regresa renovado. Las palabras se mezclan al movimiento de los danzantes, porque nuestro bolero es bailable. Ahora reinan los cuerpos.

Quiero hablarles del gran amor de Leonardo Acosta por la música y por la literatura, que conjuga en la pasión por la cultura cubana. Cuando escribe, musicaliza. Sus páginas nos traen una partitura de sorpresas y transiciones. Parecería que las palabras se le llenan de acordes para hallarle sentido al sinsentido, penetrar en la historia desde la idiosincrasia. La suya es una escritura aleatoria, inconforme con los caminos trillados y las fijaciones que más que enriquecer, constriñen. Sus búsquedas se confirman con este Premio Nacional de Literatura, para algunos una sorpresa; para otros ―entre los que me encuentro―, la confirmación de que nuestra cultura tiene un centro de confluencia donde se amistan las disciplinas más diversas. Leonardo Acosta ha sabido explorarlas con un afán que lo acerca a Femando Ortiz y Alejo Carpentier, un contrapunto de afirmaciones y matices. Como ellos, burla los compartimentos y busca las esencias. Entretanto, suma una obra que pocos escritores de nuestro tiempo pueden mostrar. Nada más variado que su catálogo vital y literario. Con el reconocimiento que implica el Premio Nacional de Literatura, a la edad de las confirmaciones, puede mirar lo andado y sentirse satisfecho.

Sus primeros desacuerdos ―que no desafines― fueron con la carrera de arquitectura, abandonada para entregarse a un noviazgo frenético con la música. Cursó estudios musicales con las profesoras Sara Rodríguez-Baz y Gisela Hernández; de trompeta y saxofón, así como de armonía, con José R. Betancourt y Julián Orbón; de orquestación y composición con Federico Smith y Leo Brouwer.

Trabajó en orquestas y grupos de jazz y acompañando a cantantes, una larga suma donde destacan la Havana Melody, Cubamar, Julio Gutiérrez, Rafael Somavilla, Benny Moré, Aldemaro Romero, Armando Romeu, José Antonio Méndez, Frank Emilio, Rosendo Ruiz Jr., El Niño Rivera, Chucho Valdés, Carlos Emilio Morales. Estuvo entre los fundadores del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, junto a Leo Brouwer, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Sergio Vitier, Eduardo Ramos, Noel Nicola, Emiliano Salvador y Leoginaldo Pimentel. Actuó como solista de la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por Manuel Duchesne Cuzán, en obras de Brouwer, Sergio Vitier, Roberto Valera y Hans Werner Henze. Las noches de La Habana, México, Nueva York, San Juan, Bogotá y muchas otras ciudades conocieron su ímpetu musicante. Era, como hoy, flaco, esmirriado, pero sonaba bien y con los mejores, que eran exigentes. Sonaba y acumulaba experiencias para una trayectoria tan peculiar que en nuestro medio resulta inigualable.

Con similar pasión llegó al periodismo. Junto a Jorge Ricardo Masetti estuvo entre los fundadores de Prensa Latina, aventura que lo llevó a Praga, México y tantos lugares que apenas los recuerda, incluidos los pródigos rincones de nuestro archipiélago. Sus textos pueden leerse en casi todos los periódicos y las revistas de Cuba, tanto las especializadas, como las de informaciones generales, y en publicaciones de América Latina, EE.UU. y Europa. Por el periodismo llegaría al ensayo, género que lo tiene como cultor de excelencia. Empuña la palabra escrita como enarboló el saxofón y otros instrumentos. Va y vuelve, porque sus amores no conocen la ruptura total, sino aplazamientos, desvíos, reconciliaciones. Por la manera en que accede a la coexistencia de sus oficios podría acusársele de polígamo. Parece convencido de que nada le es ajeno, o que todo es bueno para ganar experiencias que llevará a sus libros acuciosos, detenidos, en algunas ocasiones implacables.

La pluralidad de intereses de Leonardo Acosta puede desconcertar a quien tenga una comprensión de la literatura como dedicación parcelada en géneros o intereses refractarios. Su ensayismo aborda con similar eficacia la historia, la interpretación literaria, los estudios de la comunicación y, por supuesto, la música, terreno en que nos ha dado obras definitivas sobre José Martí y Alejo Carpentier, el pernicioso efecto de los medios masivos de comunicación en el adormecimiento de la inteligencia por la domesticación del gusto. En algunas ocasiones ha evocado una de sus aventuras, coma bibliotecario, para afirmar que ese ejercicio le enseñó a buscar y ordenar la información. No lo dudo, como estoy convencido de que el periodismo le hace bien al escritor porque le entrega trozos de vidas ajenas, circunstancias que lo sacan del ensimismamiento genérico o estilístico.

Lo cierto es que este saxofonista descentrado no se conformó con ser un escritor de domingos, ni una polilla consumidora, sino un eficaz explorador del conocimiento, sin soslayar las ocasiones en que su escritura contendió con los lugares comunes consagrados por la reiteración, amables naderías que atentan contra la investigación verdadera y el avance intelectivo. Uno de sus valores radica en no conceder credulidad a lo ya dicho, en buscar la experiencia que debe palpitar en las afirmaciones.

Algunos sabemos ―y agradecemos― que Leonardo Acosta es un bicho desconfiado, que busca su propia ruta. Lo muestran sus giros, su inquietud, la inconformidad frente a la rutina. Lo dice su catálogo, realmente único entre nuestros estudiosos recientes. La ficción recogida en los cuentos de Paisajes del hombre y en los poemas de El sueño del samurai ha cedido espacio a un ensayismo que puntúa sus intereses. Al principio, la gran fuente martiana: José Martí, la América precolombina y la conquista española; José Martí: sobre el indio de Nuestra América. Le sigue su pasión por el esclarecimiento literario: El barroco de Indias y otros ensayos; Música y épica en la novela de Alejo Carpentier; Alejo en Tierra Firme: intertextualidad y encuentros fortuitos. Como muchos de nosotros, se ha interesado en desvelar las formas de penetración cultural: Imperialismo y medios masivos de comunicación; Novela policial y medios masivos; Medio milenio: esclavitud y ecocidio, antropofagia e identidad. Y está su desbordada pasión musical: Música y descolonización; Del tambor al sintetizador; Elige tú que canto yo; Otra visión de la música popular cubana y, recientemente, Descarga cubana: el jazz en Cuba 1900­-1950 y 1950-2000; obras de extendido y profundo estudio, que ya exigen una edición unitaria, como pieza fundamental sobre una de las expresiones enriquecedoras de la música de nuestro país y, desde él, las de otros países.

En su experiencia literaria no le han faltado reconocimientos a Leonardo Acosta: la Distinción por la Cultura Nacional, la Medalla Alejo Carpentier, la Orden Félix Varela, en seis ocasiones el Premio de la Crítica, el Premio de la Academia Cubana de la Lengua al Mejor Libro del Año por Alejo en Tierra Firme. Se le reconoce por su diversidad en la experiencia ensayística cubana, panorama en ocasiones absorbido por la indagación de tintes académicos. Él es un elemento renovador, avalado por sus múltiples intereses y por la eficacia de su escritura. Porque en su mesa de trabajo los asuntos que lo inquietan hallan un tratamiento profundo y documentado, sin que le falte la sal de la polémica, sin acceder a caprichos o modas. Su interés denominador es un conocimiento ambicioso de lo historiado y lo inmediato, lo popular y lo culto aunados en un cuerpo único y múltiple, el de la cultura cubana. Su sabiduría estriba en tratar ese cuerpo amado con los requerimientos del amor, cadencias, armonías donde no faltan el calor, la intimidad y el ritmo del bolero, su queja y su requiebro y, si llega la ocasión, el beso tímido, disimulado o subrayado por un acorde de saxofón.